El contexto de estas líneas es una charla pronunciada ayer por Rafa Lafuente en el colegio Juan Pablo II de Alcorcón, perteneciente a la fundación Educatio Servanda; una charla promovida por el APA del centro y dirigida a los padres y docentes.
Desde el primer minuto, Rafa puso sobre la mesa una evidencia que, por repetida, no deja de ser incómoda: los padres influimos en nuestros hijos. Influimos aunque a veces nos escudemos en el “no pintamos nada”, influimos aunque el mundo parezca ir demasiado rápido, y influimos incluso cuando no hablamos. Porque nuestro sitio siempre hay alguien dispuesto a ocuparlo.
La pregunta central, entonces, no es si influimos, sino en qué queremos influir. Y ahí aparece el criterio que vertebra toda la charla:
si solo pudiéramos escoger un campo de la educación humana de nuestros hijos, habría que escoger el más difícil y el más importante.
¿Cómo se identifica lo más difícil? Como en el colegio: por lo que más suspensos genera… y por lo que menos gente se atreve a examinarse.
En lo laboral hay dificultad, claro. Rafa Lafuente señalaba un número que, por cotidiano, se ha normalizado: la tasa de divorcios. Su tesis era directa y provocadora.
En la España de hoy, “querer y que te quieran para siempre” es lo que más gente intenta y no logra; y, además, es lo que muchísima gente ni siquiera intenta.
No se presentan al examen. No se casan. O se casan sin creer que sea posible durar. Y, sin embargo, en ese punto —afirmaba— se juega buena parte de la felicidad o de la desgracia.
La paradoja que describía es conocida por cualquiera que mire alrededor: vivimos con comodidades inéditas, ocio a medida, trabajos menos físicos que los de nuestros padres y abuelos, viajes, gimnasios, restaurantes exóticos… y, al mismo tiempo, los medicamentos más dispensados son ansiolíticos y antidepresivos. Algo duele por dentro. “A la gente le duele el corazón”, insistía. Y si fuera de casa “todo va tan escandalosamente bien”, quizá lo decisivo esté ocurriendo —para bien o para mal— dentro de las casas: en la intimidad, en la convivencia, en la capacidad de sostener vínculos reales cuando se apagan los fuegos artificiales.
Ahí entra el papel insustituible de los padres. Porque lo material —recordaba— puede cubrirlo el Estado, el mercado o la inercia social. Pero hay un terreno donde, intuitivamente, no queremos que “entre cualquiera”: el corazón de nuestros hijos, su mirada del amor, del cuerpo, del compromiso. Y, sin embargo, está entrando mucha gente. Pantallas, series, redes, “predicadores” digitales de varias horas.
Rafa Lafuente narró el testimonio de un padre que lloraba diciendo que a su hija “se la habían hecho” ideológicamente otra cosa… y cuando él preguntó “¿quién?”, la respuesta fue inquietante: “las youtubers”.
Nos están robando a nuestros hijos por la ventana más pequeña de nuestra casa”, dijo, señalando la pantalla de su móvil
Ese diagnóstico se concreta en dos ideas prácticas que vertebran su propuesta educativa.
La primera: formación continua y ocasiones singulares. Educación “de lluvia fina” que empapa: en la mesa, en el lenguaje de la casa, en el modo de vestir y de tratarse, en el ejemplo cotidiano. Y, además, momentos extraordinarios preparados con intención: una excursión, una merienda, un paseo, una conversación a solas. Rafa ilustró esto con una escena muy doméstica: preparar una mochila con dulces y subir con su hijo a un molino manchego —un lugar con horizonte amplio y sin prisas— para hablar de algo importante. La lección implícita es preciosa: los temas grandes no se improvisan se agendan, se cuidan y se atesoran.
La segunda idea es más exigente y, en clave cristiana, más luminosa: educar como Dios educa a su pueblo, uniendo criterio y misericordia.
Rafa recurrió al Éxodo: Dios entrega una ley que da identidad y camino, y al mismo tiempo sostiene al pueblo con perdón cuando cae.
Leyes claras y perdón garantizado»
que el hogar sea el lugar donde no se llama bien al mal ni mal al bien, pero donde el hijo sabe que, ocurra lo que ocurra, no pierde el amor. El equilibrio es difícil, sí, pero precisamente por eso es tarea de padres.
Para hacerlo aún más concreto, propuso incluso “entrenar” conversaciones difíciles: ¿qué dirías si tu hija te confiesa un embarazo adolescente? Su respuesta buscaba sostener el amor sin rebajar el criterio y agradecer la confianza (“gracias por contármelo”), asegurar cariño (“te queremos más que antes”), y abrir un camino de acción, sin negar la gravedad de lo sucedido.
Ese es el punto justo, que el hijo aprenda, en la prueba, que la familia no cambia de principios… y tampoco le retira el abrazo.
La charla insistía también en que la educación afectivo-sexual no se reduce a información técnica ni a advertencias morales.
Es, sobre todo, una transmisión de sentido, que el sexo se entienda unido al amor verdadero, a la entrega, a la fidelidad, al hogar.
Por eso Rafa repetía que, antes de hablar de “cómo se tienen hijos”, conviene hablar de “cómo se quieren papá y mamá”
porque así el niño aprende a asociar lo sexual no con lo clandestino o lo cualquiera, sino con lo humano en plenitud, con lo esponsal.
Para ordenar su propuesta, usó una regla mnemotécnica tan castiza como recordable: educar con “VINO”.
-Verdad (no mentir, no inventar fábulas que luego invalidan la confianza)
-Individualizadamente (cada hijo merece su conversación; los padres “solo sabemos contar hasta uno”)
-Naturalidad (nombrar las cosas sin vulgaridad ni eufemismos ridículos)
-Ocasión oportuna (llegar antes: “más vale un año antes que cinco minutos tarde”).
Y junto a esa pedagogía, una intuición clave:
los hijos preguntan a quien les responde. Si los padres responden con verdad y calma, se convierten en interlocutores fiables. Si eluden, banalizan o mienten, ceden el puesto a Google, al grupo de amigos o a una serie.
En el fondo, lo que Rafa Lafuente defendió ayer en Alcorcón fue que no existe ya la opción de “no educar” en estas materias.
Si tú no lo haces, alguien lo hará por ti, con otros contenidos y con otras intenciones.
En España la asignatura más difícil es querer y que te quieran para siempre. Pero precisamente por eso merece el mejor profesorado posible. Y, en el plan providente de Dios, ese profesorado empieza en casa, en la mesa, en la cocina…
Ahí se estudia, de verdad, el “máster” que más importa. Y ahí, si lo hacemos con humildad y valentía, nuestros hijos no solo aprenderán a amar: aprenderán que el amor es posible. Para siempre.










