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Vivir despacio

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Ha terminado el año y es una buena oportunidad para hacer una pausa. Es uno de esos momentos, otro suele ser al final del verano, en el que aprovechamos para hacer propósitos. A mí me gustaría sugerir uno, que no es fácil de llevar a cabo, pero que puede mejorar nuestras vidas considerablemente. Se trata de levantar el pie del acelerador.

Hace casi dos años tuve la suerte de conocer Costa Rica, en mi viaje de luna de miel. Un país maravilloso, con una naturaleza exuberante, y donde el tiempo transcurre a una velocidad diferente a como lo hace por estos lares. Quizá por eso la gente es tan amable y servicial. Porque viven tranquilos, sin prisas, disfrutando de lo que hacen, del día a día.

En un bar encontré un cartel que decía, «la gente espera toda la semana a que llegue el viernes; todo el año a que llegue el verano; nosotros vivimos en Costa Rica». Es cierto que no estuve allí mucho tiempo, tan solo quince días. También es cierto que yo estaba de vacaciones, y cuando uno está de vacaciones todo se ve de forma diferente. Pero también lo es que allí se respiraba un ambiente especial, más pausado. Daba la impresión de que en aquel país la vida se vivía de forma más plena.

En España, y en general en Occidente, llevamos un ritmo de vida acelerado, especialmente en las grandes ciudades como Madrid, que es donde yo vivo. Todo el mundo va corriendo a todas partes, sin tiempo para nada, con la lengua fuera y con la sensación de que no es posible hacer todo lo que uno quisiera. Somos como un hámster que da vueltas y vueltas en su rueda sin llegar a ningún sitio. Este estilo de vida da lugar a un estrés que genera problemas de estómago, caída del pelo, enfermedades de la piel, insomnio, irritabilidad, ansiedad, depresiones… Una vez le oí decir a alguien que Madrid es una tumba de amistades. No da tiempo a ver a los amigos que viven lejos, y se acaban debilitando los lazos. Quizá es un poco exagerado, pues si una amistad es sólida no se rompe así como así. Pero da una idea de lo que supone semejante ajetreo urbanita.

Para hacer frente a esos problemas, se está poniendo de moda algo que se ha dado en llamar la «slow life», o sea, buscar un ritmo de vida más lento, y cambiar nuestro orden de prioridades. Creo que le damos demasiada importancia al trabajo, poniéndolo a menudo por encima de todo lo demás. No estoy diciendo que el trabajo no sea importante. Lo es, y dignifica a la persona. Pero no  debemos dejarnos en ello la salud, la familia, las amistades.

Es cierto que la sociedad está estructurada de tal manera que es difícil salir de esta rueda. El sistema no ayuda. Pero, contando con eso, hay cosas que todos podemos ir incorporando a nuestra forma de vida, una serie de hábitos que mejorarían sensiblemente nuestra existencia. Sin ánimo de ser exhaustivo, pongamos algunos ejemplos.

Lo primero sería establecer prioridades, y aprender a diferenciar entre lo importante y lo urgente. Esto que me urge tanto y que me está quitando la paz, ¿es verdaderamente importante? ¿O hay cosas más valiosas que estoy relegando o incluso dejando de lado? Hace unos meses vi un vídeo de una rueda de prensa de Jasikevičius, un entrenador y exjugador lituano de baloncesto. Un periodista le preguntaba por uno de sus jugadores, el cual, perdiéndose un partido importante (una semifinal), se había marchado de la concentración de su equipo para asistir al nacimiento de su primer hijo. El entrenador, sin mudar su semblante, contestó al periodista: «, se ha ido; le di permiso yo». A lo que el periodista replicó: «pero era un partido muy importante». Entonces, Jasikevičius dio una maravillosa lección sobre paternidad y sobre lo importante y lo urgente. En ese caso, lo urgente era el partido. Ayudar a su equipo a llegar a la final. Sin embargo, lo verdaderamente importante no era eso. Lo importante, y así se lo intentó hacer ver el entrenador al periodista, era la inmediata paternidad del jugador.

Otra cosa que podemos hacer para ralentizar nuestro ritmo es disfrutar del silencio. Y, si puede ser en medio de la naturaleza, mayores serán los beneficios. El ritmo acelerado que llevamos está también lleno de ruido y todo tipo de estímulos sonoros y visuales por todas partes, y eso no hace más que elevar nuestros niveles de estrés. Resulta ser, además, una pescadilla que se muerde la cola. Como no estamos acostumbrados al silencio, si éste se hace presente nos agobiamos y tratamos de evitarlo a toda costa. Cuando en realidad lo que necesita nuestro cuerpo, y, sobre todo, nuestra alma, es abrazarlo y disfrutarlo.

