Cada 2 de febrero, cuando el calendario civil parece haber cerrado hace semanas el capítulo de la Navidad, la Iglesia enciende de nuevo una llama.
La fiesta de la Presentación del Señor —popularmente conocida como la Candelaria— nos devuelve al corazón del misterio de la Encarnación: el Hijo de Dios entra en su Templo, y el pueblo aprende a reconocerlo como “luz para alumbrar a las naciones”.
Desde el siglo IV, la Candelaria ha sido una fiesta importante en la Iglesia Católica, marcando no solo el fin oficial de la temporada navideña, sino también la Presentación de Nuestro Señor en el Templo y la Purificación de la Virgen, según Charles Coulombe, prolífico escritor, historiador… Esta antigüedad no es un dato decorativo: habla de una celebración asentada en la memoria viva de la Iglesia, moldeada por generaciones que aprendieron a leer el Evangelio con los ojos y con las manos… especialmente con las manos que sostienen una vela encendida.
Presentar, ofrecer, reconocer
La liturgia nos sitúa cuarenta días después del nacimiento de Jesús.
José y María cumplen lo prescrito por la Ley: presentar al primogénito al Señor y realizar el rito de purificación.
Pero el relato no se queda en un cumplimiento externo. En el Templo aparecen dos ancianos, Simeón y Ana, figuras de espera fiel. Simeón toma al Niño en brazos, bendice a Dios y declara que ha visto la salvación.
Hay algo profundamente actual aquí: el mundo moderno está saturado de luces artificiales, pero sufre una especie de oscuridad interior; en la Candelaria, la Iglesia proclama que la verdadera luz se recibe.
No es casual que la fiesta esté marcada por la bendición de las velas y, en muchos lugares, por una procesión. La vela es humilde: se consume para dar luz. Y eso la convierte en símbolo perfecto de Cristo —que se entrega— y también del cristiano —llamado a iluminar gastándose en amor—.
Velas benditas
Originalmente, el Día de la Candelaria era conocido por sus hermosas misas y la elaborada bendición de velas. Es una escena que conmueve porque muestra algo esencial: la liturgia no compite con la vida; la sostiene.
La vela bendita, guardada en casa, encendida ante una enfermedad o una tormenta, no es “magia”: es una oración hecha signo, una forma de decir “Señor, confío en Ti” cuando las palabras se agotan.
En México, esta la fiesta adquirió con el tiempo un rostro entrañable. Se guarda la tradición de llevar una estatua del Niño Jesús a la iglesia para que la bendigan, vestirla con diferentes prendas llamadas ropones y más tarde preparar un banquete de tamales en casa con familiares y amigos se remonta a principios del siglo XX.
Nadie sabe con certeza cómo comenzó la práctica de llevar al Niño Jesús a la Candelaria en el centro de México, aunque hay informes periodísticos de los años 20 que señalan que sacerdotes y monjas pidieron a los fieles que llevaran sus estatuas a la iglesia para ser bendecidas.
A primera vista, alguien podría pensar que se trata solo de folclore. Pero cuando se mira con ojos de fe, aparece otra lectura.
El Verbo se hizo pequeño, tocable, “arrullable”. Y esa ternura no es un añadido sentimental; es una puerta hacia el Misterio.
Si Dios se hizo carne para que pudiéramos conocerlo y amarlo de las maneras más propias de nuestra naturaleza humana, estas tradiciones —tan corporales, tan familiares— nos ayudan a incorporar a Jesús en la vida cotidiana, tratándolo como uno de nosotros y ofreciéndole hospitalidad.
¿Por qué vuelve la Candelaria?
La celebración se ha mantenido firme en muchas regiones del mundo y en zonas “no convencionales” de Estados Unidos, especialmente en algunas parroquias polacas, en el sur de Luisiana y en iglesias latinas de habla hispana. Pero por falta de promoción en las últimas décadas, llegó a convertirse en una especie de “fiesta sorpresa” en iglesias angloparlantes, salvo cuando cae en domingo. Sin embargo, “eso fue entonces”: con su rica plétora de devociones y su simbolismo luminoso, la Candelaria está regresando.
Hay, además, una razón psicológica y cultural: el deseo de una Navidad más larga, menos reducida al consumo acelerado. La Candelaria, al cerrar litúrgicamente el ciclo navideño, nos da permiso para resistir el “presente ingrato”. Tradicionalmente, incluso, la víspera de la Candelaria era el momento de retirar las últimas decoraciones navideñas: para pasar página con sentido, como quien apaga una vela después de haber rezado.
Una invitación concreta para hoy
Celebrar la Candelaria no exige grandes recursos, pero sí un corazón disponible. Participar en la Misa; llevar una vela para bendecir; encenderla en casa en momentos de oración; contemplar a Cristo como luz y preguntarse: ¿qué oscuridad necesito entregarle?
En lugares donde existe la tradición del Niño Dios, vestirlo, arrullarlo y reunir a la familia puede ser una catequesis doméstica extraordinaria: un Evangelio vivido en el comedor, en la sala, en la mesa compartida.
Porque al final, la Candelaria no trata solo de cera y mechas. Trata de un Niño que entra al Templo y revela quién es. Y trata de un pueblo que aprende, siglo tras siglo, a reconocerlo y a sostener su luz, incluso cuando afuera parece que todo se apaga.





