La montaña y la vida, dos formas de entender nuestro camino hacia la santidad

No quiero excluir a toda persona que profesa una creencia distinta a la mía, es más, ojalá pudieran concebir así la vida, pero yo, en mi sano juicio, quiero establecer un símil entre la subida a la cima de una montaña y la vida del católico. Cuando uno decide subir una montaña, sea la que sea, nosotros y nuestros allegados solemos pensar en la dimensión deportiva a la que este ejercicio pertenece: “no te canses mucho”, “si ves que no puedes, no fuerces”, “eres un auténtico deportista por llegar a la cima”, “calienta bien antes de subir”… Entendemos todo en una clave física; pero el hecho de calzarte las botas y llegar a la cumbre tiene una trascendencia que va más allá de lo humano, aunque está íntimamente ligado, y alcanza una dimensión espiritual.

En qué consiste la subida a la montaña es algo, a priori, simple: empiezo desde un punto de partida que, a través de un camino que elijo en el que me encontraré ante diferentes vicisitudes, culminaré con una llegada a la cima. La vicisitud, como su propio significado indica, está comprendida por una serie de circunstancias tanto adversas como favorables: el cansancio, las inclemencias, el hambre, etc.; o la presencia de compañeros en la subida, una fuente a mitad de camino que sacia mi sed, el descanso… La similitud con la vida es total pues tengo un punto de partida (nacimiento) que, a través de un camino que yo elijo libremente y en el que concurren diversas contrariedades y circunstancias favorables, culmina en una meta. La meta en ambas circunstancias está clara: la coronación de la cumbre en la montaña y la coronación de la vida con la santidad. Ahora bien, dentro de estas ecuaciones nos falta introducir un factor que nos permita afirmar semejante relación de equivalencia: Dios. Dios entra en juego en los tres momentos en los que entendemos la vida como una subida a la montaña, definidos como el punto de partida, el camino y la llegada a la meta.

El punto de partida en nuestra vida es el nacimiento. Estamos aquí gracias a que somos parte del plan de Dios, es Él quien nos ha regalado la vida; no hemos sido una mera casuística producida por la unión de partículas en la existencia del mundo. No somos fruto de la suerte y el azar sino del vivo deseo de Cristo. Al igual que Dios nos regala la vida, todos los días nos regala una nueva posibilidad para colmarla mediante el nuevo amanecer y la contemplación y utilización de su acción, su creación. Por ello podemos decir que el punto de partida en la montaña hacia la cima es sustancialmente idéntico a la vida del cristiano: es Dios quien nos regala este día para subir a la montaña y toda la belleza que esta contiene como el agua que mana del río, el piar de los pájaros, la frondosidad del bosque o la majestuosidad de los águilas que sobrevuelan la montaña.

Más sencilla de entender es la concordancia existente entre el camino de la vida y el camino hacia la cima. En sendos caminos, como afirmaba antes, encontramos un conjunto de circunstancias adversas y favorables. Tanto en la vida como en la montaña, la adversidad más común e irresistible radica en la acción del propio Diablo a la que llamamos mediocridad. ¡Qué fácil es tirar la toalla en la montaña o en la vida! Si estoy cansado, dejo de subir. Si me duele la pierna, dejo de subir. Si llueve, dejo de subir. Si suspendo un examen, no sirvo para esto y dejo de estudiar. Si no gano cierta competición aun habiendo entrenado, dejo de entrenar y competir pues sé que siempre hay alguien mejor que yo. Esta es la filosofía de vida que el Diablo quiere imponer: si no lo consigues a la primera, déjalo. Se débil. La mejor tentación es el abandono en la consecución de las metas más gratificantes. Frente a esto Dios nos provee de nuestra mayor fuerza ante la mediocridad: la esperanza. Tras todas estas dificultades se encuentra nuestra meta. Nadie dijo que fuera fácil. Si frente al primer dolor en la pierna decido retroceder, nunca llegaré a contemplar la belleza de la cima. Si ante el primer suspenso que me dan decido dejar de estudiar, no llegaré a ser el gran profesional al que aspiro ser. Subiendo la montaña veo a lo lejos la cima e intuyo el largo camino que me espera pero no abandono: sé que la recompensa al llegar allí arriba es infinitamente más grande y gozosa que la de quedarse a mitad de camino. De nada sirve subir sin la fe en que no hay nada más gratificante que llegar a la verdadera belleza y su contemplación. Para ello Dios nos dota de unos medios que podemos definir en tres: su entrega por nosotros, su gracia y nuestros seres queridos. Sin la entrega de Cristo por nosotros, sin la existencia de una cima o meta a la que llegar, nada tendría sentido pues vana sería nuestra fe (1 Corintios 15: 14). Junto a esta entrega de Cristo, victoria sobre el pecado y el Demonio, y consecuentemente símbolo de esperanza de nuestra victoria sobre la mediocridad, encontramos la gracia de Dios. Esta es el regalo gratuito que Dios nos da para alcanzar nuestra meta, nuestra cima, la vida eterna. Este regalo de Dios exige nuestra respuesta: Dios nos da fuerza y confianza para no tirar la toalla y seguir andando, pero de nosotros depende no pararnos y decidir dar la vuelta. Dios quiere que lleguemos a vivir una vida en plenitud, pero en última instancia, tanto en nuestra vida como en la montaña, esto depende de nosotros. El tercer medio que Dios nos da son las personas que nos rodean en nuestra vida y que nos ayudan a cargar con nuestra mochila porque es pesada, empujan de nosotros cuando creemos que no podemos más o nos indican el camino correcto en caso de que podamos equivocarnos y desviarnos de nuestra rectitud hacia la meta. Estas personas siempre están ahí y se personifican en nuestros familiares, amigos, parejas, etc.

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Por último, una vez visto que el camino de la vida y la montaña también convergen, de manera más notoria, en un mismo punto, Dios, solo nos queda disfrutar de la cima, pues hemos solventado ya todas las dificultades. En ambos caminos la Cruz ha vencido y corona nuestra subida. Hemos llegado hasta arriba y Dios nos premia con su contemplación a través de la desnudez de la creación: vemos la belleza de los ríos y las montañas, estamos lo más cerca posible de Él, del Cielo. Nos damos cuenta de que el esfuerzo ha merecido la pena. Pasa lo mismo en la vida, pues nuestra meta tras haber sido superado el camino, con todas sus dificultades, ha sido alcanzada y Dios nos premia con la santidad, su contemplación en plenitud: las ovejas serán puestas a su derecha y tomarán posesión del reino preparado para ellos desde la creación del mundo (Mt 25, 31-35).

La montaña, al igual que la vida, es, como hemos visto, un lugar de encuentro con Cristo en el que el hombre forja su alma para algún día, si Dios quiere, conocer la cumbre más grande y preciosa tras haber superado, con fuerza y esperanza, su camino.

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2 Comentarios. Dejar nuevo

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    Manuel Garde
    1 marzo, 2019 19:10

    Que bien expresado. Que sencillez y cuanta verdad. Muchas gracias

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  • Avatar
    Alfonso Moreno
    1 marzo, 2019 20:06

    Magnífico artículo Carlos. Sin duda todos estamos llamados a la santidad y tenemos el deber como cristianos de poner todo nuestro empeño y capacidades en conseguirla.
    Muchas gracias

    Responder

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