Aquí, entre nosotros: teníamos un asunto pendiente. Sí, sí, ustedes y yo. Hace unas semanas hablábamos de la idoneidad de leer los clásicos en la escuela y quedamos en que trataríamos en otro momento la cuestión de las adaptaciones de estas obras. ¿Lo recuerdan?
No es cuestión menor, pues, dado que sabemos del beneficio de leerlos desde edades tempranas, conviene considerar cómo acercamos a ellos a los pequeños y jóvenes lectores. Así que, les invito a darle una vuelta al asunto entre todos.
Hay quien lo plantea como una discusión entre posturas difícilmente reconciliables, sobre todo porque, en ocasiones, se ha dado en formularla en términos absolutos: “Adaptaciones ¿sí o no?”. El caso es que la respuesta a esta pregunta, la que sea, es tan vaga que, en definitiva, no nos permite atender al reto que nos plantea la realidad, mucho más rica en matices siempre.
Rechazar una adaptación por el hecho de serlo o aceptarla sin reflexión, no resuelve de manera satisfactoria la necesidad real de los lectores. Tal vez nos orientaría mejor para actuar con más acierto preguntarnos por el tipo de adaptación, por la edad para la que se adapta, con qué objetivo se hace… y cotejar todo ello con el fin que buscamos nosotros con ella.
Decíamos que, como cualquier libro, los clásicos tienen su edad y su momento de lectura. Hay clásicos de la literatura infantil y juvenil y clásicos de literatura para adultos. De estos últimos, algunos se adaptan para el público infantil y juvenil y son estos precisamente los que se convierten en motivo de conflicto.
Los detractores más acendrados de las adaptaciones consideran que las obras clásicas deben ser leídas en su versión original cuando se tenga la madurez necesaria para ello y que modificarlas supone casi siempre una adulteración, la pérdida de la esencia o de la intención comunicativa del autor. Es innegable que algunas adaptaciones responden a este análisis sin fisuras. Pero ¿siempre ocurre así?
Partimos del hecho de que hay distintos tipos de adaptaciones, a tenor de las publicaciones que podemos encontrarnos en las librerías: algunas seleccionan episodios especialmente atractivos o interesantes, otras modifican historias tradicionales (personajes, partes de la historia, mensaje…) con distintos objetivos, las hay que adaptan el texto narrativo a formato cómic, o a teatro… y también disponemos de adaptaciones deliberadas, cuidadas y pensadas especialmente para preservar precisamente la esencia y la intención comunicativa del autor en la obra original. Evidentemente, esta cuenta con una riqueza difícilmente imitable, dada su condición de clásico. Pero esto no invalida per se cualquier adaptación. Como ejemplo de este último tipo de adaptaciones respetuosas y valiosas podemos mencionar las realizadas por la profesora Rosa Navarro Durán, catedrática de Literatura Española, algunas de ellas dirigidas a niños y otras, a adolescentes.
Entendiendo los clásicos como herencia y patrimonio cultural irrechazable e ineludible, este último tipo de adaptaciones pueden ayudarnos en nuestra tarea de mediadores entre los libros y los jóvenes lectores, tanto en la escuela como en la familia. Los clásicos lo son porque nos siguen hablando generación tras generación. Tienen mucho que decirnos. También hoy en día.
Sin entrar en los motivos que lo han propiciado ni en su valoración, es un hecho fácilmente comprobable que actualmente ni siquiera el alumnado de bachillerato, por lo general, es capaz de comprender el texto original del Cantar de Mio Cid o del Quijote, por ejemplo, dos obras capitales de nuestro acervo cultural. Si esperamos a presentarles estas obras en su versión original o a que accedan espontanea y voluntariamente a ellas cuando tengan la madurez requerida, les estaremos privando de ese bagaje necesario para explicarse a sí mismos y su entorno desde la infancia y la adolescencia. Por el contrario, si elegimos una adaptación que respete la esencia de la obra original y, al mismo tiempo, se la haga accesible y asequible, iremos conformando su imaginario cultural y los prepararemos para la lectura del texto original, la hagan o no más adelante.
Desde luego, es más que recomendable y conveniente la lectura de los clásicos; sin embargo, la realidad es que no todo el mundo va a tener la oportunidad de leerlos a lo largo de su vida por motivos varios. En cualquier caso, siempre será bueno que, a pesar de no leerlos, estos puedan formar parte del imaginario cultural de cada lector (presente en expresiones de sabiduría popular, en manifestaciones artísticas o culturales, en referencias literarias, en la conformación del carácter propio de la sociedad en la que se han dado esas obras…), que le sirvan de contexto para desenvolverse social y culturalmente.
Una vez más, las circunstancias concretas de la realidad de los lectores jóvenes actuales nos obligan, como mediadores y educadores que somos, a hilar fino, a considerar esta cuestión —como todo en la educación— con cuidado, con mimo y con detalle. Hagámonos, pues, mejor las preguntas para que nuestras respuestas y acciones sean más eficaces.









