Dada mi avanzada edad, mis recuerdos son amplios por su largo recorrido, aunque, por la misma causa, se diluyen en la nebulosa que el tiempo va dejando en mi memoria. La neblina no es lo suficientemente espesa como para olvidar a un personaje singular de mi infancia y adolescencia. Nunca supe su nombre, aunque siempre nos saludábamos cuando nos cruzábamos por la calle sin cruzar más que gestos de cabeza o, en ocasiones palabras absolutamente incomprensibles para ambos. Aquella persona, un varón un poco mayor que yo en edad, era el tonto del pueblo. Un tipo que encabezaba todas las procesiones, cabalgatas, grupos de gaiteros o cuanta celebración callejera multitudinaria y festiva se diera en aquella villa gallega de mi infancia, aún en el pasado siglo.
Aquel muchacho fue creciendo en edad y tamaño, pero sus entendederas, a lo que parecía, se estancaron en una edad infantil, cosa que, al menos en apariencia no le impedía disfrutar de un pleno gozo vital. La policía local lo vigilaba de cerca y esperaba que no montara ningún follón, cosa que nunca hizo. Y es que el tonto de mi pueblo era un tipo honesto y cabal, no como alguno de sus antecesores en el cargo.
La policía local llegó a confiarle alguna tarea de nula peligrosidad y escasa utilidad.
Con el tiempo llegó a contar con un chaleco amarillo de esos que la DGT popularizó haciéndolo obligatorio por decreto.
El caso es que aquella norma, quizás sólo una costumbre, de que nuestro querido tonto del pueblo, mostrara, con gran orgullo y satisfacción por su parte, el chaleco amarillo, dignificaba su papel habitual. Esa indumentaria le confería la respetabilidad de la autoridad, convirtiéndose en la quintaesencia de la administración. Se trataba de una verdadera dignidad burocrática que, por una simple superposición textil, establecía una nueva categoría en la sociedad estamental de la villa: el tonto del pueblo oficial, con su identificación y sus tareas concretas a desempeñar.
Mis desplazamientos por el ancho mundo como consecuencia de mi trabajo y de mis años y desvelos, me distanciaron de la villa gallega en la que crecí y tan sólo en los maravillosos veranos de las Rías Bajas veía a lo lejos, y no siempre, a mi amigo, en verdad sólo un “saludado” según la taxonomía de Pla, ese chaval, ya un hombre maduro que aún disfrutaba, dichoso él, de la felicidad de un crio.
La vida me llevó a vivir en una gran ciudad, un villorrio castellano con ínfulas que ha crecido en todo. En lo bueno y en lo malo. La vida urbana, fría e impersonal, tenía como consecuencia, entre otras cosas, que no se podía identificar al tonto del pueblo. ¿Existe un tonto del pueblo, pongamos por ejemplo, en Barcelona? ¿o en Madrid? Asunto peliagudo éste sobre el que volveremos.
Hace unas pocas semanas tuve la oportunidad de visitar un pequeño y espléndido pueblo castellano, en la provincia de Segovia. El buen tiempo y la ociosidad del fin de semana hizo que aquella localidad se llenara de personas foráneas, turistas de fin de semana, visitantes circunstanciales que dejaban las aglomeraciones de la capital para crear una nueva aglomeración ahora en un espacio mucho más pequeño, bien que por tiempo limitado.
La aglomeración hacía necesaria una regulación, no ya del tráfico rodado, sino también el de los bípedos implumes que por allí deambulábamos, incluso algunos con destinos concretos. En el caos humano que se producía en la Plaza Mayor aparecían, como elementos pacificadores, como pedestales del poder, dos hombres enjutos, situados en sendos extremos de la plaza para regular el tráfico humano y servir de ayuda y orientación a los forasteros. Llevaban chaleco amarillo y, novedad de los tiempos que corren, un silbato que hacían sonar de manera discrecional. Eran sin duda los tontos de aquel pueblo. Mi alma se regocijó y mi memoria, como un resorte, me trajo todo lo que más arriba les conté. La dignidad burocrática nuevamente asentada con chaleco amarillo, exactamente como yo la recordaba, hacía varias décadas. La dignidad recobrada por un hombre sencillo y de mentalidad infantil. La utilidad, poca o mucha, que poco importa aquí, explotada para disfrute de propios y extraños, de locales y visitantes.
Así, por ejemplo, pude comprobar cómo, ante un grupo algo despistado, dubitativo, de doncellas inconfundiblemente virreinales, por sus formas rotundas y sus mitológicos tafanarios, nuestro héroe municipal, solícito y decidido, se acercó a indicar direcciones, lugares de interés local, además de bares y tabernas donde trasegar los caldos de esa tierra fecunda. Las mozas agradecidas y sonrientes elevaron el ego de aquel hombre a cumbres insospechadas, no por engreída arrogancia, en especial por que se sentía útil, un heraldo comarcal con respuestas para el desvalido. Un quijote postmoderno de dignidad asentada.
En la vuelta a casa reflexionaba sobre la utilidad de los tontos de los pueblos. Sobre su importancia y la falta que nos hacen, en ocasiones, en las grandes ciudades. De su utilidad cuando se les respeta y se les anima a cumplir una función social concreta.
En mis pensamientos dudé entre dos posibles razones a la ausencia de un tonto del pueblo urbano. Por un lado, pensé que quizás se deba a que ahora no les dejamos existir, desde el comienzo truncado de sus días. O tal vez se deba a que en la gran ciudad no identificamos al tonto del pueblo, porque, en el fondo, todos los somos, aunque no llevemos chaleco amarillo y por tanto nos falte la dignidad de nuestro querido tonto de toda la vida.



