Me preocupa bastante la idea de que nos hemos acostumbrado a confundir lo nuevo con lo necesario. A veces, incluso, con lo bueno.
Me asusta que, muchas veces, en materia de educación, esa confusión se haya vuelto casi un dogma. Y no hablo solo de tecnología, sino también de métodos de estudio, modas pedagógicas y formas nuevas de explicar lengua o matemáticas.
No me malinterpreten como anclada en el pasado, pero, ante tantas novedades,
tengo la sensación de que a veces la escuela se vuelve un simple servicio y el alumno, un mero usuario.
Justo en este punto, las escuelas católicas tienen una responsabilidad particular. Porque su misión —si de verdad quiere ser católica — no consiste en producir jóvenes perfectamente adaptados a las últimas modas tecnológicas o formativas, sino en formar personas completas: inteligencia despierta, voluntad entrenada, conciencia afilada y un corazón capaz de amar. Dicho sin rodeos: educar bien es ensanchar el alma.
Hoy, la Inteligencia Artificial, con toda su potencia, plantea una pregunta incómoda: ¿a quién estamos formando, al alumno… o al algoritmo? La IA nos ha llegado a todos no solo como herramienta, sino como una gran tentación: la del atajo.
El esfuerzo en la escuela no es un vestigio de épocas sombrías; es, todavía hoy, una forma de amor propio bien entendido.
El niño que aprende a sostener la atención, a terminar una tarea, a revisar un texto, a memorizar una tabla, a corregir un error sin derrumbarse… está aprendiendo algo más valioso que el contenido: está aprendiendo a gobernarse.
Desde hace un par de años me ronda la sensación de que ya no sabemos qué “fiesta montar” o qué nueva actividad presentar en el aula para que se nos diferencie del colegio vecino. Y ahora que comienza la época de elegir colegio, hay varias palabras clave en la educación que no aparecen en muchas de las charlas promocionales.
La primera: la atención. Esa capacidad humilde y heroica de permanecer. De no huir a los quince segundos. De escuchar al profesor sin que el cerebro pida «scrollear» La atención es, en el fondo, una virtud. Y una escuela que la descuida está educando en la incapacidad de amar lo real.
La segunda: la memoria. ¿Para qué memorizar, si todo está en internet? Seamos conscientes de una cosa: una persona sin memoria es más vulnerable. Porque no piensa desde dentro, sino que todo lo consulta, compara, no integra. La memoria contribuye a que lo aprendido se vuelva propio y eche raíces.
La tercera: la voluntad. Si el alumno aprende que cada dificultad tiene un botón de “resolver”, ¿qué hará cuando la vida no tenga botón? ¿Qué hará para vivir sin tutorial? Sin voluntad tendremos una generación de ánimo débil: brillante en currículum y competencias, pero cansada por dentro. Todos hemos experimentado que la comodidad, cuando es excesiva, nos adormece.
Por eso me interesa tanto insistir en una verdad casi escandalosamente simple: el corazón del hombre es y será el mismo.
Cambian los libros, las modas pedagógicas, cambian los dispositivos, pero no cambian las preguntas de fondo.
No cambia la necesidad de ser mirado y reconocido con cariño. No cambia el hambre de verdad, el deseo de belleza, la inclinación al bien (y también la tendencia a la pereza, que no es nueva: solo ha encontrado mejores proveedores).
Si esto es cierto —y creo que lo es—, entonces hay cosas que siempre funcionan. Cosas de apariencia sencilla, incluso “poco innovadoras”, pero que atraviesan épocas y permanecen inmutables.
- Funciona la disciplina desde el cariño: límites claros y coherentes.
- Funciona pedir altas expectativas para elevar a la persona. Porque el alumno suele responder a la confianza que ha puesto en él un adulto: ocurre el milagro cotidiano del “puedo”.
- Funciona la necesidad de silencio como condición para pensar y para rezar.
- Funciona la lectura lenta sobre papel y la lectura en voz alta.
- Funciona escribir a mano, el cuaderno limpio y ordenado, desarrollar un argumento sin copiar y pegar, resolver un problema borrando las veces que hagan falta.
- Funciona el estudio serio, la repetición inteligente, el hábito.
- Funciona corregir con paciencia y elogiar con precisión.
- Funciona la presencia: un profesor como modelo que mira a los ojos, que conoce bien a su alumno, que detecta su tristeza o su orgullo escondido.
Todo esto, por mucho que avance el mundo, no tiene sustituto.
Entonces, ¿qué hacemos con los tiempos que nos han tocado vivir? Discernimiento, no histeria.
La tecnología y otras nuevas modas pueden tener su sitio, pero un sitio secundario. La pregunta clave no es ¿cuánta tecnología o novedad cabe en el aula?, sino ¿cuánta humanidad nos queda, según el espacio que le hemos concedido a la tecnología?
Propongo tres criterios sencillos:
- Lo que forma el carácter no se delega. Nunca dejemos sustituir la autoría.
- Debe haber espacios sin pantalla, como hay espacios sin ruido: lectura, conversación, oración, trabajo manual, escritura.
- La verdad no se negocia. Hoy cualquier máquina puede darte un texto convincente, pero falso. El alumno necesita aprender a verificar, a argumentar, a distinguir lo verosímil de lo verdadero. Y ahí la educación católica tiene una palabra preciosa: conciencia.
Si las escuelas católicas se limitan a competir en modas, perderán su esencia y, de paso, la competición (porque siempre habrá alguien con más presupuesto).
Si, en cambio, custodian lo esencial —la formación integral, la virtud, la interioridad, la verdad—, entonces podrán usar nuevas vías en su justa medida, sin ser devoradas por ellas.
Porque, al final, la pregunta es: ¿quién manda? Si manda lo fácil, educaremos para la facilidad. Si manda una visión humana y cristiana de la persona, educaremos para la libertad.
La escuela no es un mero dispensador de programa académico.
Si se toma en serio, la escuela debe formar hombres y mujeres de verdad: ahí se templa el carácter, se entrena y amuebla la cabeza y se educa la libertad.
Lo demás, por muy moderno que se vista y por mucha fanfarria que se pongan, son adornos que acaban llevando al mismo sitio: a ninguna parte.





