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Memoria agradecida al comenzar el año

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Llegó el año nuevo. Y mientras en las pantallas se suceden fuegos artificiales y listas de propósitos brillantes, quizá lo más valiente —y lo más antiguo— sería hacer algo más sencillo: refrescar el alma. Quitarle el polvo, sacudirla un poco como quien airea las sábanas al sol de enero.

Preguntarnos sin miedo si hemos aprendido algo. Y sobre todo, si hemos sabido dar las gracias.

Porque se nos ha regalado un año más de vida. Se nos ha concedido más tiempo, ese lujo que no sale en los catálogos. Hemos crecido a tirones, como crecen los chavales cuando estiran el pantalón sin avisar. Hemos vivido momentos preciosos con amigos y familiares, y se nos han cruzado personas nuevas, inesperadas, que han venido a ocupar un rincón cálido en nuestra biografía.

Y entonces, ¿por qué no terminar el año rebosantes de gratitud, como quien se llena los bolsillos de migas para repartir a los pájaros del camino?

La gratitud —qué palabra tan vieja y tan necesaria— cambia la mirada. Desde pequeños nos enseñaron a fijarnos más en lo que faltaba que en lo que ya teníamos. El juguete de moda. Dos centímetros más de estatura. La camiseta de marca que llevaban los demás.

Y así seguimos, muchas veces, de adultos: coleccionando carencias, comparándonos, convencidos de que la felicidad es algo que se compra o se mide. Pero agradecer nos devuelve al suelo firme: a lo que somos, a lo que ya es bueno, a lo que siempre estuvo ahí.

Cuando uno se acostumbra a dar gracias por cada circunstancia y cada momento —incluso esos que vienen torcidos— ocurre algo raro, casi milagroso: empieza a reconocer la Gracia con mayúscula en su vida.

La presencia de Dios se vuelve más nítida, menos teoría y más abrazo.

Y uno entiende que agradecer no es negar la realidad, sino atravesarla. Es mirar las dificultades con la certeza humilde de quien se sabe querido.

“No te desampararé, ni te dejaré” (Hebreos 13,5). Qué promesa tan seria para un corazón que siempre teme ser abandonado.

Tengamos en el día de hoy un ratito de memoria agradecida. No como quien repasa un álbum de fotos, sino como quien entiende que Dios escribe recto incluso en los renglones torcidos de nuestra historia.

Una oración de gratitud 

Quizá nos convenga terminar el año con una oración sencilla en familia, desabrochando el alma despacio, como quien afloja la camisa después de un día largo. Hacernos preguntas que a veces evitamos:

  • ¿Quiénes se quedaron y quiénes se fueron este año?

  • ¿Qué personas nuevas puso Dios en nuestro camino?

  • ¿Qué pequeñas cosas, casi imperceptibles, fueron regalo?

  • ¿En qué detalles cotidianos sentí la presencia de Dios?

  • ¿De qué logros y de qué tropiezos aprendí algo verdadero?

  • ¿Qué puedo agradecer incluso de mis dificultades?

Este ejercicio afina el oído interior. Nos ayuda a no darlo todo por sentado, a levantar el ánimo, a volver a mirar hacia arriba.

También es un buen momento para decir a ciertas personas que su presencia en nuestra vida es un milagro discreto. Agradecerles con palabras —de esas que no cuestan dinero, pero sí valentía— que caminen con nosotros. “Dios nos espera en cada persona” (Mateo 25,40). Y es verdad: hay rostros en los que uno siente que Dios pasa, como el viento que levanta el flequillo y deja olor a lluvia.

Un nuevo capítulo

Llega un nuevo año, una página en blanco. No hace falta llenarla de grandes propósitos ni de promesas imposibles. Basta con empezar con gratitud, saboreando lo bueno, reconociendo cómo el bien acaba abriéndose paso incluso entre nuestros líos.

Hagamos memoria agradecida. Porque quien agradece, ve. Y quien ve, confía. Y quien confía, camina más ligero, como quien sabe que, pase lo que pase, todo acaba obrando para bien.

¡Feliz 2026!

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