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Feminismo selectivo y obediencia partidista

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En las últimas semanas, la opinión pública española ha asistido a un fenómeno ya conocido: una acusación por abusos sexuales —real o presunta, pendiente aún de investigación judicial— ha monopolizado durante días tertulias, titulares y debates. El caso afecta a un personaje conocido, con una particularidad nada menor: nunca ha ocultado su cercanía a posiciones políticas conservadoras.

La reacción ha sido inmediata y unánime en determinados sectores políticos y mediáticos. Condenas sin matices, juicios paralelos, horas y horas de análisis sin esperar al pronunciamiento de los tribunales. La presunción de inocencia, principio básico del Estado de Derecho, ha quedado relegada a un segundo plano frente a la urgencia del relato.

Hasta aquí, el hecho podría interpretarse como una preocupación legítima por las víctimas. El problema surge cuando se compara este despliegue con el silencio clamoroso que rodea otros casos de abusos sexuales denunciados desde hace meses en la política (principalmente, en el entorno del principal partido de la izquierda española). Casos documentados, con denuncias públicas, que apenas han merecido atención mediática ni indignación política.

No perdamos el tiempo en comparar el eco mediático de los abusos sexuales en la política con los abusos sexuales en la Iglesia, porque eso nos llevaría al menos a escribir 100 posts mas, como viene explicando de forma magistral Josep Miró i Ardevoll en su libro «La pederastia en la Iglesia y la sociedad. El gran chivo expiatorio».

Cuando el abuso sirve al relato

No todos los abusos parecen indignar por igual. Algunos se amplifican; otros se minimizan, se relativizan o se esconden. La vara de medir cambia según quién sea el acusado y qué utilidad tenga el caso en la batalla política. Así, el dolor de las víctimas corre el riesgo de convertirse en instrumento, en una cortina de humo útil para atacar al adversario o para desviar la atención de los propios escándalos.

Esta lógica no protege a las mujeres; las utiliza. No busca justicia; busca poder. Y, paradójicamente, acaba debilitando la credibilidad de las causas que dice defender.

Feminismo selectivo y obediencia partidista
Feminismo selectivo y obediencia partidista

Feminismo selectivo y obediencia partidista

Especialmente llamativo resulta el silencio de muchas dirigentes que se presentan como referentes del feminismo institucional. Mujeres con cargos de responsabilidad que, ante denuncias que afectan a su propio espacio político, han optado por callar, mirar hacia otro lado o repetir el argumentario del líder de turno.

Aquí el feminismo deja de ser una defensa de las mujeres para convertirse en disciplina de partido. La lealtad al poder pesa más que la lealtad a la verdad. Y las víctimas —si no convienen al relato— quedan relegadas al olvido.

El relativismo moral que denunció Benedicto XVI

Este fenómeno no es nuevo. Benedicto XVI lo describió con claridad al hablar de la dictadura del relativismo: una cultura que no reconoce verdades morales objetivas y que acaba justificándolo todo en función de intereses, ideologías o mayorías coyunturales.

Cuando el mal ya no es mal en sí mismo, sino solo cuando lo comete “el otro”, la justicia deja de ser justicia. Y cuando la verdad se subordina al relato, la sociedad entera se degrada.

El abuso sexual es siempre una tragedia. Pero usarlo selectivamente, amplificar unos casos y silenciar otros, es una forma más de violencia: contra las víctimas y contra la verdad.

Más allá de bandos: verdad, justicia y dignidad

Desde una perspectiva cristiana, no podemos aceptar esta doble moral. Ni para atacar al adversario ni para proteger a los nuestros. La defensa de la dignidad de la persona —especialmente de los más vulnerables— exige coherencia, valentía y una mirada libre de intereses partidistas.

No se trata de defender a nadie antes de que hablen los tribunales. Tampoco de condenar sin pruebas. Se trata de exigir igualdad de criterio, respeto a la verdad y justicia para todas las víctimas, sin excepción.

En tiempos de polarización y manipulación, los cristianos estamos llamados a recordar algo esencial y profundamente incómodo:
la verdad no tiene color político. Y la dignidad humana no admite silencios selectivos.

Daniel Fernández

Asociación Cristianos en Democracia

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