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El valor de la intimidad

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Si por intimidad entendemos una característica del hombre que le hace respetar su propio ser como persona sintiéndose a la vez propietario de sus propias acciones, no parece que ahora, en muchas ocasiones, se pueda considerar un valor en alza.

Lo que actualmente salta a la vista no es precisamente una apreciación de la intimidad, sino más bien un afán desmedido de llamar la atención hasta el punto de caer en el exhibicionismo llegando hasta limites procaces y estropeando así al ser humano que se convierte en cosa. Esta cosificación daña las relaciones humanas, porque los que se sienten atraídos por el exhibicionismo se cosifican también.

Tanto en programas televisivos como en las revistas del corazón se presentan abundantes casos de personajes estúpidamente brillantes, unos ficticios (telenovelas) y otros reales que quieren que se les aprecien a toda costa aunque ese deseo pueda resultar irracional. Se exponen situaciones íntimas aderezadas con mucho “morbo”, se magnifica algún rasgo humano aislado que se considera atractivo, la vanidad hace su aparición y ya el “personaje” –como el motivo por el cual quiere que se le aprecie es superficial- está dispuesto a que no le tomen en serio o a que se burlen de él. Una vez llegado a este punto sea cae en la desvergüenza que es una pérdida de la intimidad.

El valor de la intimidad se caracteriza por el respeto a su interioridad y la vergüenza que produce el miedo a que otros lleguen a saber algo que debería permanecer oculto. Hay que tener en cuenta que la persona no tiene una existencia meramente pública y cuando esto se olvida la intimidad se lesiona y se fomenta la despersonalización y la masificación.

Desde otra perspectiva, cuando se habla de pudor, se suele entender generalmente pudor sexual, que es quizá su sentido más característico o el más atacado.

Su origen está reflejado en la Sagrada Escritura que narra que cuando Dios creó al ser humano “estaban desnudos, el varón y su mujer sin avergonzarse de ello” (Gen. 2,25) Esa falta de vergüenza no era una desvergüenza. Simplemente no la necesitaban por el estado inocente de su conciencia.

¿Qué pasa después de perder la inocencia original? Que en el cuerpo y en el sexo se ve no a la persona misma sino también un objeto de placer que puede ser usado sin ser amado. A este respecto hay que saber distinguir el amor como sentimiento que de suyo es pasajero y temporal y por tanto no legitima la unión corporal con el verdadero amor que lleva a un comportamiento estable.

Teniendo en cuenta que el pudor es la salvaguarda de la intimidad, la educación del mismo tendría que partir del hecho de ser personas valorando la psicología del sexo contrario para saber respetar lo que el otro puede deformar.

No es necesario decir que se puede y se debe atraer, pero evitando despertar los “instintos” de los demás que les dificulte reaccionar como personas ante las personas.

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