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¿Una vida a la carrera?

Familia

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El otro día en el gimnasio viví una escena que a más de uno le resultará familiar. Llegó una mujer con esa cara que no es exactamente cansancio, diría que es más bien urgencia. La urgencia tiene un brillo raro: no es que estés agotada, es que vienes con la sensación de que si te paras un segundo, se te cae el mundo encima.

Venía hablando con el entrenador a quien empezó a contarle lo mal que lo estaba pasando porque “no le daba la vida”: trabajo, familia, hijos, mil cosas, y cómo todo eso le estaba repercutiendo ya a nivel físico.

No lo decía en plan dramático, lo decía definiendo de forma precisa la realidad.

Lo más curioso es que ella tenía clarísimo cuál era su mal: las prisas y el estrés. Lo dijo así, sin rodeos y lo asumía como algo inevitable. “Tengo que aguantar”, repetía. Aguantar unos meses. Aguantar por lo menos hasta junio. 

Y aquí viene la parte que me dejó pensando, porque el entrenador, bastante más joven que ella, no le dio la palmadita de “ánimo, campeona, tú puedes”, ni salió del paso con la frase de taza de desayuno que todos esperamos a veces para no pensar demasiado. Le preguntó, dos veces, con una gran calma:

—Vale… si sabes lo que te pasa, ¿por qué no buscas la manera de cambiarlo?

Ella siguió explicando lo mismo: que eran unos meses, que hasta junio, que no podía parar el trabajo, que era lo que tocaba. Y ahí me di cuenta de que la pregunta del entrenador era más inteligente de lo que parecía, porque no era un consejo, era un espejo: te estaba devolviendo la responsabilidad.

A veces preferimos una vida que duele pero es “normal” antes que una vida que exige tomar decisiones incómodas.

Las prisas tienen, además, una ventaja psicológica: te justifican. Si vas corriendo, nadie te pide que te expliques. Estás ocupada. Estás “a tope”. Estás “con mil cosas”. El lenguaje mismo se pone de tu parte.

En el fondo, vivimos en una cultura que ha convertido la prisa en una forma de prestigio.

Antes presumías de tener tiempo —una tarde libre, una sobremesa larga, un paseo sin destino— y eso era símbolo de bienestar; ahora, en muchos ambientes, parece que si no vas con la lengua fuera, es que no importas lo suficiente.

Y claro, uno puede reírse de esto, y yo me río, porque a mí me pasa también: yo he llegado tarde a sitios… por ir deprisa. Esta es una paradoja maravillosa.

Sales antes, vas corriendo, te estresas, te atas mal el cordón y te medio caes, te enfadas con el semáforo por estar en rojo (como si el semáforo tuviese algo personal contigo) y al final llegas tarde porque en toda esta carrera te has olvidado las llaves, o porque el día tiene sentido del humor.

La prisa es ese estado mental en el que crees que el tiempo te debe algo.

Hay una frase que me acompaña desde hace semanas, de T.S. Eliot, en Cuatro cuartetos: “Las palabras se mueven, la música se mueve / Sólo en el tiempo… pero aquello que sólo vive / Puede sólo morir.”

Es brutal, porque en dos líneas te está diciendo algo que sabemos y a la vez no queremos mirar de frente: vivir es temporal, crear es temporal, amar es temporal, incluso enfadarse con el semáforo es temporal. Todo ocurre en el tiempo, y justo por eso se nos escapa. ¿No es exactamente eso? Somos un colador delicado por el que se nos va todo, hasta lo que queremos retener con fuerza. Lo más gracioso, o lo más trágico, depende del día, es que gastamos una energía enorme en fingir que no: en apretar los puños, en tensar el cuerpo, en hacer listas, en controlar agendas, en producir, en correr…

como si correr y correr fuese una forma de sujetar el tiempo, cuando en realidad suele ser una forma de perderlo doblemente, pues pierdes el momento y pierdes el disfrute.

Y sin embargo, aquí conviene decir algo importante, porque si no, esto se vuelve una especie de sermón antiprisa que no le sirve a nadie: no todo lo que va rápido es malo.

Algunas partes de la vida se aceleran estupendamente. Si tienes que conducir de una ciudad a otra, qué alegría no tardar cinco horas. Si te duele la cabeza por migrañas quieres que pase cuanto antes. Hay cosas que, sinceramente, cuanto más rápido, mejor. Nadie quiere que el dentista se recree. Nadie quiere un atasco que sea “una experiencia sensorial”. Hay algunos avances que son pura liberación. Si existiera el teletransporte, yo firmaba (aunque con mi suerte me teletransportaría en zapatillas de estar por casa).

El problema  es cuando esa lógica de “más rápido es mejor” se come el resto de la vida.

Porque hay cosas que no queremos acelerar, o que, si las aceleramos, dejan de ser lo que son. 

Cocinar, por ejemplo, puede ser es un modo de estar en el mundo, no solo de llegar a un plato. Un paseo es un paseo precisamente porque no es una carrera. 

Aprender algo lleva su tiempo porque entender implica masticar la realidad, dejar que te cambie un poco. 

