Ayer, en una de mis muchas —más de las que me gustaría reconocer— incursiones en redes sociales, me encontré con un pequeño extracto de un vídeo de Joan Laporta.
Laporta es de esa gente que siempre me ha caído simpático. Tal vez porque compartimos algunas cosas. Siguiendo aquella frase de Dalí sobre Picasso podría decirse algo parecido: “A Laporta le gusta comer mucho y bien, a mí también. A Laporta le gusta beber para celebrar y celebrar para beber, a mí también. A Laporta le gustaría una Cataluña independiente… a mí tampoco.”
Pero aquel clip era impropio de un triunfador, o al menos de ese tipo de triunfador moderno que hoy abunda: esos que venden cursos sobre cómo triunfar, como si el éxito fuese una receta que pudiera enseñarse en un seminario de fin de semana.
Y guste o no, Laporta lo es. Ha presidido uno de los clubes más grandes del mundo, ha levantado Copas de Europa, ha gobernado un club que es casi un país sentimental para millones de personas. En un mundo donde todo parece perfecto. En un mundo de soberbios en el que casi nadie reconoce un error.
Sin embargo, en aquella entrevista ocurrió algo extraño.
La pregunta era simple: ¿Qué es aquello de lo que más se arrepiente en su vida?
La pregunta tenía una respuesta fácil. Una de esas respuestas que se dan en piloto automático y que, además, suelen tener buen rédito electoral en el inminente plebiscito culé. Podría haber hablado de Messi. Podría haber hablado de no haber ganado más títulos. Podría haber mencionado cualquier decisión deportiva.
Pero decidió quitarse la careta.
Se quitó el traje de president y habló como Joan.
Incluso la cara le cambia. Los ojos se le iluminan con una mezcla de nostalgia y verdad que rara vez se ve en la política, en el fútbol o en la vida pública.
Y entonces dijo algo que descoloca en una época que solo celebra los triunfos visibles:
Me hubiera gustado seguir manteniendo mi matrimonio.
Quizás yo podía haber hecho las cosas mejor.”
Estamos hablando de un matrimonio roto hace muchos años. Pero aquella confesión me trajo inmediatamente a la memoria una frase que escuché al padre Ángel Espinosa de los Monteros citar a un empresario:
“No hay éxito empresarial que compense un fracaso matrimonial.”
Y hoy, escuchando a Laporta, uno no puede evitar hacerse una pregunta incómoda.
¿Ha triunfado Laporta?
O mejor aún: ¿Qué significa triunfar?
¿De qué sirve levantar una Copa de Europa si aquello a lo que prometiste fidelidad ya no está? ¿De qué sirve conquistar el mundo si al final uno descubre que lo importante estaba en casa?
Tal vez aquella frase espontánea de Laporta pueda servirnos de llamada de atención.
¿Cuántas horas extras dedicas a tu trabajo que en realidad estás robando a tu familia?
¿Cuántas llamadas contestas al primer tono cuando es tu jefe, pero dejas sonar cuando quien llama es tu mujer?
Tal vez hemos invertido el orden natural de las cosas.
He visto a muchos hombres hablar de su trabajo y que se les ilumine la cara. Pero cuando hablan de su familia apenas se les escapa un suspiro resignado, como si lo que verdaderamente les satisficiera fueran sus triunfos laborales: honores mundanos que, en realidad, ni siquiera responden al verdadero honor.
Y, sin embargo, el verdadero campo de batalla de un hombre no suele estar en el despacho ni en la empresa.
Está en casa.
Ojalá la sonrisa que muchos dedican a sus clientes la dedicaran también a su familia.
Ojalá la diligencia con la que cumplen en el trabajo la aplicaran también en su hogar.
Ojalá el trato deferente —casi reverencial— que muchos tienen con su jefe lo tuvieran también con su mujer.
Porque al final el verdadero triunfo no está en los aplausos públicos, ni en los balances económicos, ni siquiera en las vitrinas de trofeos.
El verdadero triunfo consiste en algo mucho más sencillo y mucho más difícil: hacer bien lo que tenemos que hacer donde realmente importa.
Por eso, quizá la confesión más sincera de Joan Laporta no tenga nada que ver con el fútbol.
Tal vez sea simplemente el recordatorio de una verdad antigua que hemos olvidado.
Así que hoy, cuando termines de leer esto, haz algo muy sencillo: vuelve a casa.
Y sé un triunfador.
Trata a tu mujer como se merece.
Porque, como escribió José María Pemán en El divino impaciente:
“No hay virtud más eminente que el hacer sencillamente lo que tenemos que hacer.”









