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El testamento de Gabriel García Márquez

La curiosidad se impone siempre al abrir un testamento. Por eso nuestra curiosidad va a ser satisfecha con estas líneas. En fechas muy próximas a su muerte, García Márquez dejó unos trozos de escritos, que pueden ser los más importantes de su vida. Frases buenas y bien pensadas – con la serenidad que debe dar ver el acercamiento certero de la muerte -pero fuera de la literatura.

Le califico de testamento al ser el último legado que nos deja. Es la carta de despedida a sus amigos y seguidores. En el umbral de su muerte, nos deja esos pensamientos profundos.
Quizás nos duela que hayan sido en el final de sus días. Pero él lo ha hecho así y con eso nos quedamos, con su bonita lección, reflexión y sus buenos consejos.
El de pedir al Señor la fuerza y la sabiduría de saber expresarlo. Es difícil copiar todas sus frases, pero gracias a las redes sociales están siendo difundidas. Entre otras sobresalen las que recojo en este escrito:
“Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, aprovecharía ese tiempo lo mas que pudiera.
Posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que pienso. Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan. A los viejos les enseñaría que la muerte no llega con la vejez, llega con el olvido. Tantas cosas he aprendido de los hombres. He aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña, sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada. Me apartaría de los necios, de los habladores, de las gentes de malas costumbres. Seria siempre honesto y mantendría llenas de amor y de atenciones a las personas de mí alrededor, siempre trataría de dar lo mejor… Les diría a los que amo: "lo siento", "perdóname", "por favor","gracias”. Nadie te recordará por tus nobles pensamientos secretos. Pide al Señor la fuerza y la sabiduría para expresarlos. Finalmente, demuéstrales a tus seres queridos, a tus amigos cuanto te importan”.
Fue hombre profundo en su interior y se lo reservó para el momento del umbral de sus últimos días.
Reflexión que debían hacer los grandes filósofos, escritores y columnistas. Ya los grandes pensadores que profundizan en estas materias lamentan a quienes quieren distanciar Fe y Ciencia. Benedicto XVI lo advirtió: “Error grande, el divorció entre Fe y Cultura es un gran fracaso”. Tenemos grandes escritores y pensadores, que son ejemplo para muchos. San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús y tantos laicos y santos, modelos y referencias de tantas bibliotecas donde acogerse y meditar la espiritualidad en su lectura. Por eso resulta doloroso mezclar cultura con ignorancia.
La ignorancia es muy atrevida, es un refrán popular que hace referencia a muchas situaciones. Pero el ignorante es otra cosa. La ignorancia por no saber es aceptable, la ignorancia del osado es lamentable porque la ignorancia en una persona culta también tiene sus matices. Se puede ser intelectual, sabio, culto, sabedor, con una gran preparación, consejero de personas de un menor nivel cultural y no arrastrar…No todo sirve. Ya nos lo dice García Márquez: Ser respetuoso, humano y comprensivo hacia opiniones contrarias a mi modo de entender.
Él nació en una familia de doce hermanos, sus padres le guiaron a que estudiara la carrera de Derecho y allí en Bogotá en la Universidad Nacional empezó sus estudios, no llego a graduarse por el cierre de ella. Las leyes no fueron su pasión pero llegó a consolidarla con la de escritor.
Tampoco llegó a sentir pasión por esta ciudad, la recordaba como una ciudad gris, fría y oscura, donde todos sus habitantes vestían ropa de abrigo y negra – caso curioso que recojo de su biografía: era un hombre muy friolero, situación que me hace recordar a alguien muy querido por mí.
Fue un hombre hogareño y dócil, lo demuestra los años que permaneció en su casa sin ninguna actividad, gracias a los consejos de su mujer para que pudiera con sosiego escribir la novela Cien años de Soledad que le valió el Premio Nobel en el año 1982. Es común decir que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer, y ésta fue su gran suerte. Solícita, sacrificada, amante. Mujer que con su actitud ayudó a forjar la personalidad del hombre que hoy estamos recordando.
Fue un hombre amado por su mujer, ella se preocupó en sus años de silencio de acompañarle y así cada día ponía la nota tierna y cariñosa al colocar un ramo de rosas amarillas, en su mesa de trabajo.
Otra frase recogida de su testamento: “Nunca dejes de sonreír, ni siquiera cuando estés triste, porque nunca sabes quién se puede enamorar de tu sonrisa”.
En tantas horas de trabajo, su literatura fue fructífera, dejó poso en el campo cultural. En su sabiduría y en su constancia, jamás sembró una actitud crítica, en situaciones que el quizás no compartía. Muy al contrarió del que siembra confusión porque en su actitud solo queda ese mal sabor de boca que le deja a sus seguidores.
Cualquier escritor que trabaja y profundiza en su saber, llega a sentir la necesidad de lo sublime, de lo profundo, de ahondar en las verdades de la fe, de unir Fe y Cultura, porque esa inclinación tiene que salir a flor de piel. Así agradeceremos siempre a este gran escritor no solo sus relatos, novelas y ese caudal de sabiduría que irradiaba, sino el contenido de este testamento que nos ha légalo para bien de una sociedad sedienta de valores, a la espera de poder cambiarla con el testimonio de personas que sigan la ráfaga luminosa que llegue a buen término.
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