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¿Diezmar el 10%? Del porcentaje al discernimiento

Iglesia

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¿Cuánto dinero “debería” poner un católico en la colecta dominical? La pregunta aparece con frecuencia, sobre todo en familias que desean sostener a la Iglesia sin perder de vista un presupuesto doméstico realista.

En ese contexto, muchos suponen que existe una obligación universal: dar el 10% de los ingresos, como sugieren ciertos pasajes bíblicos. Sin embargo, la tradición y la enseñanza de la Iglesia católica dibujan un panorama más matizado: la generosidad no se reduce a un porcentaje fijo, sino que se discierne.

¿Qué dice realmente la Iglesia sobre el “diezmo”?

El precepto veterotestamentario del 10% —presente sobre todo en Génesis, Levítico y Deuteronomio— no ha sido, ni es hoy, un mandato estricto para los católicos. En cambio, el Código de Derecho Canónico habla de una obligación más amplia: los fieles han de ayudar a la Iglesia para que tenga lo necesario para el culto, las obras apostólicas y de caridad, y el sustento digno de los ministros (Canon 222).

Es decir, la Iglesia pide corresponsabilidad, no una cifra universal.

Usar el 10% como orientación puede ser útil, pero no debe convertirse en vara de medir moral. De hecho, recuerda que algunos Padres de la Iglesia, como san Agustín o san Juan Crisóstomo, exhortaban a los ricos a dar incluso más. Por otro lado, advierte contra la culpa en quienes atraviesan estrechez: personas con deudas, salarios bajos o familias con hijos no deberían sentirse moralmente inferiores por aportar menos.

Aquí entra una idea central: la primera responsabilidad de los padres es cuidar y educar a sus hijos en la fe. Si “dar más” compromete esa misión, no es falta de caridad. En otras palabras, sostener el hogar también es una forma auténtica de servicio eclesial.

La “administración” como camino espiritual

La verdadera administración nace de una convicción: devolvemos a Dios algo de lo que hemos recibido. No se trata tanto de lo que la parroquia “necesita obtener”, como de lo que el discípulo está llamado a ofrecer en tiempo, talento y tesoro.

El objetivo pastoral no sería presionar para alcanzar un 10%, sino acompañar procesos: pasos realistas y sostenibles, asumidos con libertad, que ayuden a crecer como discípulos. Las comunidades que se obsesionan con el porcentaje suelen fracasar; en cambio, cuando se propone una espiritualidad integral, la generosidad se vuelve más estable y madura.

Entre la institución y la ayuda directa

Además, existen diferencias generacionales. Muchos mayores, con ingresos más líquidos y una cultura del “deber”, tienden a sostener más a la parroquia. En cambio, millennials y Gen Z muestran un estilo distinto: más donaciones puntuales, tipo GoFundMe, o ayuda directa a personas cercanas, y menos aportación a instituciones. La clave está en “proponer una visión” y comunicar con transparencia cuánto cuesta mantener una parroquia: cuando la gente entiende la misión y el presupuesto, responde mejor.

Una imagen sencilla: como en una familia, no todos contribuyen igual ni en el mismo momento. Habrá temporadas de abundancia y otras de estrechez. Incluso cuando el dinero falta, ofrecer “un don al altar” —por pequeño que sea— educa el corazón y da testimonio a los hijos. Y, si toca recibir ayuda, tampoco hay vergüenza: la caridad también se vive desde la necesidad.

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