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¡A ver quién la dice (y la hace) más gorda!

Se oyen afirmaciones que no se las cree ni quien las profiere. Más aún, el propietario de semejantes improperios sabe que no delira sino que miente, pero que no se note de cara a la galería… por lo que se pueda decir de él, aupado como va por la crecida de la marea. Porque lo que buscan semejantes personajillos no es satisfacer y satisfacerse de saber y de pensar, sino pavonearse de su capacidad innata de incendiar al personal mintiendo, de defecar ahí en medio en paños menores (¡o sin paños!) para que sea contemplado como obra de arte. Como si fuese el fruto de largas oraciones, que ahora llaman “mindfulness”.

¿Es que hay quien dude, de hecho, que es arte? “El arte tiene que provocar”, aseguran los “artistas del futuro” tambaleándose en la peonza que les subvencionan empresarios de renombre a quienes admira la plebe, solo porque son esos que aclaman todos los medios y que les piden autógrafos por las esquinas como si fueran también ellos artífices de semejante barbaridad… que en rigor ni es barbaridad ni es arte: es un excremento que habla y apesta como credencial de sus inclementes exuberancias intestinales. Y punto.

Repiten y repiten regurgitando sandeces que rompen con el sano pensar y el recto obrar. ¡Que salga quien no aplauda, que lo machacamos! ¡El arte es arte, y punto! ¿Qué es el arte? ¿No es un estupefaciente que nos facilita la lubricación de las exuberancias inclementes de la puta vida? ¡Pasado de moda el memo que no se lo crea! (…o al menos, que lo diga). Calladitos todos, ¿eh? Va a hacer entrada el “arte del futuro”, ese que ya está aquí y del que prospera su tufo porque lo digo yo.

¿Por qué se escudan en afirmar que el “artista del futuro” sabe interpretar el sentir del niño, con sus formas y colores primarios, pero no hay nadie (que me digan quién, pues no lo conozco) que haya pagado esos precios escandalosos a un niño? La respuesta la intuye la humilde pescantina del pueblo más remoto del “pasado”: “porque no es arte, es mierda”; eso es, lo que hace un niño y hacemos todos (con perdón) en el retrete. Y lo sabe un niño.

Perdónenme ustedes, señorías, pero ya habrán intuido mi desatino, que es simplemente el levantar la voz para discrepar del eslogan de la corriente triunfante, esa mainstream que nos arrastra a pandemias de todo tipo, cada vez más inclementes y masivas, pero que no nos soluciona nada, sino que aún lo complica más. En la sociedad posmoderna hay que discrepar, en la post-covid, ya lo veremos. “Ellos” discrepan de la razón bimilenaria, yo discrepo de “ellos”. ¿Por qué a ellos se les permite, y a mí se me sanciona?

¡Escándalo es lo que es! El otro día, buscando una subvención aludiendo al valor de la Navidad en esas cosas que se andaba aquella institución que pide dinero justo por Navidad, me dijeron que para ellos la Navidad no existe, pero que hacen campaña por Navidad, “porque saben que la gente está más sensibilizada en esas fechas”. Y la atrevida se atrevió a tenderme una trampa para tentarme: “¿Cómo lo ves tú?”. Ni corto ni perezoso, le solté: “Eso demuestra precisamente que creéis en la Navidad… y ellos, también”. Y, ¿cómo no?, explotó: me soltó su defecación con el piloto automático. Eso es “el arte del futuro”, señores, lo que dicen que es lo que no es: la gran mentira posmoderna. ¿Te apuntas?… ¿o te atreves a ser tú?

Repiten y repiten regurgitando sandeces que rompen con el sano pensar y el recto obrar. ¡Que salga quien no aplauda, que lo machacamos! ¡El arte es arte, y punto! Clic para tuitear
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