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El asombro en G.K. Chesterton

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Es difícil escribir algo sobre nuestro «amigo» Gilbert Keith Chesterton, pues la inmensidad de su legado, su exuberante personalidad, y su forma tan simpática de ir al fondo de las cuestiones pone difícil qué escoger.

Siempre he admirado a un grupo de amigos ingleses, entre ellos J.R.R. Tolkien, con su increíble «Legendarium» lleno de belleza y esperanza, su amigo C.S. Lewis, con sus ensayos sobre el amor, el sufrimiento, y sobre todo la alegría, «sorprendido por la alegría», y el genial Chesterton, siempre rodeados de buenos amigos y buen ambiente.

Escribo unas pinceladas de su vida, y algunos pensamientos suyos que nos pueden servir en la vida cotidiana, para repensar o tenerlos presentes. Y bibliografía por si quieres conocer más…

Su personalidad destaca por un alegre vitalismo y simpatía, por la caballerosidad, el buen humor, un tanto inglés, como todo él, y una claridad de mente capaz de ir a lo profundo de las cosas con la fuerza de la inteligencia y la razón. Y su radiante optimismo, pues el optimista cree en los demás, y el pesimista sólo cree en sí mismo. También era un tanto despistado, como su padre, y desordenado…, lo cual le otorgaba cierto encanto.

Gilbert nació en Londres en 1874, en el seno de una familia media, con gusto por la cultura literaria y el arte… Había mucha libertad en esa casa. Fueron tres hermanos, pero la mayor falleció pronto. Siempre estuvo muy unido a Cecil, cinco años más joven que él. Jugaban mucho juntos. Tenían un teatro guiñol de su padre, lo cual recuerda con cariño nuestro autor.

El ambiente de su casa era entrañable. Su madre siempre dispuesta a acoger a todos los amigos y prepararles una buena merienda, con alegría, en tono festivo, aunque la casa estuviera desbordada de gente. Qué corazón tan grande y qué calidad humana… Gilbert y Cecil hablaban constantemente y «discutían» mucho sobre todo tipo de cosas.

Él quería ser pintor, siempre estaba dibujando en cualquier trozo de papel que encontraba. Sabía que «el arte es la firma del hombre». También aprendía a «debatir» con Cecil, y la literatura y el pensamiento lo atrajeron.

Dejo unos puntos a modo de índice:

1) SU INFANCIA Y JUVENTUD

2) CAMBIO DE PANORAMA

3) LA CARA MÁS BELLA DE LOS CIELOS  

4) ALGUNOS ESCRITOS

5) LA RAZÓN…

1) SU INFANCIA Y JUVENTUD

Su infancia la recuerda como algo maravilloso, con gran asombro ante la realidad, al lado de Cecil y los juegos de niños. Le abruma la solidez y belleza de cualquier cosa de la Creación, increíblemente fastuosa, y le sorprende constantemente estar vivo. Es como si fuera algo inaudito y prodigioso.

Pensaba que en el mundo había magia y encantamiento… Tiene alma de poeta, y vive en admiración permanente.

En un colegio de mucha solera, el St. Paul, no se hizo notar demasiado, aunque sí en vitalidad y amistades. Formó un grupo de amigos, entre ellos E. Bentley y L. Oldershaw, a los que les gustaba debatir, además de tener a su hermano Cecil, que le estimulaba continuamente en esta tarea.

Sus profesores, y en especial el director, apreciaban su talento y habilidades. Formaron el Club de Debate, y tenían unas normas, reunión semanal, y hasta un himno propio. Les gustaba cantar. Debatían sobre Shakespeare y muchos otros temas interesantes. Incluso escribían una revista mensual a base de reunirse y trabajar juntos, y luego la difundían. Iba asentando sus dotes periodísticas…

Cuando acabó sus estudios, con  grandes amigos, ingresó en un centro académico prestigioso de Bellas Artes: la Slade School. El ambiente que había por allí no era muy bueno precisamente, y marcó una profunda crisis personal en él. Encontró pocas ganas de trabajar, incredulidad y agnosticismo por doquier, y cayó hondo…?? Luego lo recordará como una época de abismo y «locura», de la que le costó salir.

