España sufre un proceso de lento pero continuo de deterioro.
La dificultad de los procesos sociales es que en muchas ocasiones es complicado percibirlos. ¿Por qué? Porque suelen ser lentos y eso hace que sólo se perciban efectos importantes con el paso del tiempo, lo que facilita que pasen desapercibidos y que cuando la sociedad se da cuenta de ellos es, en la mayoría de los casos, demasiado tarde y su reversión exigirá grandes esfuerzos y sacrificios que la mayoría de la sociedad no suele querer asumir salvo que se haya llegado a una situación extrema, véase el caso de Argentina.
Son muchos los síntomas de este deterioro nacional. Basta que un español trate de hacer una gestión con una administración, salvo que sea con la Agencia Tributaria, y verá que nada funciona, que se trata de misión imposible.
Simplemente conseguir cita previa, requisito obligatorio en la mayoría de los casos, en multitud de organismos es simplemente imposible (o bien la web no da opciones, o bien nadie coge el teléfono).
Si uno acude a un hospital, las urgencias cada vez están más saturadas, las listas de espera se alargan y en ocasiones las enfermedades le vencen antes de haber siquiera obtenido un diagnóstico.
¿Alguien se ha preguntado por qué no paran de crecer las pólizas de seguros de salud? Un síntoma claro del deterioro del sistema sanitario público. Pero es que el sistema privado también empieza a colapsar.
Otro síntoma, en España ya vive casi más gente del presupuesto público (funcionarios, empleados públicos, pensionistas y parados) que personas trabajan en el sector privado.
Los niveles de deuda pública son inasumibles. Los impuestos no paran de subir provocando un expolio del patrimonio de los españoles. Esto no son más que síntomas de un estado en decadencia.
Quizás podemos pensar que no todo el mundo tiene relación con la administración, que no todo el mundo, gracias a Dios, necesita ir al médico, que muchos españoles no siguen los datos macroeconómicos. Y que por eso no se dan cuenta.
Sin embargo, hay síntomas más evidentes todavía y al alcance de cualquier español. ¿Cuál es el estado de las carreteras españolas? Imposible. Cada vez más las autovías parecen pistas de rally por los baches que hay que ir esquivando. De la red secundaria mejor no hablar. ¿Los trenes? No hace falta hablar muchos tras los tristes sucesos de las últimas semanas. La situación ferroviaria en España ha vuelto a los años 80, es decir, la realidad de las vías nos ha hecho retroceder 40 años. Uno podía pensar que el deterioro acaba ahí, pero nada más lejos de la realidad.
Ahora que, cosa rara en España, el cielo ha decido ser generoso en lluvias nos enteramos de que tenemos un problema con las presas (Jesús Contreras, ingeniero de Caminos: «Hay 130 presas con problemas estructurales, algunos muy serios; en 160 no están operativos los desagües de fondo»; Un tercio de presas hidroeléctricas españolas está en peligro y requiere refuerzos ante borrascas; España tiene 904 presas con un «grave riesgo potencial» para la población en caso de rotura: «Urge ponerse en marcha»).
Uno más. Un problema que, una vez más, es provocado por la falta de mantenimiento adecuado, porque a pesar de que el gobierno cada vez recauda más, a costa del bolsillo de los españoles, lo dedica a pagar clientelismos políticos cuando no a llevárselo crudo como parece han hecho algunos ministros bajo investigación en vez de a mantener las infraestructuras o mejorar la calidad de los servicios públicos.
Esta es la realidad de España. Si no nos bastaba con las carreteras, con los trenes, ahora tocan las presas. La pregunta que surge de forma inmediata es ¿qué será lo siguiente?




