El Viernes Santo nos sitúa ante el centro más desconcertante de la fe cristiana: la Cruz.
La Cruz es el lugar donde se revela la hondura del pecado del hombre y la inmensidad del amor de Dios.
Si la Cruz conmueve, no es porque endulce el dolor, sino porque lo muestra en toda su crudeza y, precisamente por eso, deja entrever una belleza que no pertenece al orden de lo meramente sensible, sino al orden de la verdad y del amor.
En un primer nivel, la Cruz es profundamente fea.
Es instrumento de suplicio, signo de humillación pública, lugar de agonía prolongada, manifestación del desprecio con que el mundo trata al inocente.
Nada hay en la crucifixión que resulte espontáneamente atractivo.
No hay armonía visible, no hay serenidad, no hay proporción amable. Todo en ella habla de violencia, de abandono, de vergüenza, de un cuerpo quebrantado y expuesto. Y, sin embargo, la Iglesia la venera, la besa, se arrodilla ante ella en el día más sobrio y más estremecedor del año litúrgico.
¿Cómo puede ser hermosa una realidad así?
La Cruz solo puede ser bella si antes se reconoce plenamente su espanto.
Si se vacía de su fealdad, si se dulcifica hasta volverla sentimental o inofensiva, se la traiciona. Su belleza no brota de una apariencia agradable, sino de lo que revela. La verdadera belleza no consiste solo en lo que agrada a los sentidos, la belleza es su verdad profunda.
La Cruz revela, ante todo, lo que el pecado es realmente.
En el Calvario el pecado aparece con su verdadero rostro: rechazo de Dios, endurecimiento del corazón, violencia contra la inocencia, ceguera espiritual, incapacidad radical del hombre para salvarse a sí mismo.
El Crucificado muestra hasta dónde llega el extravío humano cuando se cierra a la verdad y al amor.
La sublimidad de la Cruz depende de que en ella se haga visible todo lo que necesitaba ser redimido: nuestra miseria, nuestra violencia, nuestro autoengaño, nuestra lejanía de Dios.
Los Padres de la Iglesia comprendieron con admirable lucidez que lo que no es asumido, no es redimido. Cristo carga con el peso entero de la condición humana herida, y al cargar con ella la deja al descubierto. La Cruz es el espejo en el que contemplamos la verdad de nuestro pecado sin maquillaje.
La Cruz no solo pone de manifiesto el mal del hombre; revela, sobre todo, la forma del amor de Dios.
En el madero del Viernes Santo, Dios se da a conocer como amor que se vacía, que se entrega, que permanece fiel incluso en el abandono.
He ahí la paradoja central de este día santo: la fealdad extrema de la Cruz es el lugar donde se revela la belleza suprema del amor.
La Cruz nos deja sin palabras porque nos obliga a elegir qué entendemos por realidad.
La Cruz revela que el corazón de Dios es amor trinitario derramado hasta el extremo.
Por eso el cristiano no besa la Cruz por gusto al sufrimiento, la besa porque reconoce en ella el lugar donde su pecado ha sido expuesto y su esperanza ha sido fundada. La besa porque en ella descubre quién es Dios y quién es él mismo. La besa porque sabe que, desde el Viernes Santo, ya no puede medir el mundo con los criterios de la fuerza, del éxito o del brillo superficial, sino con la medida del amor crucificado.
La Cruz es bella porque es verdadera.
Y es verdadera porque en ella aparece, sin velos, el horror del pecado y la gloria de la misericordia.
Ese es el misterio terrible y luminoso del Viernes Santo: que solo una Cruz profundamente fea podía revelar una belleza tan alta.