Los años jóvenes de nuestro autor fueron un tanto tristes y escépticos, con episodios depresivos, como el ambiente agnóstico y nihilista que lo rodeaba, en contraste con su asombrosa infancia. Inmerso en él, se le «apaga» el colorido y el sentido de todo. Como luego diría, fue un periodo de crisis existencial. No encontraba el propósito de su vida, todo era gris y pesimista. Y no sabía a qué corriente de su época adherirse: no veía ninguna razonable en absoluto, ni coherente: al contrario. Le producían rechazo. Necesitaba buscar un sentido y respuestas a las cuestiones importantes de la vida…

A veces sólo tenía fuerzas para tumbarse a leer, en concreto le gustaban las obras de Charles Dickens y sus personajes tan entrañables, y el Londres «industrializado», tan deteriorado, masificado, lleno de miseria, con el trato inhumano a los niños. Y la obra d e Dickens ponía humanidad, y hacía pensar y resurgir a esa sociedad. Luego escribiría una biografía suya…

Al curso siguiente, en 1893, con 19 años, se matricula en la Universidad de Oxford con amplios estudios humanísticos y Bellas Artes. Aquí ya encuentra otro ambiente.

Al cumplir su mayoría de edad, en mayo de 1895, señala J.R. Ayllón, su madre le escribe: «Tengo el corazón lleno de agradecimiento a Dios por el día que naciste… Te deseo una vida larga, útil y feliz. Que Dios te la conceda… nada podrá expresar mi amor y gozo de tener un hijo como tú.»

2) NUEVO PANORAMA

En busca de un sentido de la vida, y guiado por la razón, como en oleadas de recuerdos de su niñez y los cuentos de hadas, se dedica a reflexionar sobre la vida y la realidad.

Quiere buscar un ideal que le dé sentido y coherencia a su vivir. Se «inventa» una teoría provisional básica que aporte credibilidad a todo, partiendo de sus creencias infantiles de las que está realmente convencido: la existencia como algo increíble y maravilloso. Algo que uno no lo elige, sino que le es dada. Había notado desde niño, que los hechos son en realidad milagros de la naturaleza: algo cuasi mágico y sorprendente, con gran belleza. Y va dando forma a esos pensamientos suyos.

En este preciso momento conoce los poemas de Walt Whitman, de R.L. Stevenson, con un tono tan positivo y alegre, que le hace cambiar el trasfondo pesimista, y por tanto su actitud ante la vida.

Se da cuenta de que cualquier existencia, por mala que pudiera parecer, como decía su abuelo, merece la pena, pues es algo estimulante y entusiasmante. Le asombra estar vivo, y asoma en él una gratitud casi misteriosa por ese motivo. Aunque no sabe a quién dar las gracias. Tiene un optimismo «cósmico» y agradecido.

Su teoría la basa en el asombro por la existencia, que ya tenía desde niño. En la realidad del mundo, que a pesar de todo, es bueno y bello, como percibió de nuevo con Whitman. Fascinante, aunque algo misterioso.  

Sabe que todos los hombres son iguales, compañeros, camaradas, con los que convivir. Y de esta percepción le surge un agradecimiento inmenso, y de nuevo la alegría por el sorprendente regalo de estar vivo.

Apuntará que «el agradecimiento es la forma suprema del pensamiento, la alegría redoblada por el asombro”.

Mucho más tarde se dará cuenta de que esas ideas que iba pensando ya existían… Más sorpresa todavía: pensaba adelantarse en el tiempo con su pensamiento, pero eso ya estaba descubierto.

Trata de desvelar algo del misterio del cosmos. Para ello tiene la inteligencia y la razón, pero también otros modos de conocimiento como la experiencia, la imaginación, una forma de comprender la realidad, y en concreto las realidades inmateriales; el arte, con el sello del artista; la historia, que enseña con sus hechos… Y además cuenta con el sentido común, que aplica muy bien y le caracteriza.

Todo le parece un milagro, y lo es… Dice: «Lo más increíble de los milagros es que ocurren». Porque, «hay algo que da esplendor a cuanto existe, y es la ilusióde encontrar algo a la vuelta de la esquina». «Cada cosa tiene un sello divino, y quien lo descubre es feliz, y da gracias al Creador.» 

Era consciente de que la prueba de la verdadera felicidad es que produce agradecimiento.

Con Whitman aprende que lo maravilloso de la infancia, ese mundo milagroso, sigue siendo maravilloso en la vida cotidiana… En ese momento daba gracias «a los dioses» porque había seres vivos.

Se da cuenta de que el cientificismo, el materialismo, y otros «ismos» de moda en su época, y en la nuestra, «hijos» de la Revolución francesa, reducen la realidad a lo material y concreto, a lo sólo experimentable. Pero hay realidades que escapan a esa medida cuantificista y encasilladora, como lo afectivo y espiritual, el pensamiento, la poesía, el arte, y el misterio que envuelve toda la realidad. También a las personas, a su espíritu de lucha, a su voluntad incansable por causas nobles… Todo eso no se puede «tocar» ni «medir», y se soslaya.

