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El Santo Nombre de Jesús

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Cada 3 de enero, la Iglesia celebra la Fiesta del Santísimo Nombre de Jesús, una de las devociones más antiguas y entrañables del cristianismo.

Aunque esta celebración tiene su día propio, en realidad acompaña al creyente durante todo el año, porque el Nombre de Jesús es, como afirma la tradición espiritual, la oración perfecta, la más breve y a la vez la más profunda.

Basta pronunciarlo —Jesús— para que el corazón recuerde quién es, a quién pertenece y qué esperanza lo sostiene.

Un Nombre lleno de vida

San Juan lo expresa con una claridad asombrosa: “Les he escrito esto para que sepan que tienen vida eterna, ustedes que ponen su fe en el nombre del Hijo de Dios” (1 Jn 5,13).

No dice que tengamos vida eterna “un día”, sino ya, siempre que pongamos nuestra confianza en el Nombre de Jesús. Cada vez que lo pronunciamos con fe, esa vida nueva empieza a transformar nuestra existencia concreta: nuestra mirada, decisiones, heridas y deseos.

Repetir el Nombre de Jesús, con fe en su poder, es capaz de romper el hilo del pensamiento inútil o dañino y de ir implantando en nosotros el mismo espíritu que animaba a Cristo.

El corazón aprende a latir al ritmo del Evangelio.

Un Nombre salvífico

San Pablo, escribiendo desde su propia experiencia de conversión, ofrece quizá la afirmación más audaz sobre la fuerza de este Nombre: “Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará” (Rom 10,13).

Invoquemos a Jesús, y la salvación entra en la historia: no solo como promesa futura, sino como fuerza presente que permite superar límites, heridas o cansancios que parecían irreversibles.

El apóstol Juan añade otro matiz sorprendente: “Tus pecados te son perdonados por el nombre de Jesús” (1 Jn 2,12). Este Nombre no solo limpia, sino que reconcilia, abre caminos nuevos, restablece la paz interior.

Y, en la comunidad cristiana, este Nombre es vínculo de unidad: todos pertenecen a Dios en el Nombre de Jesús.

A lo largo de los siglos, santos y místicos han descubierto en esta invocación una fuente inagotable de gracia.

El Nombre de Jesús tiene una fuerza transformadora silenciosa, humilde, pero real.

San Bernardino de Siena repetía que “el nombre de Jesús es el mayor honor del creyente”, y que gracias a él las oraciones de la Iglesia continúan elevándose al cielo hasta el fin de los tiempos.

Pues quien pronuncia el Nombre de Jesús se pone en presencia de Aquel que nunca deja de llamarnos “amigos”.

Una invitación para este 3 de enero… y para siempre

Celebrar el Santísimo Nombre de Jesús es volver al centro mismo de la fe. Es recordar que el cristianismo no comienza con una doctrina ni con una moral, sino con una Persona que camina con nosotros.

La Iglesia nos invita a redescubrir la sencillez de esta invocación. Pronunciar “Jesús” es pedir ayuda, agradecer, confiar, adorar. Es abrir la puerta de la vida eterna en la vida cotidiana.

Podemos unirnos a san Bernardo y hacer de su himno nuestra oración:

Oh Jesús, tu solo recuerdo
llena el corazón de dulce placer.
Nada es más dulce, nada más grato,
que el Nombre bendito de Jesús.

Que este 3 de enero sea la ocasión para redescubrir la fuerza de ese Nombre que salva, sana y acompaña… y que puede convertirse, cada día, en nuestra oración más perfecta.

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