La música tiene una forma misteriosa de decir lo que las palabras apenas alcanzan a rodear. Escuchamos la belleza y, de pronto, sentimos que querríamos pertenecer a ella.
Quien se ha detenido a escuchar con recogimiento el segundo movimiento del Concierto para violín en mi menor, Op. 64, de Felix Mendelssohn, puede comprenderlo. El deseo de una belleza que nos excede.
C. S. Lewis, en The Weight of Glory, comprendió que las obras bellas no son el término último de nuestro deseo, sino signos que remiten a una realidad más alta. La belleza de la música, de la literatura o de la naturaleza no se agota en sí misma; más bien, se nos ofrece como una huella, como un resplandor pasajero de aquello que el corazón busca desde siempre. Por eso la belleza conmueve. No queremos simplemente contemplarla o escucharla; quisiéramos entrar en ella, ser transformados por ella, participar de su armonía.
Esta intuición alcanza una particular hondura cuando se aplica a la música litúrgica. En la celebración cristiana, el canto no es un adorno está destinado a embellecer superficialmente la ceremonia. Es parte constitutiva de la acción litúrgica. A lo largo de la Sagrada Escritura aparece con frecuencia la invitación a cantar, porque el pueblo de Dios canta movido por la necesidad y por el gozo.
El canto litúrgico surge, en último término, como un don del Espíritu, que viene en ayuda de nuestra pobreza expresiva.
Por medio de él, la asamblea responde al amor con que Dios la ha amado en Cristo. El canto pone al pueblo en comunicación con Dios, favorece la unidad, integra a la comunidad celebrante.
Precisamente por eso, la música en la liturgia debe ser cuidada con exquisito esmero. No todo canto religioso es litúrgico.
Una composición puede ser emotiva, bella o popular, y, sin embargo, no ser adecuada para la Misa.
El canto litúrgico debe estar al servicio de la fe y de la caridad de la comunidad; debe inspirarse en la Escritura, en los textos de la liturgia y en el misterio celebrado. La música, no busca exhibirse, sino conducir a la contemplación.
De ahí la importancia de una verdadera formación litúrgica para quienes integran un coro parroquial. No basta cantar bien, tener buena afinación o dominar un instrumento. El coro no es un grupo artístico autónomo ni un conjunto destinado al lucimiento personal; es un ministerio al servicio de la Iglesia.
Su misión consiste en ayudar a la asamblea a orar, no en sustituirla; en elevar la celebración, no en interrumpir su ritmo; en conducir hacia Cristo, no en atraer la atención sobre sí mismo.
Reglas fundamentales para un coro en la Misa
Un coro litúrgico debería observar, al menos, algunos criterios esenciales.
Primero, debe respetar la naturaleza y los tiempos de cada rito. Hay cantos que son rito en sí mismos, como el Gloria, el salmo responsorial, el Aleluya, el Santo y el Cordero de Dios. Otros acompañan un rito, como el canto de entrada, el de presentación de ofrendas y el de comunión. Por tanto, no deben prolongarse innecesariamente. El canto de entrada acompaña la procesión inicial; el de comunión acompaña la distribución de la Eucaristía; el Cordero de Dios comienza con la fracción del pan, no durante el saludo de la paz.
Segundo, los cantos deben ser verdaderamente litúrgicos. No se deben introducir cantos profanos dentro de la celebración, ni canciones religiosas pensadas para convivencias, retiros o encuentros pastorales si no fueron concebidas para el culto divino. La Misa no es el lugar de la improvisación ni del sentimentalismo desordenado.
Tercero, los textos deben ser fieles a la oración de la Iglesia. No basta que una canción mencione “Gloria”, “Aleluya” o “Cordero de Dios” para que pueda emplearse en la liturgia. Cuando se canta una oración propia de la Misa, debe respetarse su texto, sin alterarlo para hacerlo más cómodo, más breve o musicalmente más atractivo.
Cuarto, la selección musical debe corresponder al tiempo litúrgico y a la celebración concreta. Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua, solemnidades, fiestas patronales, bautismos, matrimonios, confirmaciones o exequias requieren cantos adecuados a su sentido espiritual.
Quinto, el coro debe actuar siempre en coordinación con el sacerdote que preside y con profundo espíritu de fe. La selección de cantos no debe improvisarse minutos antes de la Misa, ni depender únicamente del gusto personal de los músicos.
Sexto, los miembros del coro también participan en la Eucaristía. No están dispensados de escuchar la Palabra, responder, guardar silencio, orar y vivir interiormente el misterio que se celebra. Su servicio no los coloca fuera de la asamblea, sino dentro de ella con una responsabilidad particular.
Finalmente, el coro debe recordar siempre que no está llamado a ser protagonista. En la Misa, el centro no es la voz, el instrumento, la armonía ni el aplauso.
El centro es Cristo.
Si el coro sirve con humildad, belleza y obediencia litúrgica, la música no entretiene a la comunidad, sino que la conduce hacia Dios.



