Desarrollo cerebral y aprendizaje en los niños

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Pensando en nuestros hijos… A los padres nos preocupa cómo ayudarles en su formación como personas. El conocimiento del cerebro y sistema nervioso, y su maduración y funciones específicas, nos puede ayudar, puesto que es el sustrato anatómico para ir construyendo su personalidad.

Todo va modelando y marcando una «huella» en su cerebro, y va conformando su singular forma de ser, anclada en sus cualidades personales, únicas en el mundo…, que debemos descubrir y potenciar.

Pero, sabiendo que no todo se reduce a materia y neuronas; la persona tiene algo más que la trasciende…, no sólo su aspecto psicológico, sino también el espiritual, junto con los anhelos del corazón de belleza y felicidad.

El desarrollo humano se realiza especialmente en las primeras etapas de la vida, favorecido e impulsado por la curiosidad y la capacidad de asombro de los niños, que, como ya señalaran los clásicos griegos, y el gran Tomás de Aquino, son su «motor» de aprendizaje. La admiración y emoción que el mundo despierta en ellos es como la “chispa” que enciende la atención y la mantiene viva.

Los estímulos de la vida cotidiana, en un ambiente saturado de cariñy relaciones personales como es la familia, son vitales. Necesita interactuar con los demás, especialmente con los padres, para madurar y formar su identidad.

Tenemos un «cerebro social» diseñado para relacionarnos, con un corazón para querer y sentirnos queridos. Esas capacidades del cerebro social, junto con el “cerebro emocionalya funcionan desde edades muy tempranas.

Como señala el humanista Tomás Melendo, la persona «se hace» y se «re-hace», «se construye» y se «re-construyeen la familia, ámbito propio de la persona, del amor y las verdaderas relaciones humanas. El niño necesita esa interacción con los padres.

Pongo unos puntos para ir pensando:

1) Cómo aprenden los niños y cómo se forman como personas

2) Hábitos, virtudes y personalidad 

1) ¿Cómo aprenden los niños? ¿Cómo se forman como personas?

La clave del aprendizaje está en dejar que puedan admirar el entorno, especialmente la naturaleza, permitir su curiosidad perceptiva e imaginación, dejar volar su asombro. ¡Hasta entusiasmarse! Estas capacidades abren las puertasde la atención y permiten su deseo de aprender porque todo les entusiasma.

Por eso es importante fomentar la exploración, la imaginación, la creatividad, darles pequeñas tareas y encargos desde muy pequeños, pues les encanta hacer las cosas ellos mismos.

Enseñarles lo que está bien o mal, acorde a su edad, para que vayan teniendo un referente claro en su actuación. Los padres seducimos con unos valores humanos nobles, basados en principios que no pasan de moda; tratamos de hacer vida en familia. Ahí aprenden lo más importante.

Respetando sus ritmos, sus tiempos atencionales lentos, esos periodos más sensibles del aprendizaje y del neurodesarrollo.

Con libertad de acción para que se mueva, perciba, experimente…, y adquiera pronto autonomía. Así va logrando habilidades y destrezas, teniendo en cuenta sus gustos e intereses, dejándole elegir, tomar pequeñas decisiones y relacionarse con los demás.

Siempre guiados por el sentimiento de saberse queridos. Lo cual no significa darles todos los caprichos, ni tampoco sobreprotegerlos, ¡al contrario! Necesitan cariño y dedicación personal, tiempo e intimidad con los padres. Y luego entrenarse en hacer las cosas por sí mismos

Algo que le encanta a un niño es moverse libremente, explorar, experimentar. Cuantas más oportunidades tenga de conocimiento perceptivo y experiencial, mejor. Porque cuantos más sentidos emplee, mejor conocerá el mundo que le rodea y mejor desarrollará sus capacidades, gracias a la fase sensoriomotora de la maduración cerebral. Los sentidos son como las “ventanas” por las que contacta con el mundo, lo conoce y se puede relacionar.

La mejor edad para el aprendizaje es de 0 a 3 años, puesto que desde el nacimiento el cerebro está en pleno desarrollo y formación de conexiones neuronales o sinapsis, y es muy sensible a ciertos aprendizajes que veremos. Esta edad se puede extender hasta los 6-8 años con otras habilidades y funciones.

