En la frenética arquitectura de la modernidad, parece que hemos erigido un altar a la velocidad.
Vivimos bajo el dictado de la eficiencia, convencidos de que cualquier lapso entre un deseo y su satisfacción es un fallo del sistema.
En muchos aspectos, lo «mejor» es, indiscutiblemente, lo «más rápido».
Sin embargo, esta lógica del acelerador lleva trampa. Al intentar eliminar el «tiempo muerto», estamos empezando a destrozar el tiempo vivo. Existe una distinción muy importante que a menudo ignoramos.Me refiero a la diferencia entre lo que tiene un valor instrumental y lo que posee un valor intrínseco.
El mapa contra el paisaje
Un tren AVE a otra ciudad es un medio para un fin; es puramente instrumental. Pero apreciar la inmensidad del paisaje desde la ventanilla son fines en sí mismos. Sin embargo, la estructura de nuestra vida contemporánea —desde los mercados financieros hasta las citas por aplicaciones— nos empuja a una velocidad que nos aliena.
Para Silicon Valley, la comida es a menudo una ineficiencia biológica que debe resolverse con batidos sustitutivos consumidos frente a una pantalla. Pero comer, en su sentido más profundo, es un vínculo con la tierra, con el ciclo de la vida y con el comensal que se sienta a nuestra mesa. Busca centrar la existencia en el aquí y el ahora.
La naturaleza no puede ser optimizada
Esta necesidad de «parar» es una exigencia de nuestra propia biología y psique. Por ejemplo, bajo la luz del sol o frente a la inmensidad del mar, nuestra postura cambia, nuestra respiración se calma y nuestra relación psicofísica con el mundo se transforma.
Cuando intentamos acelerar estas experiencias destruimos la posibilidad de que la realidad nos hable. El conocimiento y la existencia no es una descarga de datos es un proceso de maduración que requiere, precisamente, de la fricción del tiempo.
El peligro actual es que hemos empezado a vernos a nosotros mismos como máquinas necesitadas de un manual de instrucciones técnico.
Hoy se intenta reducir nuestra angustia o nuestra alegría a simples desequilibrios químicos o impulsos evolutivos. Si nos sentimos alienados, la respuesta suele ser una pastilla o un ajuste en nuestra «arquitectura de decisiones». Esta visión trata a las personas como recursos transferibles y optimizables.
La necesidad de narrar
Debemos resistirnos a estas narrativas reduccionistas. La vida no es un problema que deba ser resuelto, sino una biografía que debe ser narrada.
Parar no es simplemente «no hacer nada». Parar es entender que una vida lograda no se mide por la cantidad de experiencias que hemos «consumido» a gran velocidad, sino por el grado en que hemos estado presentes y entregados en ellas.
Con la muerte, todos tendremos que repasar nuestra propia autobiografía. Y en ese relato, los momentos que realmente brillarán no serán aquellos en los que fuimos más rápidos, más bien serán aquellos en los que el tiempo, por fin, se detuvo y decidimos por fin «ser».




1 comentario. Dejar nuevo
Bello articulo. Necesitamos tiempo para contemplar la obra de Dios