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Geopolítica educativa (XVII) – Trabajo, IA y sueños de grandeza

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Dice que quiere hacer inversiones. No levanta un dedo del suelo, pero se cree la diosa Atenea. No parece en nada y por nada que quiera trabajar, solo deja por sentado que desea que el dinero (lo gane o no) trabaje para ella.  Sin hacer nada. Sin esfuerzo. Sin saber si lo que hace está bien o está mal. Ni se preocupa por saber cómo hacerlo, ni mirar dónde aprender, ni cómo aplicar el conocimiento. Se desconoce. Se despreocupa. Solo le conturba no poder conducir el auto de sus sueños, pero no sabe cuál. Quiere lo que no sabe querer. Ni eso sabe.

¿Saber? ¡Le reconcome la conciencia el que quiere invertir, pero no te impacientes! No le lleves la contraria, porque se pone en tu contra. “Quiere invertir”. Suena guay. Pero la oportunidad la pierde con solo repetirlo: “Quiero invertir”. Y lo va repitiendo, y se cree que así ya está en el parqué de Wall Street, y ahí se siente. Mientras, pasa por el quirófano, pues le han dicho que si se estira la piel y se retoca el mentón a lo de aquella cantante, se sube los ojos como el presentador de las noches y se baja la nariz como la actriz del cuplé, encontrará aquella historia de amor de su delirio, aunque la realidad (cuando no está flipada) le deja entrever que su sueño empieza y termina con el cuento de la lechera; pero ella “cree en sí misma”, tiene fe en “su gran potencial”, pero a Dios olvida. ¿Es así como alcanzará su sueño? Vamos a estudiarlo.

Dar un porqué

Hay que educar. Hay que enseñar a ser uno mismo sin huir de la realidad. Hay que animar a empoderarse con el trabajo bien hecho, no con la imaginación en las nubes. He ahí el poder (ganado a golpe de tesón) que tenía antes, no hace mucho, la educación. La buena educación, que la mala hasta aquí nos ha derivado. Y sigue perdiéndonos en la jungla donde se vomita inquina, donde el poder de la envidia da el premio arrebatado con la traición ejecutada por el (pretendidamente) más fuerte, que es quien más desvergüenza ostenta.

La educación. ¿Ahora? Se les enseña a los pupilos a timar a propios y extraños, pues lo siguiente que hacen (y sin dudar) es defraudar a Hacienda, para ellos el enemigo número dos. A decir verdad, el enemigo (sea quien sea) es aquel que se interpone en su camino. Tenga razón o se equivoque. La “razón” el pupilo la tiene siempre él. Eso le dice su sueño. “Su visión”. Eso le ha enseñado la escuela, que se pavonea de una geopolítica global basada en invertir en uno mismo… a costa del otro. Hasta de su madre.

Esa geopolítica educativa que se expande y sufrimos todos es la consecuencia de la secuencia mentira-mentira-mentira que mamamos por todos los medios, difundida por una comunicación pervertida y perversa aupada por la publicidad salvaje en todos los medios… hasta que tiramos la cadena del inodoro. Detrás vamos todos, atarantados como el asno con las orejeras bien dispuestas a fin de perseguir con zozobra la zanahoria en la punta de su nariz.

Es el estribillo. Lo aprendemos todos en la publicidad multicanal que nos invade, maestra del birlibirloque del tráfico de productos y personas, que se entremezclan con la doble moral del ambiente, rancio de tanto engaño, hasta por parte de aquellos que procuran las oposiciones al Estado, con ansias de ser aclamados “servidores del Estado”, y solo sirven al sistema. Aquel sistema que a ellos mismos los ha conformado y aupado. Les tienen la voluntad adormecida por ensueños de ser el centro.

