El 15 de diciembre de 2025, en una escuela primaria de Kielno, al norte de Polonia una profesora de inglés pidió a alumnos de primero de secundaria que retiraran la cruz colgada en el aula.
Los estudiantes protestaron. Entonces, según el testimonio de ellos mismos, la docente la arrancó y la tiró a la basura, acompañando el gesto con un insulto: “Esta mierda de plástico no se quedará aquí colgada”.
No es solo una cruz de plástico. No es “solo un símbolo” en una pared. Para esos niños —y para sus familias— era una presencia familiar, un recordatorio de que en la escuela también se educa el corazón. Y, sobre todo, era un signo elegido por la comunidad: las cruces estaban en las aulas porque fueron compradas por el consejo del pueblo, a petición de los padres, y bendecidas solemnemente por el párroco antes de ser colgadas. Es decir, era una expresión compartida de identidad y fe.
Los padres reaccionaron como reaccionaría cualquier familia creyente: con dolor, con indignación, y también con una petición concreta de justicia.
Denunciaron la posible comisión de un delito por ofensa a los sentimientos religiosos, subrayando un dato que no es menor: la profanación se produjo delante de menores. Y contaron además algo que revela el pulso espiritual de esos estudiantes: cada vez que la cruz desaparecía, los niños la volvían a colocar.
El caso saltó al debate nacional cuando intervino la diputada Dorota Arciszewska-Mielewczyk, y el 8 de enero de 2026 se organizó una protesta frente a la escuela.
Ante la presión, la dirección decidió volver a colgar la cruz en el aula.
¿Qué está pasando en Polonia, un país cuya historia reciente está atravesada por la fe y el sufrimiento, para que hoy sea noticia que un profesor tire una cruz a la basura?
Polonia vive un clima crecientemente anticlerical, el más intenso desde el giro democrático de 1989. El gobierno de Donald Tusk, sostenido por una coalición amplia, incluye fuerzas abiertamente hostiles a la Iglesia.
Y en Varsovia, el alcalde Rafał Trzaskowski firmó en mayo de 2023 una orden que pedía retirar cruces, imágenes de santos y otros símbolos religiosos de los espacios públicos en oficinas municipales, y que los eventos organizados por la administración fueran “de naturaleza laica”, sin oraciones ni elementos religiosos.
Se presenta como “neutralidad”, pero en la práctica muchas veces se percibe como otra cosa: una forma de expulsar la fe del espacio común.
Aquí conviene recordar una verdad que la propia Corte Suprema polaca afirmó en 2013: quien se declara no creyente no puede esperar vivir libre del contacto con creyentes, sus prácticas y sus símbolos, porque eso acabaría limitando la libertad de conciencia de los creyentes.
La cruz, además, no es solo un emblema confesional: en Polonia, el cristianismo forma parte del patrimonio nacional y cultural, como reconoce el preámbulo de su Constitución.
Y, sin embargo, esta batalla por los símbolos nos devuelve ecos oscuros. Los polacos ya vivieron algo parecido bajo el régimen comunista. En 1983 y 1984, cuando el poder ordenó retirar cruces de escuelas, muchos estudiantes se rebelaron con una fuerza serena que todavía conmueve.
En Miętne, jóvenes que apenas empezaban a vivir organizaron huelgas, rezaron, cantaron “Queremos a Dios”, caminaron hasta la iglesia llevando las cruces y un cartel que decía: “No había lugar para ti, Cristo, en nuestra escuela”.
Era resistencia moral frente a una ideología que quería vaciar el alma del pueblo.
Por eso el episodio de Kielno no es un simple conflicto disciplinario. La escuela debe ser un lugar seguro para todos: para el alumno que cree y para el que no cree, para la familia practicante y para la que no lo es.
Pero la convivencia no se construye humillando, insultando o arrojando al cubo de basura aquello que otros veneran.
La libertad religiosa no es un privilegio que se tolera con desgana: es un derecho que se respeta con convicción.
El cristianismo no se impone por la fuerza, pero tampoco se esconde por vergüenza.
Se propone con humildad, se defiende con firmeza y se vive, sobre todo, con coherencia. Lo que se intenta tirar a la basura no es un objeto, sino una memoria, una identidad y una esperanza. Y esa esperanza —como demostraron aquellos estudiantes en 1984, y como han demostrado los niños de Kielno— no se deja arrancar tan fácilmente.




