La abadía del Valle de los Caídos presenta «Svb Crvce scholae Latinae», un curso de verano para acercar el latín a los jóvenes

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Conforme se incrementan las proclamas de corte identitario, no son pocos los que ensalzan el patrimonio cultural hispánico al mismo tiempo que este se subordina de una forma u otra a la globalización. En el campo educativo, tampoco son escasos los centros que anteponen el bilingüismo al español o que convierten el inglés en la principal carta de presentación de su proyecto, haciendo de consignas como “Ahead for a better future” el escaparate de todo un sistema.

Bajo este prisma, el recurso a la identidad hispánica podría parecer un mero cliché. Como si esta no pudiese alcanzar a un bloque anglosajón, cuya lengua es aceptada, promocionada, solicitada e incluso exigida.

La lengua nunca es algo neutro. Por el contrario, acaba transmitiendo una determinada visión del mundo. Por ello, cuando se subordina culturalmente el español al inglés, podría decirse que también se introduce al alumno en una determinada cosmovisión.

No es descabellado considerar que, de forma similar a la máxima del “Lex orandi, lex credendi”, se terminan asumiendo los marcos mentales y espirituales de la lengua con la que se desenvuelve: según se habla, se construye un marco mental.

De este modo, podría asumirse un desplazamiento en el que el futuro educativo se expresa en inglés… y que todo lo demás pertenece al pasado. Quizá el latín es uno de los mejores ejemplos de ese desplazamiento, pues la lengua que durante siglos articuló la cultura europea y la tradición de la Iglesia es hoy una opción relegada a un lugar marginal.

En España, el sistema educativo garantiza que prácticamente todo alumno estudie inglés durante su paso por la etapa escolar. Mientras, el latín solo alcanza a quienes lo escogen al final de la ESO o dentro del itinerario de humanidades de Bachillerato. La distancia es todavía más visible en los programas bilingües, en los que cerca de un millón y medio de alumnos reciben contenidos académicos en inglés, cifra que el latín está muy lejos de conocer.

En los últimos días, teníamos constancia de una nueva iniciativa impulsada desde uno de los grandes custodios históricos de la civilización: los monasterios y abadías. Concretamente en la abadía del Valle de los Caídos de El Escorial, que este 11 de julio honra a su patrón y fundador, San Benito, y ultima los preparativos de una propuesta que no podría ser más afín a las raíces de la Cristiandad. 

Se trata de Svb Crvce scholae Latinae.

Un proyecto que, durante una semana, congregará en el Valle de los Caídos a jóvenes iniciados en el latín que desean perfeccionar su soltura de la mano de los grandes clásicos de la Antigüedad y de la tradición cristiana.

Entre ellos, no faltarán los textos de Virgilio, Tertuliano, Prudencio, Esmaragdo o Roberto Belarmino, que se estudiarán mientras alumnos y maestros comparten durante unos días el ritmo de vida, rutinas, costumbres, descanso y oración que han guiado durante siglos a las comunidades benedictinas. 

El curso dista mucho de ser eminentemente idiomático. Precisamente porque sus impulsores consideran la lengua estrechamente vinculada a la civilización, no conciben el estudio del latín sin vivir la cultura que lo impulsó. Por ello, el programa que presenta Svb Crvce scholae Latinae explicita que, junto con las clases y conversaciones en latín, todo el que lo desee podrá asistir a las horas litúrgicas en el monasterio y orar junto a la comunidad tal y como acostumbran. 

Hemos preguntado a los benedictinos responsables del proyecto por los motivos que los llevan a emprender este camino y su respuesta alude a su propia identidad, remarcando que, en un monasterio benedictino, el latín no es simplemente una lengua antigua, sino la lengua en la que durante siglos la Iglesia ha rezado, pensado y transmitido la fe.

Tal y como explican, “los monasterios fueron custodios de ese inmenso patrimonio, copiando manuscritos y conservando la herencia clásica y cristiana”, por lo que organizar este curso es toda una continuación de esa misión. Se trata de “ayudar a redescubrir unas raíces que siguen alimentando la vida espiritual y la cultura de Europa”. 

Los responsables del proyecto inciden en los numerosos aportes del latín. Entre otros, la educación de la inteligencia, el gusto por la precisión o la capacidad de razonar. También facilita el aprendizaje de otras lenguas y el acceso directo a innumerables textos cruciales en la historia y la civilización… Sin embargo, por encima de todo, destacan que “se forma el corazón”: “Como decían los antiguos, hominem humaniorem facere, hace al hombre más humano. Y cuanto más plenamente humano es el hombre, más dispuesto está para acoger la verdad y la fe”. 

