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Nerino Cobianchi: santidad de hogar 

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La Iglesia ha reconocido un testimonio que hace mucho bien recordar en un tiempo en que, a veces, parece que la santidad estuviera reservada para “vidas extraordinarias”.

El Papa León XIV autorizó la promulgación del decreto que reconoce las virtudes heroicas de Nerino Cobianchi, fiel laico y padre de familia, nacido en 1945 y fallecido en 1998.

Con ello, la Iglesia lo propone como Venerable: alguien que vivió las virtudes cristianas de manera ejemplar, con constancia y profundidad.

Un padre de familia que puso a Dios en el centro

Lo que vuelve especialmente cercano a Nerino es que su camino no se construyó “a pesar” de su vida familiar, sino desde ella. Natural de  Velezzo Lomellina, en la región de Lombardía (Italia), se casó con Graziella en 1970, y tuvieron dos hijos. Junto a su esposa, se comprometió con la parroquia —en especial acompañando a jóvenes— y en 1975 comenzó también su servicio como voluntario de la Cruz Roja.

Aquí hay un primer mensaje con sabor evangélico: el matrimonio y la paternidad no son un paréntesis en la vida espiritual; son un lugar de encuentro con Cristo. La familia, vivida como “Iglesia doméstica”, no compite con la santidad: la hace posible, concreta, diaria.

El dolor que se vuelve entrega

Nerino tuvo desde niño una relación muy unida con sus padres. La muerte repentina de su padre —por una embolia— lo marcó profundamente, y él mismo asumió desde entonces la decisión de amar y entregarse al prójimo.

Uno de los rasgos más luminosos de su historia es que su caridad no nació de la prisa ni de la mera filantropía. Según se destaca, su acción se sostuvo en una fe alimentada por la oración, la Misa diaria, la Biblia y el rosario.

Eso explica por qué su servicio tuvo “peso” y no solo movimiento: después del terremoto de Irpinia y Basilicata (1980) fue a ayudar; organizó iniciativas para recoger ropa y asistir a personas sin hogar; impulsó ayudas para proyectos en diversos países; y llegó a promover —y acondicionar con sus propias manos— una casa de acogida para jóvenes, pobres, inmigrantes y mujeres víctimas de trata, que se integró luego en la asociación “Pianzola-Olivelli”.

Caridad sin fronteras… con corazón de padre

En 1991, cuando llegaron los primeros refugiados albaneses a Apulia, cargó su furgoneta con alimentos, ropa y medicinas. Buscó compañeros… pero al no encontrarlos, partió solo. Luego siguieron viajes con ayuda humanitaria a lugares golpeados por la guerra y la pobreza; incluso en 1993 regresó desde Bosnia con una furgoneta llena de niños víctimas del conflicto.

Su modo de actuar recuerda al buen samaritano: no se limitó a “sentir pena”; se dejó interrumpir, se implicó, se complicó la vida. No por romanticismo, sino porque había aprendido a mirar con los ojos del Padre.

La última lección: sufrir con esperanza

En 1996 aparecieron los síntomas de la enfermedad que lo llevaría a la muerte: un cáncer ya inoperable. Aun así, siguió pendiente de los más vulnerables (hasta gestionando cuestiones de residencia para jóvenes acogidos) y soñando proyectos de reinserción para personas privadas de libertad. Murió en su casa, en Cilavegna, el 3 de enero de 1998, con fama de santidad.

En su tumba quedó una frase tomada del final de la parábola del samaritano: “Ve y haz tú lo mismo”.
No es un lema “bonito”: es un programa de vida cristiana.

Lo que Nerino dice hoy a los padres de familia

Su testimonio deja pistas muy concretas para cualquier papá que quiera vivir la fe sin escapismos:

  • La santidad empieza en casa: amar a la esposa, educar a los hijos, sostener la mesa, perdonar, volver a empezar.

  • La oración no es un adorno: cuando hay Misa, Palabra y rosario, la caridad deja de ser impulso y se vuelve virtud.

  • La paternidad ensancha el corazón: quien aprende a cuidar en su hogar está más preparado para reconocer a Cristo en el herido del camino.

  • La vida cotidiana puede ser altar: trabajo, familia, parroquia, cansancio, enfermedad… todo puede convertirse en ofrenda.

Nerino Cobianchi no fue un “superhéroe religioso”. Fue —y esto es lo más desafiante— un padre de familia que se tomó el Evangelio en serio, hasta el final.

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