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Un psiquiatra advierte del riesgo de normalizar el suicidio asistido 

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A medida que la legalización del suicidio asistido se expande en distintas partes del mundo, crece también el debate dentro de la medicina, especialmente en el campo de la psiquiatría.

Gracias a Dios para muchos especialistas, permitir que médicos participen en la muerte de un paciente supone una transformación radical de la ética médica.

El psiquiatra estadounidense Mark S. Komrad, profesor vinculado a instituciones como Johns Hopkins, la Universidad de Maryland y Tulane, sostiene que el suicidio asistido “no puede ser una opción para los psiquiatras”, cuya misión histórica ha sido precisamente la contraria: prevenir el suicidio.

Actualmente, al menos doce estados de Estados Unidos han legalizado el suicidio asistido, y la práctica también está permitida en diversos países, entre ellos Austria, Bélgica, Canadá, Alemania, Luxemburgo, partes de Australia, Países Bajos, Portugal, España y Suiza.

En algunos de estos lugares, la legislación se ha ido ampliando progresivamente más allá de los pacientes con enfermedades terminales, llegando a incluir casos de sufrimiento psicológico o trastornos mentales.

Esta tendencia representa un cambio profundo en el papel del médico y en particular del psiquiatra. “Nuestra tarea es ayudar a las personas a encontrar esperanza cuando sienten que no la hay”, explica el doctor Komrad.

La psiquiatría se dedica a tratar la desesperación, la desmoralización y los pensamientos suicidas, no a facilitarlos”.

El riesgo de dividir el suicidio en dos categorías

La legalización del suicidio asistido introduce una división problemática: por un lado, los suicidios que los médicos deben prevenir y, por otro, aquellos que se consideran aceptables e incluso facilitados por profesionales sanitarios.

“La psiquiatría se enfrenta diariamente a pacientes con pensamientos suicidas”, afirma Komrad. “Es uno de los síntomas más graves que tratamos, y aparece en muchas enfermedades mentales. Nuestro trabajo consiste en ayudar a la persona a superar ese momento y encontrar un camino hacia el futuro”.

En la práctica clínica, los psiquiatras utilizan una amplia variedad de herramientas: medicación, psicoterapia, intervenciones sociales y, cada vez más, técnicas de neuromodulación como la estimulación magnética o eléctrica del cerebro.

El objetivo siempre ha sido reducir el riesgo de suicidio y mejorar la capacidad de la persona para vivir con su enfermedad.

Por ello, el experto considera que introducir el suicidio asistido como opción médica crea un conflicto ético difícil de resolver. “No existe una forma clara de distinguir qué suicidios deben prevenirse y cuáles deberían facilitarse”, advierte.

El papel del “tabú” en la prevención

Uno de los elementos más discutidos en este debate es el papel social del suicidio. Komrad señala que, históricamente, las sociedades han mantenido un fuerte tabú en torno a quitarse la vida, lo que ha funcionado como una barrera cultural que desincentiva esta conducta.

“El tabú no es lo mismo que el estigma”, explica. “No se trata de avergonzar o ridiculizar a las personas, sino de afirmar que el suicidio no es una opción deseable”.

Según el psiquiatra, cuando el suicidio se convierte en una práctica médica legal, ese tabú se debilita.

Estudios recientes sugieren que en ciertos lugares donde se ha legalizado la eutanasia o el suicidio asistido también han aumentado los suicidios no médicos, un fenómeno conocido como “contagio suicida”.

La dificultad de hablar de “casos irremediables”

Otro punto clave del debate es el concepto de “futilidad médica”, un término utilizado en algunas legislaciones para justificar la eutanasia o el suicidio asistido cuando una enfermedad se considera incurable o sin esperanza de mejora.

Este concepto es especialmente problemático en psiquiatría. A diferencia de muchas enfermedades físicas, donde el curso de la enfermedad puede predecirse con cierta precisión, los trastornos mentales son mucho más imprevisibles.

Diversos estudios han señalado que los médicos no pueden predecir con exactitud las probabilidades de recuperación a largo plazo en un paciente psiquiátrico concreto. En muchos casos, tratamientos intensivos o nuevas terapias logran mejorar situaciones que inicialmente parecían sin solución.

“En psiquiatría no existe algo como un paciente ‘terminal’”, explica Komrad. “No podemos decir que una persona con depresión, trastorno bipolar o anorexia vaya a morir inevitablemente en un plazo determinado”.

Sin embargo, algunos casos recientes han intentado aplicar ese concepto a enfermedades mentales. El psiquiatra cita como ejemplo un artículo publicado en Estados Unidos que describía tres casos de anorexia nerviosa como “terminales” para justificar la prescripción de medicamentos letales en el marco del suicidio asistido.

Esta interpretación es extremadamente controvertida y no refleja la práctica habitual en el tratamiento de trastornos alimentarios.

El riesgo de discriminación hacia las personas vulnerables

El experto también advierte sobre otro peligro: la posible discriminación contra personas con discapacidad o enfermedades crónicas.

Estudios han demostrado que algunos médicos, de forma consciente o inconsciente, pueden considerar que la vida de una persona con discapacidad tiene menor calidad o valor.

Este prejuicio, conocido como capacitismo, puede influir en decisiones médicas y en la percepción de que ciertas vidas son “menos dignas de ser vividas”.

“Cuando el suicidio asistido se presenta como una solución al sufrimiento, existe el riesgo de que las personas vulnerables se sientan una carga para sus familias o para la sociedad”, señala Komrad.

Un debate cultural y ético

Para el psiquiatra, el crecimiento del suicidio asistido responde también a cambios culturales más amplios. Mientras que las sociedades tradicionales estaban influenciadas por la idea de la santidad de la vida, las sociedades contemporáneas suelen priorizar valores como la autonomía individual y el derecho a decidir.

Este cambio ha llevado a que cada vez más personas defiendan el derecho a elegir el momento de su muerte.

La respuesta al sufrimiento no debe ser acelerar la muerte, sino mejorar los cuidados paliativos y el acompañamiento médico.

La importancia de la participación pública

Muchas asociaciones médicas importantes —como la Asociación Médica Americana y la Asociación Médica Mundial— mantienen reservas éticas frente a estas prácticas.

El debate no debe quedar únicamente en manos de médicos y legisladores. Los ciudadanos también deben participar. Pues las leyes se aprueban porque las personas cuentan sus historias. Pero también es importante que se escuchen las historias de diagnósticos erróneos, tratamientos que no se ofrecieron o pacientes que se recuperaron cuando parecía imposible.

La misión fundamental de la medicina sigue siendo clara: cuidar y acompañar al paciente, no provocar su muerte. En el ámbito de la psiquiatría, concluye, esta responsabilidad es aún más evidente.

El trabajo del psiquiatra es ayudar a las personas a recuperar la esperanza. Convertir el suicidio en una opción médica sería renunciar a ese propósito.

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