Hay una tristeza nueva en nuestras ciudades y tal vez sea culpa de una estética tan irreprochable como intercambiable. No se si les pasa, pero uno entra en ciertos barrios de Madrid, de Barcelona, de Valencia, de Roma o de París, y ya no sabe muy bien si vive en un lugar concreto, con su genio o si deambula, más bien, por una sucesión de escenarios diseñados idénticos para gustar instantáneamente y para confirmar al visitante que sigue dentro del perímetro correcto del gusto contemporáneo.
Es poco grato y preocupante cerciorarse de que lo que se extiende ante nuestros ojos no es únicamente una repetición de formas, más bien lo percibo como una domesticación sibilina de la sensibilidad. Las cafeterías se parecen, sí; las casas, cada vez más. También los rostros y cuerpos, de modo alarmante, empiezan a converger con una precisión casi industrial, a golpe de botox . Pero la cosa no queda ahí, incluso las maneras de hablar («se vienen cositas»), de indignarse, de ironizar, de posar ante la vida, obedecen a un repertorio común, a una gramática tácita cómplice de la aceptabilidad social.
Me alarma corroborar como lo singular que no lo diverso, resulta cada vez más incómodo y que ciertas expresiones son directamente expulsadas del plano social.
Te sientas en una cafetería nueva, pongamos en Madrid y ya sabes de antemano lo que te espera sin necesidad de leer la carta. Habrá matcha y café de especialidad, probablemente en cinco o más versiones. Además habrá pan de masa madre con salmón, huevo y aguacate. Te encontrarás muy probablemente con roble claro o acero mate, tal vez paredes en tonos neutros.
Lo peor, una atmósfera general de personalidad prefabricada para que el cliente se reconozca dentro de una ficción halagadora sobre sí mismo.
Hace décadas no nos hubiera parecido normal que hasta el último rincón de la vida tuviera que comparecer ante nosotros revestido de narrativa, posteable y saturado de intención estética con fines más importantes para el mundo que lo bello, bueno y verdadero.
Hemos entrado de lleno en el de la representación de cada segundo de nuestra vida y esto afecta a nuestra forma de ser y concebirnos. Se mercadea en cada capítulo de existencia una experiencia reconocible, compartible y, sobre todo, homologable para con la de los demás.
Lo que más impresiona como dramático es que todo ello se nos vende como expresión de individualidad y libertad de elección.
Me ocurre últimamente algo curioso, me causa una especie de alivio moral entrar de pronto en uno de esos barrios, restaurantes o bares antiguos que aún sobreviven y no sabemos por cuanto, heridos pero en pie, al margen del catecismo estético de nuestro tiempo. Lugares donde habita la memoria y el arraigo.
Mesas, sillas, cafetera, tazas y una barra que nadie ha estilizado para una fotografía.
Una decoración limpia, bella, cuidada y perfecta que no responde a una estrategia de marca sino al paso de la vida, sus crudezas, su empeño por seguir adelante y al paso del tiempo.
Esos lugares cada vez los aprecio más, precisamente porque no intentan seducirnos con una versión idealizada de nosotros mismos, porque no se esfuerzan en reflejar el “moodboard” aspiracional del cliente.
La vida no necesita estar permanentemente editada y reposteada para ser digna de ser vivida.
Siempre hubo modas pero aquí todo va más hacía un repliegue antropológico.
Lo que está en juego es la relación de la persona con lo real, con su propio cuerpo, con su propia identidad, con el sentido mismo de la singularidad y con la capacidad de soportar aquello que no ha sido previamente validado por el consenso.
Obsérvese, si no, lo que sucede con los rostros y cuerpos. Es curioso ver como vivimos bajo una paradójica tiranía de la uniformidad física en la misma época en que más se predica la diversidad. Las facciones se corrigen según un patrón común.
Los filtros, que empezaron siendo un juego pueril, han terminado por educar la mirada contra la realidad.
Los labios se hinchan, los pómulos se elevan, la mandíbula se afila, la piel se alisa hasta adquirir esa tersura inhumana. Ya no se acepta la singularidad de una cara, basta con observar revistas de moda o las grandes pasarelas. Todo lo demás, percibido como error, como defecto, como anomalía, pasa a ser intolerable.
A esta altura, las redes sociales no son únicamente un escaparate, alimentan a una humanidad exhausta, siempre en acto de representación, cada vez menos capaz de sostener la desnudez natural de lo real.
Se habla mucho de autenticidad, pero casi todo incita a la imitación. Se alaba la diversidad, pero solo dentro de los márgenes que el estado, el algoritmo y el mercado consideran digeribles.
El síndrome de Solomon, esa inclinación a negar incluso la evidencia con tal de no romper la armonía del grupo, se ha convertido en una patología de época.
Mucha gente no vive como querría, no piensa hasta el fondo lo que piensa, no se muestra como es, porque ha interiorizado que salirse del molde equivale a exponerse a una intemperie moral que no se siente capaz de soportar.
Poco a poco, en su corazón, va instalándose una conformidad elegante, burguesa, pero conformidad al fin y al cabo.
¡Vaya drama! mientras más idénticos nos volvemos, más insistimos en llamarlo expresión personal, la trampa de nuestro tiempo. Presumimos de afirmar nuestra individualidad a través de signos que comparten millones, creemos diferenciarnos repitiendo el mismo código. Vivimos alquilando una identidad estándar con algunos retoques menores. El mundo entero empieza entonces a parecerse a una exposición infinita de variaciones ínfimas sobre un mismo patrón de corrección estética, moral y social.
Este teman no es poca cosa. Perdemos el gusto por lo particular, que es también el gusto por la verdad. Arrasamos la paciencia ante lo heredado, ante lo imperfecto, ante lo no estilizado.
No veneramos el tiempo, que deja huella en los lugares y en los cuerpos. Perdemos, en fin, la capacidad de amar algo porque es, por existir, pudiendo dejar a un lado si encaja o no en su sistema de aprobación. Esta sociedad ha comenzado a desertar de lo humano.
Nos estamos ahogando por perseguir de modo frenético lo idéntico. Pero el problemón, el verdadero problema, es que hemos empezado a confundirnos y defenderlo como definición de civilización.



