La noche del 5 de enero posee una magia que aun siendo adulto nadie termina de olvidar.
Tal vez sea la más fascinante del año: en ella, los corazones infantiles laten con una mezcla de ilusión, nerviosismo y una fe sencilla que hace posible lo imposible.
Los niños, acostados a regañadientes, creen percibir en el silencio nocturno pasos de camello en el pasillo, el roce de capas majestuosas contra el suelo o el leve chasquido de la puerta del balcón.
La imaginación infantil, en esta noche, se convierte en territorio sagrado.
El 5 de enero nos regala a todos una noche cargada de esperanza, fe y caridad.
Los santos Reyes Magos, aquellos sabios venidos de Oriente, llegan a nuestras casas como mensajeros del don que ellos mismos contemplaron en Belén: el Niño Dios, rey humilde y verdadero.
¿Existen los Reyes Magos?
La respuesta de la fe cristiana es sencilla: los Reyes Magos existieron, existen y siguen caminando con nosotros. El Evangelio narra cómo fueron guiados por una estrella para adorar al recién nacido.
Los Reyes Magos representan la búsqueda del corazón humano, ese deseo profundo de encontrar la Verdad hecha carne.
Los Reyes nos enseñan a levantar la mirada y seguir la luz que viene de lo alto. Pues no basta saber que Jesús nació si no lo encontramos. Los Magos no se quedaron mirando la estrella, sino que caminaron; no se detuvieron en sus cálculos, sino que entraron en la casa; no se colocaron en el centro, sino que se postraron ante Él.
Esa es también la invitación de la noche de Reyes: preguntarnos con sinceridad dónde tenemos puesta la mirada, si en lo terreno o en lo eterno, si en nuestras luces artificiosas o en la Estrella verdadera que guía hacia Belén.
Una mañana inolvidable
El 6 de enero, los niños se despiertan nerviosos. Todo está preparado para sorprenderles: los zapatos limpios y ordenados, la leche y el turrón para los Reyes, el agua y la paja para los camellos. Es un pequeño ritual doméstico que transmite fe, gratitud y alegría.
Quizá dentro de unos años no recuerden los regalos concretos que recibieron, pero sí la atmósfera extraordinaria de esa mañana única.
Al grito de “¡ya han pasado los Reyes!”, toda la casa se pone en movimiento. El salón aparece lleno de globos y confeti, los vasos están vacíos —los Reyes han repuesto fuerzas— y en la bandeja solo quedan migas de turrón. Un guante blanco olvidado junto al árbol da testimonio de una visita noble y apresurada. Incluso se ven huellas blancas que recorren el suelo desde el balcón hasta el pesebre.
En ese instante, entre risas y gritos de ilusión, la estrella que guiaba a los Magos ilumina simbólicamente nuestro salón.
Allí, junto al Niño Dios, descubrimos que la verdadera magia no está en los juguetes, sino en la fe sencilla que se enciende en los corazones.
Un día de bendiciones
El día de Reyes no es solo un momento de ilusión; es también una oportunidad espiritual. Como los Magos, somos invitados a dejarnos guiar por la luz de Belén, a reconocer en la humildad del Niño el sentido profundo de nuestra vida. En la alegría de nuestros hijos, encontramos claridad para nuestra alma y un recordatorio de que Dios se sigue manifestando en lo pequeño.
Agradezcamos a los Reyes Magos este día de Epifanía en el que tantas bendiciones descienden sobre nuestras familias.
Pidámosles que nos acompañen con su sabiduría y su “santa astucia”, para que ninguna tiniebla nos impida caminar hacia el verdadero Belén: la vida eterna con Dios.
Cada 5 y 6 de enero, en el brillo de los ojos infantiles, se renueva la promesa de una luz que nunca se apaga: la luz de Cristo, que vino al mundo para todos los que siguen, como los Magos, buscando la Estrella










