En el mundo actual, la figura de la mujer se encuentra en medio de intensos fuegos cruzados por debates culturales. Muchas corrientes contemporáneas intentan redefinir qué significa ser mujer, a menudo presentando como liberación la ruptura con aspectos fundamentales de su identidad, entre ellos, fundamentalmente, la ruptura con la maternidad.
Anteponer hoy la naturaleza a los planes es un «fracaso» y por eso los abortorios están llenos de chicas entre los 18 y 25 años abortanto cada día: No pueden «permitirse» que la maternidad se interponga en sus «planes vitales», que hoy en día, sólo se componen de estudios, trabajo, dinero y ocio y en los que la familia ha sido relegada a el último lugar, cuando, en esencia, es lo único que realmente todos llevamos dentro desde que nacemos.
No podemo olvidar que este 8M llega en un momento en el que el Gobierno de España vuelve, de nuevo y mediante una corruptela legislativa, a intentar imponer el aborto como una especie de derecho fundamental con subterfugios legales (garantizando el derecho a la prestación sanitaria, pues a Dios gracias, aún nadie está tan loco como para consagrar el asesinato de niños indefensos como un derecho fundamental).
Frente a esta visión, la fe cristiana propone una perspectiva profundamente digna, fuerte y esperanzadora. Un modelo de mujer seguido cada día por millones de ellas, cristianas o no, que no serán en absoluto reconocidas ni ensalzadas hoy porque no «dan la talla» del modelo de márketing de mujer que este nuevo 8M politizado nos impone.
Para los cristianos, la tradición bíblica muestra mujeres fuertes que desempeñaron papeles decisivos en la historia de la salvación. Esther salvó a su pueblo con valentía, Judith defendió a Israel con coraje, Débora ejerció liderazgo y sabiduría, y María Magdalena fue la primera testigo de la resurrección de Cristo. En todas ellas encontramos mujeres firmes, libres y profundamente comprometidas con Dios.
Pero también hay, afortunadamente, enormes ejemplos más allá de la tradición bíblica y, sobre todo, del márketing «feminazi» del 8M, que serán hoy olvidadas: Marie Curie (dos veces Nobel), la activista Irena Sendler (salvó a 2,500 niños en el Holocausto), la sufragista Emmeline Pankhurst y la líder política Indira Gandhi, demostrando fortaleza, liderazgo y dedicación familiar… Todas ellas compaginaron la maternidad con logros extraordinarios, sin que una cosa niegue la otra.
8M y la verdadera mujer
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La sociedad actual presenta también desafíos importantes. En muchos ámbitos culturales se difunde una visión que a golpe de falsos eslóganes, trivializa la maternidad, promueve el individualismo extremo o reduce la dignidad de la mujer a su apariencia o exposición pública. Las redes sociales, por ejemplo, empuja a muchas jóvenes a buscar reconocimiento mediante la exhibición de su intimidad, olvidando que su valor no depende de la aprobación externa.
Desde la perspectiva cristiana, la verdadera libertad femenina no consiste en negar la vida o rechazar la maternidad por egoísmo o miedo, sino en reconocer la grandeza del don de amar y de dar vida. La mujer posee una capacidad única para acoger, cuidar y construir relaciones que sostienen la sociedad. Por eso la maternidad —biológica o espiritual— siempre ha sido vista como una vocación de enorme dignidad. “la fábrica de la vida” que la llamaba Carmen Hernández, sierva de Dios y camino a la santidad.
Manos amenazantes que intentan derribar la montaña de piedras, representando los ataques culturales que buscan debilitar la identidad femenina, separándola de sus raíces espirituales y de su vocación al amor y a la vida. Pero la mujer que se apoya en la fe permanece firme.
La verdadera mujer (y, por supuesto, la cristiana) no es un modelo de debilidad ni de sumisión, sino de fortaleza interior. Es una mujer consciente de que su mayor dignidad es saberse hija de Dios, capaz de amar con generosidad, de defender la vida y de mantenerse firme ante las presiones de su tiempo.
Apoyada en el ejemplo de las grandes mujeres de la Biblia y sostenida por la fe, la mujer cristiana se convierte en roca para su familia, para la Iglesia y para la sociedad. Y cuando está construida sobre esa roca, ningún ataque cultural puede derribarla.
Ojalá que en este día que se celebra el Día internacional de la Mujer, se pueda recuperar el verdadero sentido de esta jornada, que reluciera el sentido más profundo, lejos de ciertos planteamientos contemporáneos que, bajo el nombre de liberación, terminan exagerando un feminismo que desfigura la maternidad, promueve una falsa idea de libertad o reduce a la mujer a su apariencia y exposición.
Honrar verdaderamente a la mujer en este día debería consistir en recordar que su mayor fortaleza no está en negar su esencia, sino en vivirla con plenitud, con fe, valentía y amor.
Dani & Jucho