A este análisis basado en la formación integral, los monjes creen que el latín y su divulgación son un poderoso aglutinante cultural, capaz de dirigir la mirada al origen de una civilización. Según sus planteamientos, “una cultura que olvida sus fuentes y orígenes acaba perdiendo también el sentido de sí misma”. Y frente a una posmodernidad marcada por el nihilismo y el desarraigo, “el latín nos devuelve a las raíces comunes de Europa y de la tradición cristiana, permitiendo escuchar las voces que nos han precedido sin intermediarios. Volver a las fuentes no significa vivir del pasado, sino encontrar un fundamento sólido para construir el futuro”. 

Pero, ¿qué significa realmente esa generalización desmedida de idiomas extranjeros en detrimento de unas lenguas clásicas que agonizan? Según los promotores de Svb Crvce scholae Latinae, no es sino “un síntoma de una cultura que mira casi exclusivamente a lo inmediato y olvida de dónde viene”, pues “el latín ha sido durante siglos la lengua de la inteligencia europea, de la Iglesia, de la universidad y de la transmisión del saber”. 

En este sentido, sostienen que “cuando una civilización renuncia a la lengua en la que pensaron sus grandes maestros, corre el riesgo de perder también la memoria de sí misma”.

Y esto es lo primero que se pierde con el fin de la formación en lenguas clásicas, pero no es lo único. Entre otros riesgos, hablan de la pérdida de la posibilidad de dialogar con quienes han construido la civilización, tal y como refleja la dependencia cada vez mayor de interpretaciones en detrimento del encuentro directo con las fuentes. 

Buena parte del dilema se debe también a una separación entre ciencias y letras que es, según ellos, una falsa oposición. Y es que, si bien toda sociedad necesita excelentes ingenieros, científicos, médicos, juristas y artesanos, también estos precisan de una sólida formación humanística. 

“Las grandes figuras de nuestra tradición no entendían el saber como compartimentos estancos: la búsqueda de la verdad era una sola. Las humanidades clásicas enseñan a pensar, a leer con rigor, a comprender al hombre y a formular las grandes preguntas que todo hombre se formula”, agregan. 

Preguntados por si profundizar en las lenguas clásicas puede ser una respuesta, aunque sea parcial, al utilitarismo, aluden sin dudar a una capacidad regeneradora del latín, “que nos recuerda que no todo conocimiento debe justificarse por su utilidad inmediata”. 

“Hay saberes que nos hacen libres porque ensanchan el alma y educan la inteligencia. Las humanidades nos ayudan a ser plenamente hombres para poder vivir también, con mayor profundidad, nuestra vocación cristiana”, agregan. 

Sus argumentaciones se alejan mucho de la mera reacción o incluso de la nostalgia, sino que destacan por su carácter eminentemente propositivo, recordando que las grandes reconstrucciones siempre comienzan volviendo a las fuentes. Y eso “no significa vivir del pasado, sino encontrar un fundamento sólido para construir el futuro”.

En última instancia, difundir las humanidades, la cultura y las lenguas clásicas es para los monjes un acto con consecuencias directamente relacionadas con el bien común, pues “nos enseñan a pensar, a leer con profundidad, a dialogar con la tradición y a reconocer la dignidad del ser humano”.

“Los monasterios benedictinos conservaron ese legado en tiempos de crisis porque comprendieron que no estaban custodiando simplemente el pasado, sino aquello que no pasa: las grandes preguntas, la verdad, la belleza y la sabiduría que atraviesan los siglos. Volver hoy a los clásicos y al latín no es un ejercicio de nostalgia, sino una forma de custodiar lo permanente para ofrecer esperanza en una época marcada por lo efímero”, concluyen. 

Una semana con los clásicos 

La abadía remarca que el curso se encuentra dirigido a personas que, conociendo las bases del latín, aún no son capaces de hablarlo. El alojamiento recomendado para el curso, de una semana de duración –del día 3 al 9 de agosto- es la propia Hospedería del Valle de los Caídos, indicando la asistencia para la realización del curso.

Constará de una conferencia inaugural, La lengua latina, capaz de humanismo, a la que seguirán las clases de latín, abarcando el estudio de los autores clásicos, autores cristianos como Virgilio, Tertuliano, Prudencio, Esmaragdo, Roberto Belarmino, documentos pontificios sobre la lengua latina. Asimismo, se practicará la conversación fuera del aula, en el entorno del monasterio. Todos los inscritos podrán asistir a las horas litúrgicas en el monasterio.

Toda la información se encuentra disponible en el portal de la Abadía benedictina, siendo necesaria la inscripción a través del correo subcrucescholaelatinae@gmail.com.

 

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