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La masculinidad y el dominio propio

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Vivimos en una época en la que numerosos hombres persiguen logros externos en busca de reconocimiento, con frecuencia ajeno y superficial. Se esfuerzan por dominar territorios visibles, profesionales, sociales, digitales, pero pocos dedican esa misma energía a gobernarse a sí mismos. Sin embargo, el verdadero poder comienza con el autogobierno.

Carl Jung, psiquiatra y psicoanalista, identificó el Arquetipo del Rey como la expresión del varón que ha alcanzado el dominio propio. Este arquetipo encarna un modelo de conducta regido por la justicia, el orden, la prudencia y la integridad. Representa el núcleo de la masculinidad consciente: un liderazgo que nace del gobierno de uno mismo antes que del control sobre los demás.

Integrar este arquetipo transforma tanto al individuo como a su entorno: el hombre que se rige desde el autodominio alcanza plenitud interior, y su presencia inspira armonía y estabilidad a su alrededor. Según Jung, al residir en el inconsciente colectivo, este potencial está presente en todo hombre, a la espera de ser activado y vivido con autenticidad.

Dicho desarrollo exige trascender el ego e integrar las dimensiones más profundas del ser. El Arquetipo del Rey no se refiere a poder material, autoridad impuesta o dominio sobre otros. Su fuerza emana de una soberanía interior que, proyectada al exterior, se convierte en un liderazgo genuino y sacrificial.

Robert Moore, en su obra King, Warrior, Magician, Lover, profundiza en este arquetipo como un patrón universal, presente en todas las culturas y épocas. Figuras como Salomón o Alejandro Magno ilustran cómo, al activarse esta fuerza arquetípica, el hombre establece un orden interno que se refleja en su acción en el mundo.

Para Moore, el Arquetipo del Rey “representa el orden, la razón y la cohesión en la psique masculina; estabiliza emociones y conductas, infundiendo calma y claridad; defiende un propósito vital firme y una identidad sólida. Observa con equilibrio entre la firmeza y la compasión, reconoce lo mejor de cada persona y promueve su crecimiento desde la seguridad de su propio valor”.

Hoy, sin embargo, abundan ejemplos de la sombra de este arquetipo: hombres tiranizados por emociones desbordadas, esclavos de pasiones desordenadas o debilitados por apetencias vacías. Esta dicotomía entre el tirano y el cobarde revela una masculinidad fracturada, alejada de su esencia y hambrienta, aunque inconscientemente, de plenitud.

Gran parte de esta crisis identitaria procede de haber perdido la referencia del modelo trascendente: Jesucristo, el Rey de reyes, ejemplo de masculinidad íntegra y sacrificial. Al apartar la mirada de Él, se ha difuminado la conciencia de identidad y se ha normalizado una existencia superficial, carente de propósito y de verdadera libertad.

El mundo necesita, hoy más que nunca, hombres que ejerzan el autodominio; hombres valientes que abracen su cruz con coraje y mansedumbre; hombres que, desde el gobierno de sí mismos, sean sal de la tierra y luz del mundo en medio de la confusión. Porque, en definitiva, “solo la verdad nos hará libres”, solo siguiendo la perfecta masculinidad del Rey de reyes encontraran la verdad.

Esta dicotomía entre el tirano y el cobarde revela una masculinidad fracturada, alejada de su esencia y hambrienta, aunque inconscientemente, de plenitud. Compartir en X

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