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En el fondo es el domingo eso que buscamos todos

Familia

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Ser espectadora, cada tarde, de como juegan mis hijos me ha enseñado mucho sobre el domingo. Y es que entender de verdad por qué el domingo importa, no pasa por verlo como “un día libre” o como una costumbre religiosa.

Volvamos al inicio de todo: allí donde la Palabra nos muestra el sentido más profundo de la creación. En esos pasajes del Génesis se comprende qué es el domingo y por qué está tan unido al corazón del regalo que Dios le dio al mundo: la vida misma.

El Génesis repite una frase: “Y vio Dios que era bueno.” Cada día, Dios contempla lo creado y se deleita. Es un Padre que mira y se alegra, que reconoce la bondad de lo que ha hecho. Ese gozo culmina en el descanso del séptimo día, el reposo santo.

Y esa idea es decisiva: el descanso no es una interrupción del sentido, sino su coronación. El descanso es parte del plan.

Es la expresión máxima de una creación que, en su inocencia primera, era un lugar habitable, pacífico, “bueno”.

Eso que podríamos llamar la bondad original —ese “esto-es-bueno”— no es solo una idea. Se experimenta, todos lo hemos experimentado alguna vez.

De ahí que se entienda tan bien cuando se compara con algo profundamente humano: la alegría de unos padres al ver nacer a su hijo. Hay lágrimas, dolor, cansancio, y al mismo tiempo una felicidad nueva, desconocida, divina.

Es el asombro de mirar una vida recién regalada y poder afirmar: “esto es bueno”.

La familia en el domingo tiene un papel central, porque los niños, más que nadie, saben habitar y reconocer la bondad.

Los niños generalmente juegan sin necesidad de una utilidad, juegan por puro gozo y disfrute. Como madre de cuatro varones, siempre me ha llamado la atención su juego de rodar y rodar coches, una y otra vez, con el único propósito de deslizarlos. Ese juego, «bondadoso», tiene mucho de contemplación.

En el juego infantil he descubierto una analogía con la vida espiritual. Tanto el juego como la contemplación son actividades que parecen “inútiles” a los ojos del mundo… pero justamente por eso son profundamente verdaderas.

Lo que más me llena de ver jugar a mis hijos es que celebran la vida sin convertirla en cada segundo en un proyecto. Jugar con «2 cochecillos y cuatro palos» y disfrutar con ello es, aunque ellos todavía no lo sepan, rozar el misterio de la creación y participar en la alegría del Creador.

Sin embargo, no todo siempre permanece así. Y aquí aparece la herida. Porque aunque el domingo es sencillo en su esencia —volver a la bondad, descansar en la alegría de Dios—, el pecado lo complica todo.

El Génesis lo muestra con crudeza y también nuestra propia historia lo confirma.

Hay cansancio acumulado, resentimientos, pantallas que aíslan a nuestros adolescentes, tensiones familiares… Esa bondad primera algunas semanas se vuelve fugaz. Algo que se desea, pero que cuesta tocar.

Por eso es importante el domingo porque el ser humano, después de caer, necesita que alguien lo rescate incluso de su propia esclavitud interior.

El descanso del domingo es una liberación profunda. Es la enseñanza de Dios a su pueblo: Confía. Hay un día para trabajar y un día para parar; un día para mirar la agenda y otro para dejarse sostener.

El descanso del domingo es una escuela del alma. El domingo es el motivo por el que aferrarse a la vida.

El domingo es un día para ser hijos.

Me resulta muy gráfico pensar que al domingo no se entra caminando, sino deteniéndose. El domingo es ese regalo semanal donde la familia puede volver a ser familia: no una empresa de logística, no un equipo de tareas, no un grupo de personas atareadas compartiendo techo, sino un hogar.

El domingo, como dicen mis hijos cuando juegan al pilla pilla  es «casa».  Un anticipo al lugar seguro de la eternidad.

Además, el descanso también es justicia. El descanso es un derecho, un acto de misericordia social. Y esto es clave para la familia, que muchas veces perdemos el norte: celebrar el domingo juntos no puede ser únicamente “hacer planes” como si no hubiera un mañana, sino aprender a vivir de tal manera que se pueda respirar. El domingo educa el corazón.

En el domingo se hace evidente que Cristo mismo es nuestro descanso. Él nos devuelve lo que habíamos perdido. Por eso, la santa Misa del domingo es una invitación a encontrarnos con Jesús en la Eucaristía, es entrar en el centro vivo de la fe.

¿Celebrar el domingo en familia, entonces, es mucho más que “ir a Misa y comer juntos”? ¡Claro! Es recordar que existe una bondad primera.

Es abrir al menos una puerta semanal para que Cristo devuelva al hogar aquello que las semanas desgastan.

La Iglesia insiste en la importancia del domingo no por moralismo ni por costumbre, sino porque sabe que el corazón humano se rompe cuando deja de descansar en Dios.

Cuando el domingo se pierde, la familia muchas veces se pierde también.

En el fondo es el domingo eso que buscamos todos. El regalo que nos recuerda que siempre es posible volver al principio… y caminar hacia el final prometido: la alegría eterna de Dios con sus hijos.

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