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El Padre Werenfried. Un gigante de la caridad, de Jean Bourdarias

He leído el libro de Jean Bourdarias ‘El Padre Werenfried: un gigante de la caridad’. Tiene 20 años, pero es increíblemente actual. Decir que me ha gustado es poco: me ha impresionado. El padre Werenfried van Straaten, religioso premostratense holandés, fundó hace 70 años la “Ayuda a la Iglesia Necesitada”, que luego Benedicto XVI quiso que fuese Fundación Pontificia. Se hizo cargo de las terribles condiciones de los alemanes prófugos de Polonia y de Alemania del Este (16 millones) echados sin más sin más de sus ciudades o escapados para huir del régimen comunista de Alemania del Este, en una pobreza material y moral increíble. Él pedía ayuda a los holandeses y a los belgas, que habían sido masacrados por el régimen nazi: casi cada ciudadano tenía algún muerto en la familia. Y sin embargo, reclamados con fuerza a este deber de caridad, la gente respondía dando lo que tenía, que a menudo no era más que un trozo de tocino. De aquí vino su apodo: “Padre Tocino”.

He aprendido muchas cosas de su vida que no conocía, cómo poco a poco su obra su fue extendiendo a ayudar la iglesia perseguida de los países de la Europa oriental, bajo dominio soviético. Y luego los Papas San Juan XXIII y San Pablo VI le pidieron que ampliara su acción a África y a América Latina. Ahora ACN (acrónimo en inglés) está implantada en 23 países, ayuda a 150 países, financiando más de 5.000 proyectos en todo el mundo.

Quiero proponer algunos extractos, animándoos a la lectura.

‘Los enemigos que tenemos que amar ante todo son los que combaten o corrompen la fe y que son, por eso mismo, cómplices de la profunda miseria en que se encuentra sumida la Iglesia’ (Sept’1996, congreso AIN en Konigstein). Quizás no llegamos a ser los que combaten la fe, pero ¿contribuimos a corromperla con nuestra pereza, nuestro orgullo, nuestra comodidad?

Me impresiona su claridad de juicio, que no se paraba al análisis de las causas, si no que era capaz de ver las posibles soluciones y ponerse manos a la obra, con corazón, inteligencia y realismo, para intentar subsanar las deficiencias.

Por ejemplo, con los seguidores del obispo Lefebre (cismático), con qué inteligencia y corazón mostraba entender sus razones (y el trocito de verdad que había en ellas), pero al mismo tiempo, con qué fuerza denunciaba el grave error de provocar un cisma en la iglesia.

Y como él reconoce la necesidad (‘sine qua non’) para la reevangelización de Rusia de ayudar la Iglesia Ortodoxa (no obstante sus pecados y componendas con los comunistas, que les favorecieron en contra de la Iglesia Católica). Y algún bienhechor abandonó AIN, porque no lo entendía… pero él tenía claro el camino. Ecumenismo verdadero.

También su fidelidad inquebrantable a los Papas, no obstante su opinión personal bastante contraria a la ‘Ostpolitik’ del Vaticano (que minimizaba los atropellos de los regímenes comunistas para intentar un dialogo, o por lo menos reducir la persecución).

Y su crítica a los cómodos propagandistas de la ‘Iglesia de los Pobres’ que se despreocupaban de los ‘pobres de la iglesia’… De estos, aún quedan muchos.

Finalmente su espíritu profético en ver que el comunismo no podía durar, era insostenible por propia incoherencia antropológica.

Su apoyo al Papa, cuando muchos (cristianos) lo ponían en ridículo, o lo silenciaban. Pablo VI, ahora ya santo, tuvo también bastante de mártir, como todas las voces proféticas (baste recordar las críticas – desde fuera y dentro de la iglesia – por la encíclica ‘Humanae Vitae’).

Sus juicios claros sobre el aborto y la defensa de la Creación (recuerda la ‘Laudato Sii’) juzgan nuestra tibieza.

‘Hemos de reconocer que la influencia de Satanás debe ser enorme’. Hoy parece que muchos prefieren pensar que no existe, haciendo su juego sin saberlo.

Ciertamente hace falta re evangelizar Europa: y más aún ahora que hace 20 años, cuando se escribió el libro.

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