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28/03/2007 - Libros
'El manantial', por Ayn Rand
Roark, un arquitecto genial, vive en la pobreza por rechazar la corrupción y la mentira; un clásico que dio origen al film de 1949 de King Vidor.
Pablo Romero

Ahora que cualquier pija progresista tiene las santas narices y la poca vergüenza de autodefinirse como "antisistema", hay que recordar cuál es la verdad de las cosas. Como esos pobres bobos, además de su incapacidad para el razonamiento abstracto, nada saben del pasado, lo mejor es ilustrarlos mínimamente.
 
A lo largo de la historia, muy pocos hombres han sido capaces de alzar su voz en contra de la inercia que, en el siglo XX, cogió la forma del colectivismo más grotesco y enajenador. Cuando el Estado, como por cierto sucede de nuevo en la actualidad, se erige en secularizada fuente de la moral y tiende, además, a decirle a la gente qué debe hacer con sus vidas, sus propiedades, sus aficiones y su salud, no queda otra alternativa más que la insurrección civil o la objeción moral.
 
Pero sólo con una clara idea de cuál es el camino hacia el bien y de las muchas dificultades que nos encontraremos de por medio, el hombre es capaz, como Antígona frente a los casi infinitos Creontes modernos, de sobreponerse a la coacción y defender a capa y espada aquello que nos hace verdaderamente humanos: el amor y la búsqueda de la verdad y la libertad.

Contra esa pulsión totalitaria es precisamente contra lo que se rebela Howard Roark, personaje inspirado en el arquitecto americano Frank Lloyd Wright y protagonista de esta estupenda, aunque algo ingenua, novela. Y digo ingenua porque, a pesar de las muchas virtudes que tiene el libro, es ésta una de esas obras por las que sí parece haber pasado el tiempo.
 
Vayamos por partes; entre los pocos reproches que se le pueden hacer están un  sorprendente tono declamatorio y algo teatral en muchos de sus diálogos (otros son francamente maravillosos), y una cierta ingenuidad idealista en la concepción del enfrentamiento entre individuo y sociedad; entre las virtudes destacan, en lo formal, la incontenible fuerza narrativa de la autora, nacida en San Petersburgo en 1905 (y que hubo de emigrar a los Estados Unidos, para no volver jamás, con apenas veinte años); en lo material, su voluntad de mostrar el diabólico entramado en que se convirtió la Rusia zarista después del advenimiento del comunismo.
 
Motivo por el cual el libro es un alegato en favor de la libertad personal y la insobornable voluntad humana cuando ésta quiere permanecer fiel a los principios que la animan. La figura de Roark, un arquitecto de enorme talento, que roza la genialidad, ejemplifica la entereza de quien opta por la precariedad material (en muchos casos llegando a la miseria, o al riesgo de verse sometido injustamente a la arbitrariedad del sistema) en lugar de dejarse arrastrar por la inercia de la corrupción moral, el brillo del poder y la mentira.
 
Su honestidad e integridad morales, que a punto están de llevarle a la cárcel de manera injusta por tal de no venderse al mejor postor, son una clara y emocionante muestra de hasta dónde llega el hombre si se lo propone.
 
Evidentemente, la conducta de Roark sería tachada por nuestros progres relativistas como poco propicia al diálogo, nada multicultural, reaccionaria e intolerante. E imagino que, en su defensa de la rectitud moral, él mismo sería tildado como responsable de los más peregrinos tópicos de la izquierda: desde crispar el ambiente hasta la invasión de Iraq, pasando por el calentamiento del planeta.
 
Poco le importaría a Roark, figura arquetípica  que representa la entereza de los cada vez más escasos hombres despreocupados de la opinión de las masas y atentos únicamente a la voz de su conciencia. Hombres rectos, que en muchos casos, se adelantan a los burgueses y acomodados gustos del público borreguil, esa masa adocenada que se arrastra cada fin de semana exhibiendo impúdicamente su pésimo gusto y su horterez totalitaria en forma de eventuales modas.
 
Y es que, como leemos en el libro: "A través de los siglos hubo hombres que dieron los primeros pasos por nuevos caminos apoyados solamente en su visión. Los grandes creadores, los pensadores, los artistas, los científicos, los inventores lucharon contra sus contemporáneos. Se oponían a todos los nuevos pensamientos, todos los nuevos inventos eran denunciados y recusados pero los hombres con visión de futuro salieron adelante. Lucharon, sufrieron y pagaron por ello, pero vencieron".
 
Hay que añadir, por último, que existe una versión cinematográfica de la obra, titulada igualmente El Manantial y dirigida en 1949 por King Vidor. Sus protagonistas fueron  Gary Cooper y Patricia Ryan y el guión, minuciosamente controlado por Ayn Rand, y basado en la novela homónima, es una de las más estupendas adaptaciones que uno haya visto jamás. La película fue un éxito en su momento, en parte motivado por el hecho de que se convirtió en una lectura popular entre los soldados norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial.

El manantial
Ayn Rand
Editorial Grito Sagrado
677 páginas
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