Toda España está con el corazón encogido. Porque lo que ha ocurrido estos días no es solo un accidente ferroviario que se explica con términos técnicos y cifras frías, sino un accidente que nos recuerda, de golpe, que la vida no avisa.
He visto, como tú, vídeos e imágenes en los que cuesta sostener con la mirada, “y si hubiera sido yo”, “y si hubiera sido mi madre”, “y si esa niña fuese mi hermana”, “y si ese padre que ya no vuelve fuese el mío”, y esa imaginación involuntaria.
Esa empatía que se cuela, es precisamente lo que demuestra que todavía estamos vivos.
Y sí, es humano, inevitable y hasta necesario preguntarse por el “por qué”, la mente necesita agarrarse a algo para no caer al vacío absoluto, aunque sea a una explicación imperfecta, aunque sea a un “fue mala suerte”, aunque sea a un “se podía haber evitado”, aunque sea a un “algo falló”.
Lo insoportable no es solo el golpe, sino el sinsentido.
Pero hay una diferencia enorme entre la pregunta legítima y la obsesión enferma; una cosa es exigir responsabilidades —que debe hacerse, porque la vida humana no es negociable y el sistema que nos sostiene tiene el deber moral de protegerla— y otra cosa es reducirlo todo al reparto de culpas como si eso devolviera a los muertos, como si eso suturara el desgarro de los que se han quedado aquí.
No hay que hacerse los ingenuos: claro que importan las inversiones, el mantenimiento, los protocolos, las decisiones políticas y técnicas. Una sociedad decente se mide en lo que cuida y en cómo protege a los suyos.
Pero también es verdad que, incluso cuando todo estuviera perfectamente hecho, incluso cuando todo fuera impecable, seguiríamos sin poder blindarnos del todo contra lo imprevisible, y esa es una de las verdades más difíciles de aceptar.
La vida es frágil, la realidad puede girar de golpe hacia el lado más oscuro sin que nosotros hayamos hecho nada para merecerlo.
Hay un elemento especialmente cruel en este tipo de tragedias, y es esa sensación de margen mínimo, de frontera absurda entre el “no pasó nada” y el “pasó lo peor”.
Entonces pensamos en lo inverosímil de morir en un tren, en un medio que asociamos a seguridad.
Sin embargo —y aquí está lo que más me ha impresionado de estos días— lo que riega todos los testimonios no es el odio, ni el deseo de venganza, ni la rabia convertida sino la familia y los amigos, que aparecen una y otra vez.
La vida, incluso en su forma más devastada, siguiera diciendo la misma verdad: que uno no está hecho para existir solo, que el sentido se construye con vínculos, con nombres propios, con caras concretas.
Hemos escuchado hijos hablando de su padre o de su madre, fallecidos en el accidente, hemos visto a gente nombrar a su hermana, a su abuela, a su primo, como quien nombra una parte de sí mismo porque, en el fondo, eso es lo que son: no “personas externas”, sino pedazos de nuestra propia historia.
Hay testimonios que duelen tanto que uno llega a preguntarse «por qué» hay dolores que parecen más grandes que la capacidad humana.
Aunque la muerte pueda cortar una vida, no puede borrar el hecho de que esa vida existió, de que fue regalo para alguien, de que dejó huellas reales, y eso es algo que solo se entiende cuando uno deja de mirar la tragedia como un dato y la mira como lo que es: una suma infinita de historias personales que, de pronto, quedaron interrumpidas, y que sin embargo no se vuelven nada, no se disuelven en el aire, sino que quedan como una presencia distinta en quienes permanecen aquí en la tierra.
Todos y cada uno de los afectados guardarán para siempre un gran tesoro, cada una de las vidas que compartieron. Lo que hemos vivido con los nuestros no se pierde y el dolor es también prueba de haber tenido algo grande.
“Es en dar que recibimos”: equipos de emergencia exhaustos, sanitarios dejándose el cuerpo, voluntarios ofreciendo lo que tenían, personas que donan sangre, vecinos que acogen, manos que levantan escombros, ojos que se secan el llanto para sostener el llanto del otro, y en esa corriente de generosidad aparece, casi sin quererlo, lo mejor del ser humano.
Y aun así, no conviene romantizar el dolor, porque el dolor no es bueno en sí mismo, y quien ha perdido a un ser querido no necesita que le digan que “todo pasa por algo”.
Pero sí conviene mirar con seriedad y trascendencia lo que nos queda después de la catástrofe, porque si no, todo se convierte en un rito de estado —cierres por luto, silencios, medias astas, discursos oficiales, “unidad en el dolor”— y luego, lentamente, la realidad vuelve a tragarse la memoria de los que ya no están como si el mundo pudiera pasar página sin aprender nada.
¿Qué nos queda, entonces, además de exigir lo justo y mejorar lo urgente?
Nos queda una pregunta más íntima y más difícil: ¿qué hacemos con la conciencia de nuestra fragilidad?
Queda, para quien tiene fe, una esperanza que no es ingenua: creer que lo peor no tiene la última palabra, que el mal no es definitivo, que existe una Providencia capaz de sacar bien incluso de lo aparentemente absurdo y para quien no tenga fe, queda igualmente la verdad de que el amor que hemos dado y recibido es lo único que permanece cuando todo lo demás se cae, y que vivir de espaldas a eso es vivir por debajo de nuestra propia humanidad.
Hoy España llora, sí, pero ojalá no llore solo como un país que se entristece un rato y luego sigue.
Sino como una comunidad que recuerda que cada persona era única, que cada muerte no es un dato sino un mundo que se apagó, que cada familia herida merece algo más que palabras, merece cuidado real y justicia real; y ojalá, en medio de esta oscuridad, no olvidemos lo que paradójicamente ha brillado: que seguimos siendo capaces de sostenernos, de acompañarnos, de darnos, de mirar al otro como un hermano.
Quizás esa sea la verdad más profunda que la tragedia no puede apagar: que hemos venido a este mundo como regalo para los demás, y que ni siquiera la mayor desgracia consigue borrar del todo ese rastro de amor que dejamos cuando nos entregamos.




