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  • Juan Messerschmidt
    11 junio, 2021 21:35

    Es esta una reflexión interesantísima, que sólo se puede comentar con la seriedad que requiere en un tiempo y un espacio muchísimo mayores que los disponibles para una respuesta como la presente. Sólo querría apuntar dos temas que me parecen fundamentales y que, creo, pueden servir de fundamento para concretar ciertos aspectos de la propuesta del Sr. Miró.
    En primer lugar, el mayor obstáculo para lograr una presencia del cristianismo en la vida social y, en consecuencia, en la existencia de los individuos, es la propia fragmentación de la Iglesia. Si observamos el “mapa” el catolicismo actual, echaremos de menos la unidad: por todas partes fronteras, división, reinos de taifas, muchas veces en contradicción unos con otros, frecuentemente enemistados. En vez de un gran “estado”, de un gran “imperio” de la fe, una fragmentación doctrinal que convierte a cada corriente en un compartimento estanco, casi en una secta. Igual que ocurre con la proliferación de naciones minúsculas, el resultado es la debilidad, la discordia, la impotencia. Este fenómeno se extiende desde las llamadas “comunidades de base” hasta la más alta cúspide de la jerarquía. No se trata de uniformar violentamente la diversidad de carismas, sino de lograr su unidad, su disciplina, su armonía. Muchos creen, erróneamente, que esa unidad sería “antidemocrática”. En realidad, la democracia no es más que una forma pragmática de ordenar la sociedad en su vertiente política, es un sistema político: allí empieza y acaba su ámbito. La religión no es ni deja de ser democrática. Pretender que lo sea está tan fuera de lugar, es tan absurdo como reclamar una química o una música democráticas. Esta división interna, este sectarismo ha alejado a muchísimos católicos de la práctica litúrgica, de las parroquias, de la Iglesia. Sin lograr primero una fuerte cohesión interna, es imposible tener una presencia social.
    En segundo lugar, es muy necesario ir a las raíces del actual materialismo (no es el primero ni será el último) y desenmascarar sus orígenes. Extrañamente, existe un consenso social acerca de los llamados “valores de la Ilustración”. Todos, izquierda y derecha, liberales y conservadores, socialistas y comunistas, etc. reclaman esos principios como propios y les otorgan un valor absoluto, pseudorreligioso. En primer lugar, hemos de hacer una profunda crítica de ellos, pues son el cimiento ideológico sobre el que se ha construído la torre de babel en que sobrevivimos. No se trata de no reconocer lo que en ellos, como en toda ideología, pueda haber de bueno (en este mundo la perfección tampoco existe en el mal), pero sí lo erróneo y perjudicial, a largo plazo, de muchos de sus asertos. Por otra parte, señalar que se trata, en buena medida, de una laicización (y perversión) del cristianismo. La tríada “libertad, igualdad y fraternidad” no es un descubrimiento de la Revolución Francesa, ya en la Antigüedad había sido esbozada por la filosofía estoica y llevada a su perfección como parte, sólo como parte, del muchísimo más amplio y hondo mensaje cristiano.

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  • Magnífica exposición y formidable comentario de J. M.
    En efecto, la falta de unidad en la
    iglesia supone un fuerte obstáculo que merma la confianza sobre todo en quienes suelen estar asaltados por dudas doctrinales o por suspicacias hacia alguien del clero. Por otro lado, la cantidad de “argumentos” que brotan en las personas ateas y agnósticas ante el hecho religioso puede resultar abrumadora. El cristiano, aun así, puede y debe vivir y expresarse en medio del mundo con naturalidad y siempre sin acritud. Los frutos de las semillas que va esparciendo seguramente se recogerán al cabo de varios años, o de décadas pues los ritmos de Dios no son, creo, los a veces impacientes ritmos humanos. El escritor Charles Péguy ya no vivía cuando acontecieron las conversiones de su mujer y sus hijos.
    Ciertamente, urge la tarea de situarse el cristiano con la dignidad precisa en medio del mundo y esta tarea requiere una concordancia de vida y Evangelio y también una preparación cultural religiosa para estar a la altura capaz de responder al aluvión de falacias cotidianas emitidas por personas y por medios de comunicación

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