Hay experiencias que no son “un trámite” hacia un resultado, sino el resultado en sí mismas. 

Hay cosas que hacemos para conseguir otra cosa —un vuelo a un sitio, un trámite, una compra— y ahí la rapidez suele ser amiga. Pero hay otras cosas cuyo valor está en el propio acto: conversar, mirar el mar, jugar con tus hijos, leer un libro, escuchar música, enamorarse más de tu marido, incluso aburrirse un rato. Y esas cosas no toleran bien el modo “turbo”. Puedes hacerlas deprisa, claro, pero suelen perder profundidad.

Si te zampas algo de pie, mirando el móvil, no es que hayas hecho una cosa mala, es que has perdido una oportunidad de estar, aunque sea dos minutos, dentro de tu vida en vez de al lado.

Y esto enlaza con algo que me inquieta de la escena del gimnasio: la mujer sufría, sabía por qué, pero asumía que no podía cambiarlo. Había normalizado la prisa.

La prisa ya no era una herramienta para llegar a algo, era el paisaje entero. 

En nuestra cultura actual, además, hay una trampa moral: parece que descansar está bien solo si te lo has ganado. Descansas cuando “terminas”. Pero el final nunca llega, porque siempre hay otro correo, otro objetivo, otra reunión, otro extra, otro mensaje, otro “por si acaso”.

Somos expertos en posponer la vida real para “cuando haya tiempo”. El problema, claro, es que el tiempo no se devuelve. El tiempo pasa.

Al mismo tiempo, y esto también hay que decirlo porque si no nos ponemos injustos, no todos pueden frenar igual. Hay prisas que son consecuencia de precariedad, de jornadas infinitas, de falta de apoyo, de cuidar a otros dándose por entero, de tener que encajar la vida a martillazos en un horario imposible.

No se trata de culpabilizar a quien corre. Se trata de mirar el sistema y preguntarnos por qué hemos construido un mundo donde vivir con calma parece un privilegio. Pero incluso ahí, incluso en las circunstancias más apretadas, hay una diferencia pequeña pero crucial entre correr porque toca y correr porque hemos interiorizado que eso es “ser adulto”, “ser responsable”, “ser valioso”.

A veces el mayor acto de responsabilidad es plantar un límite, aunque sea mínimo: no mirar el móvil en la mesa, no responder correos a las diez, caminar cinco minutos sin objetivo, respirar…

Últimamente me gusta pensar, con una mezcla de ironía y ternura, que lo que nos hace humanos no es tanto la capacidad de hacer muchas cosas, sino la capacidad de estar en una cosa. Y estar no es “no hacer nada”, es poner todo tu corazón en lo que haces. 

Estar implica tiempo, y el tiempo implica pérdida, y eso nos asusta. Quizá por eso nos aceleramos: para no sentir la fragilidad. Si voy rápido, no me alcanza la tristeza. Si voy rápido, no escucho el vacío. Si voy rápido, no tengo que preguntarme si esta vida es la que quiero. La prisa es también una anestesia.

Por eso la pregunta del entrenador del gimnasio era tan importante. “Si sabes lo que te pasa, ¿por qué no buscas la manera de cambiarlo?”

No porque sea fácil, ni porque se arregle con dos respiraciones profundas y una tila. En esa pregunta había una puerta. Y muchas veces, lo que necesitamos no es un gran cambio heroico, sino la valentía de abrir puertas pequeñas.

Cambiar no siempre es dejar el trabajo o mudarse al monte (aunque no descarto nada en ciertos días).

Cambiar puede ser tan sencillo y tan difícil como reconocer que no todo tiene que ser así. Que el estrés no es mi identidad. Uno no ha venido al mundo solo a “aguantar hasta junio”.

Hay una frase que llena e ilumina todo este temazo: “Benditos los pobres”. No en el sentido de romantizar la carencia, sino en el sentido de reconocer que somos pobres de tiempo, pobres de control, pobres de permanencia, y que quizá esa pobreza nos puede hacer humildes y más humanos.

Porque si aceptamos que no podemos poseer ni el momento en que existimos, entonces tal vez dejemos de gastar energía en fingir lo contrario y empecemos a elegir mejor dónde ponemos el corazón.

La cultura de las prisas nos promete una vida eficiente, pero casi siempre nos entrega una vida sin profundidad. Y una vida sin profundidad suele ser una vida en la que, cuando por fin te sientas, no sabes muy bien quién eres. 

Y aquí cierro volviendo al gimnasio, porque la escena se me quedó grabada. Ella hablaba de «aguantar hasta junio»; él, más joven, le preguntaba por cambiar. Yo, desde mi “bike”, pensaba: ojalá nos hagamos todos un poco esa pregunta. 

Porque el mundo seguirá empujando, el calendario seguirá apretando, y siempre habrá algo que hacer. Pero quizá, entre una cosa y otra, podemos recuperar algo esencial: que la vida no es solo llegar, es también estar llegando. Y eso, inevitablemente, lleva tiempo y amor, mucho amor.

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