Aprender se traduce en crear nuevas sinapsis neuronales. Ya lo descubrió el premio Nobel de Medicina, Santiago Ramón y Cajal, con un simple microscopio, y su mente trabajadora y esforzada. Aprendizaje y desarrollo cerebral van estrechamente unidos, y el motor de todo ello es la curiosidad, el asombro y el deseo por conocer, en un ambiente cálido, afectuoso, de cariño.

Es bueno conocer los ritmos habituales en los que despuntan determinadas destrezas, pues su cerebro está preparado para ayudarles a crecer y desarrollarse bien, sin perder de vista la singularidad de cada uno. De ahí los periodos críticos del neurodesarrollo, que te cuento en mi blog, para adquirir funciones innatas.

Ejemplo de estas funciones es la marcha o deambulación, que sucede en torno al año; el habla y el lenguaje hasta los cinco o seis años, que les permite relacionarse mejor, y las capacidades superiores, con el propio pensamiento, que comienzan desde los cuatro años, pero son tan complejas que no finalizan hasta más allá de la adolescencia.

Volviendo a los niños, el juego es muy necesario en su vida. Todo lo aprenden por vía afectiva, a través de emociones, mediante el juego. Para él todo es juego, o se transforma en juego: aprende jugando, juega aprendiendo. Desde muy pequeño juega con su madre, su padre, con su mirada, con su sonrisa… disfruta jugando. Además, estimula el desarrollo cerebral, la imaginacióy la creatividad.

Avanzando un poco, señala Cajal: “Es preciso sacudir enérgicamente el bosque de neuronas adormecidas. Es menester hacerlas vibrar con la emoción de lo nuevo, e infundirles nobles y elevadas inquietudes. Por tanto, no quedarse solo en adquirir unas habilidades o capacidades concretas, sino elevar las miras, fomentar inquietudes en ellos de metas nobles, de pensar en los demás y mejorar el entorno.

Al hilo, una idea fundamental de una gran bióloga, médico y pedagoga, María Montessori: “Sembrad en los niños ideas buenas aunque no las entiendan; los años se encargarán de descifrarlas en su entendimiento y hacerlas florecer en su corazón.” Siempre atender a la cabeza y al corazón.

Esta es la base para ir trabajando día a día… Y para centrarnos, unas pinceladas de las distintas facultades personales que cultivar, para la buena formación de los hijos:

* El pensamiento

Cuando los niños van creciendo a partir de las experiencias perceptivas y su pensamiento mágico, se van construyendo nociones s abstractas, conceptos e ideas. Para luego relacionarlas y construir un razonamiento engarzando ideas. Es la base del pensamiento lógico que madura en torno a los 6 años, con las muchas preguntas que se hacen, que necesitan respuestas y nuestra atención cariñosa. Así conectar mucho con ellos, abrir canales de comunicación y ayudarles a pensar.

* La voluntad

También es la edad ideal para enseñarles hábitos saludables, aprovechando esos momentos en los cuales es muy fácil adquirir esas funciones innatas unos valores humanos nobles que ven en su familia. Pero hay que vivirlos… y nos están mirando siempre. Todo ello estimulará nuevas sinapsis y establecerá circuitos neuronales, modelando su cerebro y dejando una huella en él, que les facilitará aprenderlo y obrar en esa línea.

Es el momento de disfrutar de buena música, de contemplar la naturaleza, del placer de jugar y leer…, y de fomentar hábitos como el orden, la alegría, la sinceridad, la empatía, la amistad… Siguiendo con el esfuerzo, la ilusión por cosas nobles, la generosidad, la lealtad, la responsabilidad… y, en definitiva, pensar en los demás y ayudarles con esa empatía que poseen a flor de piel.

* La afectividad

Para su neurodesarrollo es muy necesaria la relación con otras personas, no solo de la familia, sino también con otros niños. Una persona es mucho más enriquecedora que cualquier juguete, y muchísimo más que una “pantalla”… A una distancia infinitamente lejana. Las personas nos forjamos, y mejoramos, con el trato con los demás. Muy especialmente en las primeras etapas. Necesitan esa resonancia con los padres, donde se sienten a gusto, y lo aprenden todo.

Siempre, insisto, sabiéndose muy queridos. El cariño de los padres es el artífice de su buen desarrollo, base de su afectividad, de su sana autoestima y personalidad. Y ese cariño recíproco les permitirá aprender a querer a los demás: la asignatura más importante de la vida. Y algo necesario para desarrollar su personalidad, su mejor forma de ser, lo cual les aportará mayor plenitud personal y redundará en felicidad.

Continuará…

optimistaseducando.blogspot.com

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