Pongamos que Italo Calvino nos ha convencido a todos y todos —lectores adultos— tenemos claro que hay que leer a los clásicos o, por lo menos, que es bueno leerlos.
Quizá sea mucho suponer, pero hoy nos sirve partir de esta premisa para reflexionar acerca de la cuestión que nos ocupa, que no es otra que la de si es pertinente leerlos también en la escuela.
En un artículo anterior en el que hablábamos de las lecturas en la escuela, apuntábamos que, en concreto, la asignatura de Lengua Castellana y Literatura promueve el desarrollo de la competencia comunicativa del alumnado, que asume, a su vez, el desarrollo de la competencia lingüística, sociolingüística y pragmática.
Dentro de la sociolingüística, se atienden, entre otros, aspectos relacionados con la cultura en la que se da la lengua materna, y la literatura es una manifestación más de esa herencia cultural. Como tal, es pertinente estudiarla y estudiar a aquellos que la han forjado, así como sus obras más relevantes (y, en el estudio, se incluye la lectura).
Entre estas, se encuentran los clásicos, que por su excelencia y calidad literaria han perdurado en el tiempo humillando los días y los siglos, en palabras de Pedro Salinas.
Los clásicos no son patrimonio de los lectores adultos, sino que lo son de distintos grupos sociales, más o menos grandes, o de la humanidad, si nos referimos a los clásicos universales, conformados por lectores de cualquier edad. Y el patrimonio, que es riqueza y fortuna, no debería ignorarse ni rechazarse, a riesgo de empobrecernos sin comprender nuestro presente —como individuos y como sociedad— y aislándonos intelectual y culturalmente.
Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres)»[1].
Aun así, Italo Calvino nos hace una advertencia: «No se leen los clásicos por deber o por respeto, sino sólo por amor»[2]. Pero como no se ama lo que no se conoce, apostilla: «salvo en la escuela: la escuela debe hacerte conocer bien o mal cierto número de clásicos entre los cuales (o con referencia a los cuales) podrás reconocer después “tus” clásicos. La escuela está obligada a darte instrumentos para efectuar una elección; pero las elecciones que cuentan son las que ocurren fuera o después de cualquier escuela»[3].
Y esta es precisamente la riqueza que supone leerlos, que nos dan herramientas para vivir mejor, entendiendo quiénes somos, cómo hemos llegado hasta el presente y cómo podemos desenvolvernos en él y encarar el futuro.
La identificación de los clásicos como libros aburridos, incapaces de conectar con los intereses de los lectores infantiles y juveniles actuales no se corresponde necesariamente con la realidad. En cualquier caso, el docente siempre ha de actuar como mediador entre los textos y los lectores, como en el resto de materias, lo cual favorecerá la accesibilidad, el interés y el gusto por las lecturas. De las adaptaciones de los clásicos en la escuela hablaremos en otro momento, pues es un tema muy interesante y el abordarlo puede resultarnos de ayuda en nuestra tarea de seleccionar y ofrecer lecturas a los jóvenes.
Por supuesto, los clásicos, como cualquier libro, tienen su edad o, más bien, su momento más o menos adecuado para el lector, por lo que, aun considerando pertinente su estudio en las aulas, su lectura ha de quedar sujeta a los criterios de idoneidad establecidos por el docente en función del conocimiento que tiene de sus alumnos y del Plan Lector, en el que aunará su lectura y la de obras actuales, de tal manera que el alumnado entienda que la literatura es metáfora de la realidad.
No quisiera terminar sin recordar la urgencia de alejarnos —en la escuela y en la vida, que viene a ser lo mismo— de la mentalidad utilitarista imperante en nuestro tiempo, pues como resume Calvino, «no se crea que los clásicos se han de leer porque “sirven” para algo. La única razón que se puede aducir es que leer los clásicos es mejor que no leer los clásicos»[4]. No “sirven” para nada, pero nos dan sentido. ¡Ni más ni menos!
[1] Calvino, Italo. Por qué leer a los clásicos. Siruela. [2] Ibidem. [3] Ibidem. [4] Ibidem.