Entonces, abandona sus estudios sin presentarse a ningún examen, y se pone a trabajar en Londres usando sus cualidades literarias, periodísticas, y su imaginación. Al principio trabaja como lector para una editorial, un tanto extraña, y luego cambia a otra de mejor ambiente y renombre. Ahí adquirirá una cultura fuera de lo común, leyendo muchísimos originales.

Luego, su hermano Cecil, que le sigue animando a debatir, será director y copropietario de un periódico.

Desde niño, hacía muy fácilmente amigos, siempre rodeado de ellos, y disfrutaba de su compañía. En el Club de Debate del colegio, tan estimulante, con esa revista mensual que escribían entre todos, a base de mucho trabajo, y de la que imprimían bastantes ejemplares, desarrolla su talento pensador y literario. Se reunían a diario en casa de alguno de ellos, y se sentían muy a gusto pensando, hablando y debatiendo. Fue una amistad que duraría toda su vida.

Más tarde, en 1896, y a través de uno de ellos: Lucian Oldershaw, conoce otro grupo de debate formado por cuatro personas. Tres chicas, muy cultas, y de gran belleza, y su madre, viuda. Allí encontraría a su futura prometida.

Posteriormente, hacia 1900 comienza a colaborar en Bookman: un revista de crítica literaria y artística. Conocerá a Hilaire Belloc, con su personalidad alegre y entusiasta, muy buen orador, quien le cautivará y le ayudará en gran manera en sus primeras ideas «razonables» sobre la vida.

Era algo mayor que él, de origen francés, y católico. Algo muy raro por allí… Fue de los últimos alumnos de J.H. Newman en el Oratory School de Birmingham. Se había casado con Elodie Hogan, una mujer encantadora, a la que fue a buscar hasta California, y vivían en Londres.

Daban largos paseos charlando, con alguna cerveza o licor por medio en una taberna, y seguían charlando. Congeniaban y compartían mucho. Uno de los intelectuales con los que solían debatir les pondría el simpático nombre de «Cheterbelloc». A veces también incluía a su hermano Cecil.

Se consolida su amistad, y les une un semanal en el que escribe Gilbert, The Speaker, propiedad de algunos amigos del Club de Debate, junto con Belloc.

Por esos años Cecil conoce a Ada Jones, periodista entusiasta desde muy joven. Trabajadora infatigable y alegre, de las muy pocas mujeres periodistas en ese ambiente. Y se enamora de ella.

Su ideal de hombre, de persona, es el hombre ordinario, el hombre corriente. Y lo importante es la vida cotidiana. La que se hace cada día. Dirá: «Las cosas ordinarias son más valiosas que las extraordinarias; es más, son más extraordinarias. El milagro de la humanidad en cuanto tal resulta siempre más fascinante que todas las maravillas particulares del poder, la inteligencia, el arte o la civilización.»

¿Por qué?, porque «los rasgos comunes a todos los hombres son más importantes que los singulares de cada uno»…

Por lo tanto hará notar que las cuestiones importantes deben estar en las manos de los hombres normales. Por ejemplo, el gobierno de un país y la democracia.

Apunta con simpatía: yo soy ordinario en el sentido propio del que acepta un orden. Hay un Creador, y una Creación: un mundo creado, maravilloso, la luz del día, el sol que no se cansa salir cada mañana… Algo asombroso. Cree que la Historia y la «magia» que rodea el Universo debe estar sostenida por un «Narrador», por un «Mago».

Y acepta la vida fascinado, como un don maravilloso. Ve el amor y la caballerosidad como leyes que están en la base de toda existencia, como en los «cuentos de hadas» de su niñez. Por lo que sostendrá: «Si alguien dice que he basado mi filosofía social en los juegos de un niño, estoy dispuesto a inclinar la cabeza en señal de asentimiento y sonreír.”

Continuará…

Algunos libros que recomiendo son: «El amor o la fuerza del sino», «Ciudadano Chesterton»  de J. R. Ayllón, Ortodoxia, o las novelas del Padre Brown…

optimistaseducando.blogspot.com

Si alguien dice que he basado mi filosofía social en los juegos de un niño, estoy dispuesto a inclinar la cabeza en señal de asentimiento y sonreír. Compartir en X

 

 

 

 

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