Tu crisis, mi crisis

Estamos en crisis. No es difícil darse cuenta. Crisis global y ontológica. Pero te diré más: la crisis eres tú. ¿No te lo crees? Eso ya es más difícil de ver y entender, ¿eh? ¡Las pulgas, para el prójimo! ¿Por qué nos resultará tan complejo el darnos cuenta, en todo -a unos más, a otros menos-, de nuestro propio error? Podría decirse que por nuestra tendencia natural –una llamada-, de raíz, a la necesidad de ser felices que llevamos inscrita en el fondo del fondo de nuestra alma inmortal. Dios nos ha creado para la Felicidad eterna.

Pero también, posiblemente de modo más rabioso y ciego, no nos reconocemos como somos a consecuencia de nuestra libertad, que nos impulsa a emprender, a ir hacia delante por embate proactivo. De manera que esa felicidad y libertad debemos conquistarlas, en cada momento, en referencia a una Naturaleza que nos es dada, con nuestro esfuerzo: el trabajo, que para unos es de una cosa y para otros de otra, independientemente de si es o no remunerado (“trabajo” no es necesariamente “profesión”). Tu crisis, mi crisis, está en no aceptar, pues, esa Naturaleza como es. Y no lo hacemos. Nuestro trabajo es en balde. Peor aún, va en nuestra contra.

Ciertamente, ver, reconocer los propios errores es algo que habitualmente se nos escapa. ¡Pero es de vital importancia! Porque la libertad (nuestra libertad de seres autónomos que son interdependientes) se vacía de contenidos y de razón cuando es ciega, libertina, cuando no tiene en cuenta los pros y los contras que nos depara la Naturaleza. De ella –queramos o no- dependemos en penúltima instancia, porque la última (que también la primera) es Dios: de Él no solo dependemos, sino que por Él y, más aún, en Él existimos, ya desde nuestra raíz primigenia. Esa raíz es la que nos gobierna a través de nuestra propia libertad de la que nos ha dotado, aplicada en concreto a una existencia con nuestro esfuerzo.

Ser conscientes de nuestras raíces es lo que nos hace sentir vivos anclados en una autoconciencia que no poseen los demás animales, esos que llamamos “no racionales”. ¿Por qué ellos (como se puede observar fácilmente) respetan más su propia naturaleza? Está muy claro para toda persona que esté desprendida de prejuicios ideológicos perversos: los animales no racionales poseen instinto, no libertad, y por tanto no caen en el libertinaje, porque no son conscientes de su individualidad. No son capaces de decirse “yo”, y como consecuencia no razonan sus derechos y deberes, de los que ninguna libertad auténtica puede prescindir; más aún, los tiene porque posee libertad, y posee libertad porque los tiene.

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Así llegamos al fondo de la cuestión: “Sin la verdad, la emotividad se vacía de contenidos relacionales y sociales” (Papa Francisco, Fratelli Tutti, n. 184). Como consecuencia, mientras no solucionemos nuestra propia crisis ontológica (tu crisis, mi crisis), como vamos observando, las crisis de todo tipo y superpuestas la una con la otra, se nos sucederán cada vez de manera más salvaje, pues las ignoramos en su raíz, que es la autoconciencia de depender de nuestro Creador. Será así hasta que no le reconozcamos a Él como Dueño y Señor de la Naturaleza, y, por tanto, de nuestro propio ser: porque es de Él, que es el Ser, de quien tomamos el ser. Queramos o no queramos. Ahí se muestran y desarrollan nuestra libertad y nuestro trabajo, que cuando están asentados en la Verdad, nos hacen vivir nuestra felicidad terrenal temporal, como preludio de la celestial eterna.

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