En los últimos meses, el Gobierno de España ha dado un paso más en su intento de consolidar el aborto no solo como una práctica legal, sino como un supuesto “derecho” integrado en la salud de la mujer. Ante la imposibilidad de elevarlo a derecho fundamental en la Constitución, se recurre ahora a un atajo político: revestirlo de lenguaje sanitario, como si eliminar una vida humana pudiera equipararse a curar una enfermedad.
Pero la cuestión es mucho más profunda —y mucho más grave— de lo que sugieren los eufemismos.
Porque no todo lo legal es justo, ni todo lo que se presenta como derecho lo es en realidad.
Cuando el lenguaje oculta la verdad
Hablar de aborto como “derecho a la salud” no es solo una manipulación conceptual; es una forma de ocultar lo esencial: que estamos ante la eliminación deliberada de una vida humana en sus primeras etapas de desarrollo.
El lenguaje se convierte así en instrumento ideológico. Ya no se habla de hijo, sino de “interrupción”; ya no de vida, sino de “proceso”; ya no de decisión irreversible, sino de “libertad”. Y, sin embargo, la realidad permanece: una vida que comienza y que es interrumpida.
La misma lógica se aplica a la eutanasia, presentada como acto de compasión cuando en realidad consiste en provocar la muerte de quien sufre. En ambos casos, la sociedad corre el riesgo de aceptar como “misericordia” lo que, en el fondo, es la renuncia a cuidar, acompañar y proteger.
Prohibir incluso la verdad
Aún más inquietante resulta la deriva reciente hacia la restricción de la información. La posibilidad de que una mujer embarazada pueda ver una ecografía o escuchar el latido del hijo que lleva en su seno ha sido objeto de polémica política hasta el punto de plantearse su limitación en determinados contextos.
Es difícil no preguntarse:
¿qué derecho teme la verdad?
Si el aborto es presentado como una decisión libre e informada, ¿por qué se teme que la mujer conozca plenamente la realidad de su embarazo? ¿Por qué incomoda que pueda contemplar, escuchar o comprender mejor lo que está en juego?
La verdadera libertad no puede construirse sobre la ocultación, sino sobre el conocimiento. Y una decisión de tal gravedad exige, precisamente, más verdad, no menos.
¿No resulta un escándalo, que para comprar una caja de cigarrillos nos obliguen a ver imágenes terribles sobre las consecuencias del tabaco en nuestra salud, pero que para abortar, se prohiba expresamente mostrar las consecuencias de sus actos a quienes estan valorando cometer tal atrocidad?
La vida como moneda política
Resulta imposible ignorar el contexto político en el que se impulsan estas medidas. En una sociedad profundamente dividida, donde cada voto cuenta, cuestiones de enorme gravedad moral como el aborto o la eutanasia corren el riesgo de convertirse en herramientas de consolidación electoral.
Cuando la vida de los más vulnerables —los no nacidos, los enfermos, los ancianos— se somete al cálculo político, la democracia misma se resiente. Porque una sociedad que no protege a quienes no pueden defenderse difícilmente puede llamarse plenamente justa.
Ni misericordia ni derechos
Desde la perspectiva cristiana, la cuestión es clara: no puede llamarse misericordia a aquello que elimina la vida, ni derecho a lo que vulnera el derecho fundamental de todo ser humano a existir.
La misericordia auténtica acompaña, cuida, sostiene y ama, incluso en las situaciones más difíciles. No elimina el sufrimiento eliminando al que sufre. El derecho auténtico protege al débil, no lo sacrifica.
Una llamada a la conciencia
Frente a esta cultura que disfraza de progreso lo que en realidad supone un retroceso moral, los cristianos estamos llamados a mantener una mirada clara y valiente. No desde la condena de las personas, sino desde la defensa firme de la verdad.
Porque lo que está en juego no es solo una cuestión legislativa o ideológica.
Está en juego la concepción misma del ser humano y de su dignidad.
Y cuando una sociedad comienza a decidir quién merece vivir y quién no, deja de ser verdaderamente humana.
Daniel Fernández & Jucho










