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El florecimiento humano: mucho más que algoritmos y cifras

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Occidente sufre una prosperidad aparente que se oculta bajo el maquillaje de políticas de conveniencia. Operando así, solamente se consigue fragmentar progresivamente las sociedades comunitarias. Entre las luchas de poder y la gestión interesada y sesgada de los recursos, subyace un profundo vacío espiritual que desgasta la libertad tanto personal como colectiva.

Para atenuar el deterioro institucional que incide inicuamente en la conciencia de las personas, y de esta manera poder recuperar la coherencia en el orden político, económico y social, el gobierno de los pueblos debe retomar el florecimiento humano y el compromiso responsable que hunde sus raíces en los postulados cristianos. En un mundo globalizado donde priman las estadísticas que marcan el pulso del progreso en virtud de su tanteo y de su pesaje, es frecuente observar la insatisfacción y la frustración causada en la vida corriente de los ciudadanos.

Existen iniciativas y estudios académicos que miden, con un renovado prisma, el grado del progreso atendiendo a la calidad de vida, es decir, no a vivir placenteramente y sin más, sino en función de unos parámetros establecidos tales como la virtud, la salud, las relaciones interpersonales, la felicidad o la seguridad, y en este último caso sobre todo en el ámbito económico.

Frente a los excesos individualistas que van conformando las sociedades, cada vez más alejadas de lo espiritual, y ante los acres ataques de quienes pretenden gobernar con el cetro del abuso de poder, hay antídotos reconstituyentes que hacen fermentar la profundidad del ser humano. Vivir conforme a la virtud, como excelencia del carácter que perfecciona la naturaleza humana, no es una ocurrencia de la modernidad, puesto que Aristóteles ya introdujo esta idea en su “Ética a Nicómaco”.

Las necesidades humanas, a la luz del cristianismo, no se reducen a meros tecnicismos, sino que se ordenan al bien integral de la persona. El resurgir humano no se reduce a la pura satisfacción de necesidades, se orienta a una vocación de entrega y de servicio a la comunidad. Por tanto, el cristianismo no debe someterse a un refugio intimista, oscuro, apartado, no. Aplicarlo en la política no implica inmiscuirse en ámbitos ilícitos o cuanto menos vetados. La coherencia personal se demuestra obrando según unos principios rectores que son el motor de la existencia humana.

El renacimiento del ser humano no es un estado psicológico, ni un entretenimiento, ni siquiera un bienestar preferente e individual, “es el resultado de una vida orientada racionalmente al bien común a través del ejercicio de las virtudes”, tal como lo declara Alasdair Chalmers MacIntyre (filósofo británico). A tal efecto, para Santo Tomás de Aquino “el florecimiento humano radica en vivir conforme a la ley natural (…) que orienta a la persona hacia el bien común”.

Alguien pudiera pensar que todo brote espiritual o religioso, y más concretamente la fe cristiana, debe permanecer en la esfera de lo privado. La ideología intransigente y extrema ha inoculado un falso laicismo en nuestras sociedades en detrimento de la puesta en escena de aquellos valores que nutren la razón de ser de quienes practican dicha fe. La aconfesionalidad obedece a la neutralidad institucional debida, lo que no se contrapone a poner en práctica la forma de actuar de los individuos que componen la sociedad. No olvidemos que las comunidades, así como los estamentos corporativos, se componen de personas y son estas las que piensan de una u otra forma, tanto a nivel religioso, político, como social, y de esta forma plantean su perfil programático de influencia en virtud de sus propias convicciones.

La brújula del siglo XXI debe orientarse hacia la política del florecimiento, integrando en una misma senda las bases para conquistar el bien común. No basta con sumar variables, urge un propósito político, un reseteo de las instituciones y una reconfiguración de los fines sociales a alcanzar.

Para renovar decididamente la política debe haber un esfuerzo por considerar qué es realmente la prosperidad, entendida como una plena realización del ser humano; se debe volver la vista a las virtudes, educando en libertad y buscando la verdad; se debe someter el poder descontrolado al ámbito más estricto de la justicia, donde la moral sofoque la corrupción; y sobre todo huir de una suspicacia recelosa y paralizante, regresando a la semilla cristiana de la esperanza.

Con todo, llevar la fe cristiana al escenario político es promover la caridad social, donde el amor a los demás se traduzca en leyes justas, protegiendo al débil en la consecución del bien común. El Papa León XIV fue concluyente al definir la unidad de vida, informando que en una misma persona no hay un político, por un lado, y un cristiano, por otro, dado que está llamada a la coherencia bajo la mirada atenta de Dios.

Ser creyente en privado y otra cosa distinta en lo público es arder en la hoguera del cinismo. Un político cristiano no está llamado a la comodidad, sino a dar testimonio de su fe. La fortaleza será, por tanto, el instrumento idóneo para nadar a contracorriente en un océano lleno de presiones mediáticas, políticas, económicas y sociales, así como de sumisiones agradecidas.

Un político cristiano no está llamado a la comodidad, sino a dar testimonio de su fe. La fortaleza será, por tanto, el instrumento idóneo para nadar a contracorriente en un océano lleno de presiones mediáticas, políticas, económicas… Compartir en X

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