Con este ardor, se arrastran cual peleles del sistema que ellos mismos critican, dejándose −sin advertirlo− someter por los poderosos que desde atrás −allá arriba− mueven los hilos. Pues hoy −tristemente− los conocimientos se aprenden en la calle, en la Gran Avenida, el paseo peatonal de vía única de la tele, con su propia moral, aquella que promueven los creadores del sistema, los que se amagan detrás, los que gozan arriba, que chupan la sangre −y así viven− de los que caen, tanto si se levantan veinte veces como si ya no pueden hacerlo. Este sistema mata.

“¡Y he aquí, el cambio de época!”

Y ahora, la IA (llámese “inteligencia artificial”), tan poderosa y tan artificial que los hay que la escriben con mayúsculas. Defienden todos sus promotores que ha venido para quedarse, no para arrasar con la cultura, sino “para que las personas que aportan valor valgan por diez”. ¿Será eso posible? ¿Por cuánto tiempo? ¿No estamos perdiendo el tiempo a base de perseguirlo? ¡Nos dicen que ya no tendremos que trabajar, y ahora resulta que “crearemos valor”? ¡Qué trola! ¡Qué infierno!

Será cuestión de conservar el tipo y la calma. El quid está, ahora, en si la IA nos permitirá transferir conocimiento o nos lo bloqueará, siguiendo esos los nuevos “creadores de contenido” las pautas marcadas bajo llave por los creadores de la IA en cuestión, lo cual se traduciría en ingresos y control conceptual por parte de estos. De conseguir imponer la segunda vía, tenemos servido el control social mucho más avanzado e incontrolable que en la actualidad. Y contra él, no habrá más geopolítica educativa que la que repita la IA en la tele, en el metro y en el bidé. ¡Para tirar la cadena y desaparecer!

Profecía cumplida

¿De dónde venimos, pues? Del desistimiento de la propia obligación. Ya nos avisaban algunas voces pioneras en la revolución de la contrarrevolución, cuando los hilos de los poderosos aún no se veían mover a sus títeres. Uno de aquellos profetas fue san Josemaría, a través de cuyas enseñanzas abrió camino con la oposición a esa jungla de la que hablábamos. ¿Cuál fue su visión? Algo tan simple que solo habían intuido algunos santos hasta entonces: el deber de la santificación del trabajo. −Una llamada universal−.

Ciertamente, trabajar cuesta. Trabajar bien, cuesta más. Aunque, a decir verdad, también cuesta (aún más) trabajar mal, y además, cuando se trabaja mal, el fruto y sus consecuencias no serán de provecho ni para uno mismo ni para nadie. La chapuza no merece a su dueño más que la advertencia de un santo que nos ha abierto camino: “Hacer crítica, destruir, no es difícil: el último peón de albañilería sabe hincar su herramienta en la piedra noble y bella de una catedral. —Construir: esta es la labor que requiere maestros” (Camino, n. 456. Josemaría Escrivá de Balaguer).

Conclusión: Debemos educar para la excelencia, con una enseñanza de máximos, no de mínimos. De lo contrario, nuestra sociedad nos arrastrará más y más hacia la chapuza, la comodidad de una vida insulsa y vacía que no pide nada de sí misma, ni da ni comparte si no es por interés. Las consecuencias (lo vemos) son el hastío y el mal multiplicado hasta la enésima por sí mismo, con el único intento de llenarlo todo (ambiente, calle, alma) de la materia adulterada de la Mentira, con la pretensión de ser el rey del mambo. Y todo −que no falte− exigiendo una retribución que no merece, para seguir pagándose la vida con la huida de sí mismo, por medio de cuantos artificios sobrevengan, en cuyo centro se entroniza la droga. Será −obviamente− origen y fin de una misma consecuencia: la falsedad.

Geopolítica educativa (XVI) – La mirada y el foco

Twitter: @jordimariada

Ciertamente, trabajar cuesta. Trabajar bien, cuesta más. Aunque, a decir verdad, también cuesta (aún más) trabajar mal. @jordimariada Compartir en X

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