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La pequeñez del ser humano

Nada más ridículo que una persona engreída y soberbia. Nada más verdadero que una persona humilde y sencilla. La soberbia es fruto de una grave distorsión de la mirada sobre sí mismo. Al soberbio le falta la perspectiva necesaria para descubrir su propia insignificancia. Al viajar en avión se comprueba que a medida que se aleja uno de la tierra descubre la exacta y real dimensión del entorno en el que vivía inmerso. Nos sucede a todos que carecemos del sentido de la proporción. Quien eleva sus ojos al cielo en una noche estrellada puede exclamar con el salmista: “Señor Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra. Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, la luna y las estrellas, que has creado. ¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder?

Mirando a simple vista el macrocosmos, todo resulta pequeño, achicado, insignificante, incluyendo la propia persona. Quien a impulsos de su alma tiende a la unión con Dios, el altísimo, el infinito, el eterno, el omnipotente, todo lo terreno, le aparece bajo, mínimo, caduco, limitado e insignificante. Para quien está familiarizado con la revelación divina, en la Sda. Escritura, se nos recuerda, con harta frecuencia, la gran verdad de nuestra condición humana.”Señor, dáme un corazón sensato, que conozca mi fin y cual es la medida de mis años, para que comprenda lo caduco que soy. Me concediste un palmo de vida. Mis días son nada ante ti; el hombre no dura más que un soplo, su vida pasa como una sombra. Se afana y atesora sin saber para quién.”(Salmo38). Buena conclusión para todos, sería el fijar nuestra mirada y reflexión de vez en cuando en el infinito, para recobrar y tener siempre presente la auténtica dimensión de nuestra pequeñez. Ella sin más nos induce a ser necesariamente más humildes y a no mirar a nadie por encima del hombro.
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