Hay momentos en los que una sociedad deja de enfadarse y empieza, sencillamente, a estar harta. El enfado todavía conserva esperanza: que alguien escuche, rectifique y haga su trabajo. El hartazgo es otra cosa. Es mirar alrededor y preguntarse: ¿de verdad tenemos que volver a explicar lo evidente?…Y en Ceuta ese sentimiento tiene otro volumen.
No hablamos de tertulias ni de siglas sino de una ciudad pendiente de su frontera, de su seguridad y de una presión migratoria que no apareció ayer. Y ahora aparecen informaciones según las cuales las autoridades españolas habrían recibido avisos previos sobre lo que podía ocurrir, incluso procedentes de los servicios de inteligencia. Esta información ya está confirmada y me pregunto quién sabía qué, cuándo lo sabía y qué hizo con esa información.
Aquí aparecen las declaraciones de Marlaska y Pedro Sánchez. De traca. Puro sofisma… porque existe una diferencia entre explicar los hechos y construir un relato para que los hechos encajen en él.

Mientras tanto, Ceuta, España, necesita respuestas.
Pero se topa con el problema de la concupiscencia del poder, ese deseo de conservarlo hasta convertir la presidencia en una aspiración sempiterna. Cuando mantenerse se convierte en el objetivo, la pregunta deja de ser «¿qué necesita España?» para convertirse en «¿cómo salgo yo de esta?».
Pero conviene no confundir hartazgo con debilidad.
España ha demostrado muchas veces que sabe aguantar y, llegado el momento, ponerse en pie. En Covadonga, Pelayo quedó convertido en símbolo de una resistencia que se negaba a aceptar que todo estaba perdido. Años, siglos después, vimos algo parecido en las calles de Ermua: el asesinato de Miguel Ángel Blanco consiguió que millones de españoles aparcaran diferencias y salieran juntos a decir basta al terrorismo.
Y quizá el espíritu español tenga algo de Pelayo y mucho de San Isidro. De Pelayo, la capacidad de plantar cara cuando parece que todo está perdido; de San Isidro, la perseverancia humilde de quien vuelve a levantarse cada mañana y sigue trabajando aunque la cosecha tarde en llegar.
Y también, gracias a Dios, algo de Santa Teresa: «Nada te turbe, nada te espante». No como invitación a callar o resignarse, sino como recordatorio de que el miedo jamás debe arrebatarnos la capacidad de actuar.
Porque quien te traiciona una vez, lo puede hacer mil veces más, porque no hace falta beber el océano entero para descubrir que es salado. La confianza se pierde cuando demasiadas veces las contradicciones, las mentiras, las rectificaciones y explicaciones empiezan a parecer una rutina.
El modus operandi estólido de Pedro Sánchez —tal como muchos ciudadanos perciben su manera de afrontar las crisis— parece consistir en esperar a que el problema crezca, minimizarlo, resistir las críticas y presentar después como estrategia lo que parece haber sido reacción. Como conducir mirando por el retrovisor y culpar a la carretera después del choque.
Todos pueden equivocarse. Lo preocupante es que parezca más peligroso reconocer el error que haberlo cometido.
Hay un refrán judío que dice: «Nunca te acerques a una cabra por delante, a un caballo por detrás y a un tonto por cualquier lado». Podría aplicarse a esta rama corrupta del Partido Socialista: más vale mantener cierta distancia, porque al final los pillan. Lo verdaderamente estólido es creer que nadie descubrirá nada, pero los informes aparecen, las fechas se comparan y alguien termina tirando del hilo.
Si, como se está señalando, hubo avisos sobre Ceuta y determinada información llegó desde el CNI, pero después se sostuvo que no existía información concerniente a lo ocurrido, esto exige investigación seria, no titulares.
Una cosa es no poder preverlo todo y otra muy distinta es que se avise y después parezca que nadie sabía nada.
El hartazgo ceutí no es una pataleta. Es exigir algo elemental: que el Estado esté cuando hace falta, que la frontera importe antes de la crisis y no cuando llegan las cámaras.
Y quizá aquí esté lo esencial. España puede cansarse, puede indignarse, puede sentirse abandonada, pero no es un pueblo que se rinda fácilmente. Lo ha demostrado frente a invasiones, terrorismo, catástrofes y momentos en los que parecía imposible encontrar un punto de unión.
Ceuta también puede estar cansada, indignada y puede sentirse sola.
Pero cansancio no es rendición. Hasta la olla más resistente tiene un límite y cuando llega, el problema no es la olla, es todo lo que se ha estado echando dentro. Quizá por eso el refrán italiano resulte una conclusión tan incómoda como apropiada: «La madre de los idiotas siempre está embarazada».
Porque siempre habrá quien piense que nadie se enterará, que los ciudadanos olvidarán y que una rueda de prensa puede tapar una contradicción con otra. Pero la sociedad española tiene memoria.
Y Ceuta, también.
Jucho



