Voy a abrir un buen melón. Y lo voy a abrir con toda la dignidad que me permite mi bagaje cultural, que es el que es. Esos veranos en los que aparecen vendedores ambulantes por los pueblos vendiendo lotes de tres melones a 5 euros, y tú, con el billete sudado en la mano, pensabas que estabas comprando fruta… pero en realidad estabas comprando el huerto robado dos pueblos más allá.
Pues eso, hoy abro el melón del cariz que está tomando cierta evangelización en redes, con “influencers católicos”, métricas, links, “códigos de descuento” y, a veces, la sensación incómoda de que el Evangelio se nos está quedando con olor “de tres melones por 5 euros”.
Antes de que alguien se me ofenda, no estoy diciendo que las redes sean malas, ni que quien comunica la fe en internet sea automáticamente un mercader del templo. Sería absurdo y demasiado exagerado por mi parte.
Pues San Pablo usó las calzadas romanas y nosotros usamos la WIFI. Y justo por eso me parece muy real y muy certera esa expresión de Benedicto XVI sobre el “continente digital”.
Es real, hay gente que, existencialmente, no vive “en Europa” o “en Madrid” o “en su barrio”. Vive en internet, habita allí, se informa allí, se entretiene allí, se deprime allí y se forma o se deforma allí.
Es obvio, dónde está el hombre, tiene que estar la Iglesia. Por tanto, si existe un continente digital, existe misión.
La cuestión de vital importancia aquí no es el medio, sino el espíritu. Pues el problema de ese “nuevo continente” es cuando, sin darnos cuenta, lo que era misión empieza a parecer carrera profesional, o lo que era testimonio se convierte en marca personal, y lo que era “gratis lo recibisteis, dadlo gratis” se nos enrarece en tarifas millonarias y estrategia de crecimiento.
Porque, simplemente atendiendo al pasado ¿Cómo evangelizaron los apóstoles? No con una “comunidad premium”.
Evangelizaron a pie, con polvo en las sandalias, con el corazón encendido y la vida en juego.
Anunciaban a Cristo crucificado, escándalo para unos y necedad para otros, pero poder de Dios para el que cree. No iban buscando quedar bien o hacerse de oro, iban dispuestos a perder. Pues el anuncio cristiano nace de una gratuidad que no es cuestión de estatus ni es postureo.
Aquí es donde el melón se me pone serio. Vamos a aclarar ciertas cosas, entiendo perfectamente —perfectamente— que si alguien da una charla, se le paguen gastos de desplazamiento, alojamiento, incluso una compensación razonable por el tiempo invertido. Eso es justicia, no mercantilismo. “El obrero merece su salario”, dice la Escritura. Y también hay familias, hipotecas, gasolina a precio de penitencia y trenes españoles que parecen indulgencias plenarias por lo que uno arriesga la vida. Bien, todo totalmente entendible.
Pero una cosa es sostener al mensajero y otra es convertir el mensaje en profesión. Porque si es así entramos en algo que parece un chiste de currículum y o lloras o te da la risa nerviosa, “proveedor de servicios espirituales”.
Cuando uno es evangelizador de profesión y no de vocación, corre el riesgo brutal de que la misión se convierta en un mercado.
El mercado todos sabemos que es muy peligroso y que juega con leyes propias como fidelizar, escalar, monetizar, diferenciarse, generar engagement. En el mercado, si no subes, te hundes. O peor aún, si no llamas la atención, desapareces. ¿Y qué pasa entonces?
Se nos cuela, como lluvia fina, un cambio de lógica. La misión ya no se trata de “dar la vida”, sino de “mantener el canal”. Y aparece además otro término muy preocupante, ya no se trata de “ser testigo”, sino de “ser referente”.
En última instancia aparece algo peor, ya no es “anunciar a Cristo” lo importante, ahora cobra más protagonismo “gestionar una audiencia”.
Hasta que un día, sin darte cuenta, te descubres midiendo el fruto espiritual en este mundo por los likes y la conversión por las visualizaciones…De locos, de locos. Corremos el riesgo de convertirnos como la mujer de Lot en “estatuas de sal”, paralizados, incapaces de anunciar con libertad por miedo al algoritmo.
Me viene a la cabeza esa imagen antigua y poderosa de Cristo presentado como héroe cuando se evangelizó a pueblos germánicos. La fe fue traduciéndose a un lenguaje cultural comprensible, como el Heliand o como ciertas lecturas simbólicas de Beowulf.
Eso era inculturación, es decir, usar lo que un pueblo entiende para señalar a Alguien que lo supera todo. Y, ojo, esa inculturación tenía un criterio, no se trataba de hacer “una historia épica para que la gente se entretenga”, sino de apuntar al Misterio, de conducir hacia la verdad y de purificar lo pagano sin destruir lo humano.
Hoy también hablamos de inculturación cuando hablamos de redes, pero a veces parece que la cultura no es un idioma para anunciar a Cristo, sino que Cristo se vuelve “personaje” dentro de la “comunidad online” o de los “creadores de contenido”.
Y aquí hay una frase de Ramón Cabanillas que, aunque venga de la literatura, nos puede ayudar: “Tendrán que ir, penitentes, a conquistar el Santo Grial”. Penitentes, no protagonistas.
Penitentes es gente que sabe que no se salva por su brillo, sino por la gracia.
