El último día del año siempre despierta cierta emoción: es tiempo de resumen, de mirada hacia atrás y de reflexión sobre lo vivido.
Mientras el mundo se prepara para celebrar entre ruido y luces, la Iglesia propone un gesto de una sobriedad bellísima: rezar el Te Deum, el gran himno de acción de gracias de la tradición católica.
Este canto antiquísimo condensa, en su poesía solemne, la fe, la gratitud y la confianza del pueblo cristiano.
Rezar el Te Deum el 31 de diciembre no es una simple devoción. La Iglesia concede indulgencia plenaria —cumpliendo las condiciones habituales— a quienes lo recen públicamente, es decir, en comunidad, en un templo o en familia reunida con intención común.
Así, el cierre del año se convierte en acto de fe y de adoración, un modo de proclamar que todo lo vivido viene de Dios y a Dios vuelve.
El Te Deum: una alabanza que atraviesa siglos
El Te Deum es uno de los himnos más antiguos del cristianismo latino. Su origen se pierde entre leyendas y testimonios, atribuido tradicionalmente al encuentro entre san Ambrosio y san Agustín.
Desde entonces ha sido cantado por generaciones enteras de cristianos en momentos de triunfo espiritual, de liberación, de paz y también de profundas conversiones.
Cada una de sus estrofas es una proclamación de la grandeza de Dios y, al mismo tiempo, un reconocimiento humilde de nuestra pequeñez sostenida por su misericordia.
Rezar el Te Deum al finalizar el año significa mirar hacia atrás con ojos de fe. Significa reconocer que, incluso en los días más ocultos, Dios ha estado presente; que en los aciertos y en las caídas, en las alegrías y en las pruebas, su mano ha guiado la historia personal y familiar. Nada ha sido casualidad: todo ha sido ocasión para que la gracia actuara y madurara en el alma.
La indulgencia del 31 de diciembre
La Iglesia no une una indulgencia a este himno por razones estéticas ni por tradición simplemente venerable. Lo hace porque sabe que la gratitud purifica el corazón. Agradecer transforma la mirada, ilumina la memoria, limpia el resentimiento y nos permite descubrir la acción silenciosa de Dios en cada acontecimiento.
Por eso, la indulgencia plenaria se concede en este momento concreto: el último día del año, cuando el alma está más inclinada a hacer balance y a empezar de nuevo.
Quien reza el Te Deum públicamente ese día, cumpliendo las condiciones habituales, recibe un don inmenso: el perdón de la pena temporal de los pecados ya perdonados, y la posibilidad de comenzar el año que entra con una libertad espiritual nueva.
Es un verdadero acto de misericordia de la Iglesia, que invita a sus hijos a dejar atrás todo peso inútil y a caminar ligeros hacia el futuro.
Una tradición que merece volver a los hogares
En no pocas familias católicas, el Te Deum era la oración que abría la última noche del año. Antes de la cena, todos se reunían para dar gracias juntos: padres, hijos y abuelos reconocían los dones recibidos, ofrecían las penas y entregaban el nuevo año a Dios. Era un gesto sencillo, pero cargado de sentido, que enseñaba a los más pequeños que el tiempo es un regalo y que cada día vivido es una gracia.
Hoy, recuperar el Te Deum es una forma de devolverle a la noche del 31 su verdadero centro: Dios.
No hay mejor manera de terminar el año que proclamando su santidad, su gloria y su misericordia. El alma que canta o reza este himno experimenta una paz especial, una serenidad que nace de saberse sostenida por el Señor.
Te Deum (texto completo en latín y español)
LATÍN
Te Deum laudamus:
te Dominum confitemur.
Te aeternum Patrem,
omnis terra veneratur.
Tibi omnes angeli,
tibi caeli et universae potestates:
tibi cherubim et seraphim,
incessabili voce proclamant:
Sanctus, Sanctus, Sanctus
Dominus Deus Sabaoth.
Pleni sunt caeli et terra
maiestatis gloriae tuae.
Te gloriosus Apostolorum chorus,
te prophetarum laudabilis numerus,
te martyrum candidatus laudat exercitus.
Te per orbem terrarum
sancta confitetur Ecclesia,
Patrem immensae maiestatis;
venerandum tuum verum et unicum Filium;
Sanctum quoque Paraclitum Spiritum.
Tu rex gloriae, Christe.
Tu Patris sempiternus es Filius.
Tu, ad liberandum suscepturus hominem,
non horruisti Virginis uterum.
Tu, devicto mortis aculeo,
aperuisti credentibus regna caelorum.
Tu ad dexteram Dei sedes,
in gloria Patris.
Iudex crederis esse venturus.
Te ergo quaesumus, tuis famulis subveni,
quos pretioso sanguine redemisti.
Aeterna fac
cum sanctis tuis in gloria numerari.
Salvum fac populum tuum, Domine,
et benedic hereditati tuae.
Et rege eos,
et extolle illos usque in aeternum.
Per singulos dies benedicimus te;
et laudamus nomen tuum in saeculum,
et in saeculum saeculi.
Dignare, Domine, die isto
sine peccato nos custodire.
Miserere nostri, Domine,
miserere nostri.
Fiat misericordia tua, Domine, super nos,
quem ad modum speravimus in te.
In te, Domine, speravi:
non confundar in aeternum.
ESPAÑOL
A ti, oh Dios, te alabamos,
a ti, Señor, te reconocemos.
A ti, eterno Padre,
te venera toda la creación.
Los ángeles todos, los cielos
y todas las potestades te honran.
Los querubines y serafines
te cantan sin cesar:
Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios de los ejércitos.
Los cielos y la tierra
están llenos de la majestad de tu gloria.
A ti te ensalza el glorioso coro de los apóstoles,
la multitud admirable de los profetas,
el blanco ejército de los mártires.
A ti la Iglesia santa,
extendida por toda la tierra, te aclama:
Padre de inmensa majestad,
Hijo único y verdadero, digno de adoración,
Espíritu Santo, defensor.
Tú eres el Rey de la gloria, Cristo.
Tú eres el Hijo único del Padre.
Tú, para liberar al hombre,
aceptaste la condición humana sin desdeñar el seno de la Virgen.
Tú, rotas las cadenas de la muerte,
abriste a los creyentes el Reino de los Cielos.
Tú estás sentado a la derecha de Dios,
en la gloria del Padre.
Creemos que un día has de venir como juez.
Te rogamos, pues, que vengas en ayuda de tus siervos,
a quienes redimiste con tu preciosa sangre.
Haz que en la gloria eterna
nos asociemos a tus santos.
Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice tu heredad.
Sé su pastor
y ensálzalo eternamente.
Día tras día te bendecimos
y alabamos tu nombre para siempre,
por eternidad de eternidades.
Dígnate, Señor, en este día
guardarnos del pecado.
Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
En ti, Señor, confié,
no me veré defraudado para siempre.





