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El valor moral de la vida humana

La firma

No todo lo que denominamos “progreso científico” es plausible, máxime cuando su destinatario es el ser humano. Jugar a ser dioses perturbando lo que está ideado para un destino concreto, puede ser causa de una actitud maquiavélica donde el fin justifique los medios. Nuestra mente alanza a comprender que no todo lo que físicamente se puede realizar, moralmente se debe hacer. Sin embargo el vigente relativismo -o moral de situación- que tantos estragos ocasiona, ha hechizado a las sociedades modernas despojándolas de aquellos principios rectores de deberían velar por el buen pulso de las mismas.

Hoy por hoy, campos como la medicina y la biología han alcanzado cotas de vértigo en cuanto a la aplicación de ciertas metodologías. De largo viene la utilización de métodos destinados a “resolver” problemas de infertilidad humana, tales como la fecundación in vitro (FIV),generando por ello, tanto en la comunidad científica como en el seno de la propia sociedad, conflictos éticos que, hábilmente, van siendo superados por medio de la adhesión al derecho positivo y por un dilatado beneplácito cultural.

En los tratamientos de FIV y de inseminación artificial (tanto la conyugal –IAC-, como la de bancos de esperma –IAD-), emergen trabas éticas en cuanto a la selección genética y a la manipulación de embriones humanos. Su destrucción o congelación, en la implantación o en el desarrollo de la misma, provocan unas reducciones embrionarias que suponen la muerte de dichos embriones. Estas técnicas, objetivamente consideradas, a pesar de lograr la concepción, no salvan el fondo del problema de la infertilidad, pues lo único que remedan es el acto sexual obviando el contacto corporal entre la pareja.

Por otro lado, hace unos meses, en la clínica Cima de Barcelona nació el primer niño concebido por medio de una técnica muy novedosa en España: la naprotecnología. Esta consiste en una práctica médica sin implicaciones éticas destinada a diagnosticar las causas de infertilidad de las parejas y el modo de solventarlas, respetando el acto conyugal orientado a la procreación natural, observando asimismo el ciclo femenino. Es una técnica que proviene de los EE.UU, que llego a Europa aproximadamente hace diez años, y que en España es de reciente ubicación. A pesar de ser una técnica eficaz que actúa en la raíz de los problemas de infertilidad, paradójicamente no ha conseguido una repercusión mediática ostensible, quizá por ser económicamente más barata que la FIV y correr el riesgo de quebrar el lucro de las clínicas que ofrecen este tratamiento, o porque requiera un estudio más pormenorizado y riguroso y por ello se recurra a lo más rápido y fácil.

Actualmente existen especialistas en la materia que utilizan este método en Pamplona, Getafe y Zaragoza. Con la información que arroja la naprotecnología, basada en un sistema integral que combina la planificación natural familiar con la salud ginecológica y reproductiva de la mujer, más unos análisis de sangre junto con otras pruebas, el especialista puede abordar su diagnóstico y modificar por métodos naturales las condiciones de infertilidad.

Ante sociedades cada vez más individualistas y globalizadas, estas técnicas de procreación natural, como la naprotecnología, son relegadas por el impulso de la cosificación embrionaria y por la mercantilización del hombre y de la mujer al ser tratados como meros e impersonales instrumentos reproductivos (donantes de esperma, de óvulos y vientres de alquiler). Todo ello, unido a la liberalización progresiva del aborto y al creciente aumento de la anticoncepción,  provoca un grave menoscabo en la dignidad e integridad humana y en la propia vida.

Con todo, no dejemos de lado los numerosos problemas éticos que puedan surgir relativos a los hijos gestados, en cuanto a dilemas de identidad por el anonimato parental, falta de información necesaria para su salud en orden a su origen genético, incluso el grado de cumplimiento de las ilusiones puestas en un bebé que ha sido “seleccionado”.

Si caemos en el error de pensar que la humanidad es el producto de acatar, como única fuente de legitimación institucional posible,  la norma positiva fundamentada en un pacto social huérfano de parámetros éticos, entonces seremos presa golosa de “la banalidad del mal”, un concepto que ilustra la desvalorización de la moral, la cual impide dar un juicio coherente sobre cualquier fenómeno inmoral que se registre en la historia. Como ejemplo recordemos que la esclavitud fue aceptada socialmente en diversas culturas; y que más de un genocidio ha sido justificado por las circunstancias de tiempo y lugar.

Una sociedad inmersa en el hedonismo que rinda culto a la inmoralidad, está abocada a su destrucción. Ante el contexto biotecnológico actual y frente a las ideologías disolutas que imperan a nuestro entorno, deberíamos preguntarnos: ¿el ser humano, en todas sus facetas, es sujeto de derechos u objeto de tráfico mercantil? Que cada cual se responda a sí mismo y, en consecuencia, actúe.

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