La búsqueda del Grial —como símbolo de la búsqueda de Dios— es una purificación. Y esto es clave en todo este melonar, cuando el centro es el cáliz, el caballero se descentra. Cuando el centro es la audiencia, el evangelizador digital se centra.
Lo digo claro, no es normal hacer cartas de presentación y cobrar justificando “salvar almas”. Porque no se puede cobrar por algo que no es tuyo. Aunque nos pese, nadie “salva almas”. La salvación es obra de Dios, nosotros solo cooperamos, nosotros tan solo somos instrumentos.
Además, el mercantilismo no solo corrompe al mensajero, también deforma al oyente. Todos hemos experimentado “noches oscuras” y es difícil mostrarlo en redes sociales cuando tu sueldo depende de tu fe. Incluso las misma niñas de Garabandal por la presión social llegaron a interpretar una experiencia como ellas misma reconocen.
No nos pongamos tensos. He visto con mis propios ojos mucho bien en personas que comunican la fe con valentía en internet. He visto conversiones, mucho consuelo. He visto una intachable defensa de la verdad. Y doy gracias por todo ello.
Pero aquí viene el matiz clave, que la Iglesia tenga que estar no significa que todos tengamos que estar y mucho menos que tengamos que estar porque sea negocio. Debe de haber un discernimiento, igual que no todos los sacerdotes son llamados exorcistas o capellanes penitenciarios. La suerte del cristiano es que hay carismas y vocaciones.
Igual que la Iglesia debe estar presente en el mundo del arte sin que todos seamos pintores, o en el mundo de la música sin que todos seamos músicos, también debe estar en redes sin que todos tengamos que jugar a creadores de contenido.
De hecho, yo aprecio muchísimo —y lo digo en serio— a quienes hacen un testimonio de fe frente a redes como respuesta a su misión en este mundo. Pero por otro lado, me chirrían esos CV de apóstoles que piden grandes sumas de dinero, donde lo divino se confunde y se empobrece con lo humano.
En este momento la pregunta es ¿Qué debo hacer por amor a Dios y no a mi mismo? Esa pregunta nos afecta a todos.
Pienso en esas monjas de clausura que, desde fuera, parecen “detrás de unas verjas”, pero en realidad están en el corazón mismo de la Iglesia, sosteniendo el mundo con su oración. O esas abuelas que desde la butaca del salón concatenan rosarios por el alma de sus nietos. ¿No “trabajan” ellas para el Reino?
Ahora bien, aceptado que el “continente digital existe” y que algunos deben de estar allí, veo un riesgo muy claro, el desarraigo. Hoy habrá muchísimos católicos que “consumen” evangelización online y no saben cómo se llama su párroco. O ni ubican a su obispo.
Esto cambia el paradigma y abre nuevos peligros. Tales como mucho contenido y poca pertenencia. O también mucha opinión y poca vida sacramental. Incluso otro no menos preocupante, mucha emoción grupal y poca comunidad real.
El cristianismo y esta nueva “moda” de la que tanto se habla no es una serie de ideas que consumo. Es Encarnación, es un Cuerpo y es Real. De ahí que debemos de tener claro que Internet puede ser puerta, pero no casa definitiva.
Pero —y esto es lo decisivo en redes — hay que tener en cuenta que ningún ejército manda soldados al frente sin retaguardia, sin logística, sin comunicaciones seguras, sin descanso y sin apoyo.
Aquí está nuestra gran ingenuidad, muchos católicos se lanzan a las redes como si fueran una conversación neutral, como si fuera “solo comunicar”. Y no, las redes son terreno de combate espiritual. Si todo el tiempo invertido en redes no se compensa y sostiene con oración, hay mucho riesgo de que el monstruo te devore.
Por eso yo también diría, como muchas veces me ha comentado nuestra colaboradora Mar Dorrio, “para estar en redes hay que compensar con muchas horas de Sagrario”.
En redes te expones a vanidad, a ira, a comparación, a orgullo, a impulsos reactivos, a la necesidad de gustar, a la herida del “like”, a la cancelación, a la adicción al impacto.
Si no hay Sagrario, te conviertes en un activista desquiciado y sin darte cuenta el “yo” se come a Cristo.
El Sagrario es la cámara acorazada del evangelizador y esto va para todos. El lugar donde se purifica la intención y donde todo se pone en su sitio.
Ante el Sagrario uno aprende cuando hablar o cuando callar. Es el Sagrario el lugar donde te acuerdas de lo esencial, no has venido a ganar discusiones ni a coleccionar seguidores; has venido a amar, a servir, a anunciar a Cristo y a desaparecer si hace falta.
Por eso, si al final de todo este batiburrillo de ideas me preguntas dónde está el equilibrio, yo, sabiendo poco, lo formularía así:
Sí al continente digital como misión
Sí a la creatividad en redes para anunciar a Cristo
Sí a la defensa de la fe cuando sea necesaria… pero con raíces, no nos vayamos por las ramas.
Cierro el melón aquí. El que sólo se arrodilla ante Cristo no se arrodilla ante este mundo. Y eso, en el continente digital, es ya una forma de salvación y de victoria.
“No quieras ser como aquella veleta dorada del gran edificio: por mucho que brille y por alta que esté, no importa para la solidez de la obra. –Ojalá seas como un viejo sillar oculto en los cimientos, bajo tierra, donde nadie te vea: por ti no se derrumbará la casa.” (Camino, 590)