Relacionado con lo anterior está el llamado dolce far niente, que dicen los italianos. De vez en cuando está muy bien no hacer nada, y disfrutar de ello, sin pensar en la cantidad de cosas que tenemos que hacer. En esos momentos surgen, a menudo, ideas inspiradoras que pueden venirnos muy bien para los proyectos que tengamos entre manos.

La hora de la comida también es un momento en el que podemos aprender a salir de la rueda del hámster. Huir de las comidas rápidas, de la comida basura, comer más despacio y más sano, masticar bien, sin engullir, y disfrutar de los sabores, de las texturas, de la compañía (es mucho mejor comer acompañado que solo, y eso en España lo sabemos bien, pues con frecuencia nuestras reuniones se celebran en torno a la comida). Por cierto, una de las comidas más importantes del día es el desayuno. Conviene tomárselo con calma, y disfrutar de ese momento al comienzo de la jornada.

El ejercicio moderado también ayuda. Y, como decía antes con el silencio, si es en la naturaleza, mucho mejor. Si no podemos irnos al campo, las ciudades están llenas de parques donde podemos respirar un aire un poco más sano. Allí podemos caminar, estirar, incluso rezar o meditar, hacer ejercicios de relajación, observar el entorno, y no estar pensando constantemente en subir nuestras experiencias a las redes sociales, que son a menudo otras de las causantes de nuestro estrés.

Salir de casa con tiempo, y, a ser posible, caminar para ir de un lado a otro. Más caminar y menos conducir. Pasear disfrutando del camino, sin pensar constantemente en la meta. Es algo que intento practicar desde hace tiempo, y te aseguro que tiene muchos beneficios. Por ejemplo, a veces veo por la calle, o por el campo, cosas que otros no ven. Una flor que crece en un sitio insospechado, una planta nueva en una esquina, un insecto que no había visto nunca… Es imposible disfrutar de esas cosas si vamos a todas partes como pollos sin cabeza.

Algo que casi nadie hace ya es escribir a mano. Los ordenadores han acabado con las estilográficas. Sin embargo, escribir a mano tiene múltiples beneficios. Entre otras cosas, favorece la atención y la concentración, y estimula la regeneración neuronal. Además, escribir es un maravilloso ejercicio catártico. También ayuda a ordenar ideas, y estimula la creatividad.

Leer más y ver menos televisión. Pero no solo leer el periódico. Leer buenos libros, que, además de obligarnos a parar, nos hacen más libres porque nos hacen más cultos.

Planificar el día, y la semana, pero hacerlo sin encorsetamientos demasiado rígidos. Dejar un lugar a la improvisación, y a los cambios de planes.

Tener mascota, a ser posible un perro, y sacarlo a pasear. No quiero con esto ponerme del lado de los que prefieren tener un perro a tener un hijo, Dios me libre. Pero no es incompatible. Es más, resulta muy beneficioso para los niños crecer con un perro al lado. Llevo más de treinta y cinco años conviviendo con perros, y puedo asegurar que los beneficios que aporta son mucho mayores que las incomodidades.

Me voy a despedir ya, porque me estoy alargando mucho. Pero no sin antes recomendarte una cosa más, para que empieces a poner en marcha tu camino hacia tú slow life. Hablaba antes del beneficio de la lectura. Leer buenos libros… y leer poesía. Leer poesía es un ejercicio contemplativo perfecto.  Hace algún tiempo descubrí, dentro de este género, los jaikus, unos pequeños poemas de origen japonés, que nos hablan de la naturaleza, de las personas y de las costumbres, principalmente. Son como una suerte de destello, un flashazo, de algo que el autor contempla y le interpela. Puedo decir que, desde que empecé a escribir jaikus, permanezco más atento a lo que me rodea.

Espero que estos consejos te sirvan para que 2026 sea un año con mucho más sentido, mucha más plenitud y en el que seas capaz de vivir una vida mucho más plena. ¡Feliz año!

Se está poniendo de moda algo que se ha dado en llamar la «slow life», o sea, buscar un ritmo de vida más lento, y cambiar nuestro orden de prioridades. Compartir en X

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