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¿Carne en Viernes de Cuaresma? La sorprendente excepción de un municipio español

Iglesia

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En el mapa de las curiosidades históricas españolas, la localidad de Meco ocupa un lugar privilegiado por un detalle tan cotidiano como sorprendente:

Es el único municipio español que conserva la memoria de una bula papal que autoriza a sus vecinos a comer carne los viernes de Cuaresma.

Dicho así parece una anécdota gastronómica, pero detrás hay logística, poder señorial, política e incluso un refrán que ha sobrevivido siglos.

La tradición sitúa el origen de este permiso en el siglo XV, cuando el Papa Inocencio VIII concedió una bula que dispensaba a la localidad de la abstinencia de carne durante los viernes cuaresmales.

La justificación era práctica: al encontrarse en el centro de la Península, en la posición mas alejada del Mar, Meco tendría dificultades para abastecerse de pescado fresco con regularidad.

Hoy, con camiones frigoríficos y mercados globales, el argumento puede sonar pintoresco; en aquella época, sin embargo, la distancia al mar y la fragilidad de los alimentos convertían una norma religiosa en un desafío de intendencia.

Pero el permiso no se entiende solo desde la despensa. Según la documentación recogida en el Boletín de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo, la bula también funcionó como recompensa por los servicios prestados por Íñigo López de Mendoza, señor de Meco y segundo conde de Tendilla.

En la España bajomedieval, la relación entre Roma, la nobleza y los territorios era un delicado equilibrio de favores, lealtades y prestigio. Una concesión religiosa podía reforzar el estatus de un linaje y, al mismo tiempo, ofrecer una solución “oficial” a un problema material. La bula, por tanto, fue un documento espiritual, sí, pero también una herramienta política.

Con el paso del tiempo, aquel privilegio acabó filtrándose al lenguaje popular. De ahí que naciera el dicho “no valer ni la bula de Meco”, usado para subrayar que alguien no encuentra salida, amparo ni remedio posible: ni siquiera un salvoconducto tan excepcional le serviría.

La expresión tiene algo de ironía amarga: si la bula era símbolo de protección, que “no valga” equivale a estar completamente desprotegido. Es uno de esos casos en los que la historia local se convierte en frase hecha y termina viajando mucho más lejos que el propio pueblo.

La leyenda se alimentó además de otra idea extendida durante años: que Meco era el punto más alejado del mar en España, la localidad “más interior”. La imagen encajaba con el relato del pescado imposible, pero las comprobaciones posteriores matizaron esa creencia: el municipio español más alejado de la costa sería Nombela, en Toledo. El dato no le resta encanto a la historia; al contrario, recuerda cómo los relatos populares simplifican el mapa para hacerlo comprensible, aunque la geografía real sea más tozuda.

Curiosamente, cuando hoy se menciona Meco en titulares, a menudo aparece asociada a la actualidad —por ejemplo, a la conocida prisión de Alcalá-Meco—, lo que crea un contraste llamativo: un lugar con una bula del siglo XV y, a la vez, un nombre habitual en la crónica contemporánea. Esa mezcla de capas —medievales, modernas y mediáticas— demuestra hasta qué punto un municipio puede contener más historia de la que aparenta.

Y si de tradiciones hablamos, la Cuaresma desemboca inevitablemente en la Semana Santa, que en la Comunidad de Madrid y su entorno ofrece celebraciones con fuerte arraigo. Torrejón de Ardoz, por ejemplo, presume de una Semana Santa reconocida por su antigüedad y continuidad documental desde el siglo XVIII, y se suma a otras celebraciones destacadas como la Pasión de Daganzo de Arriba, la Pasión Viviente de Morata de Tajuña o la Semana Santa de Alcalá de Henares, entre otras.

Al final, la bula de Meco no trata solo de carne o pescado. Habla de cómo la religión marcaba la vida diaria, de cómo la política se colaba en los hábitos alimentarios y de cómo un privilegio local puede convertirse en identidad colectiva. En tiempos de calendario litúrgico, Meco recuerda que, a veces, la historia también se sienta a la mesa.

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