Hace unos días, un sacerdote lanzaba en Twitter una pregunta directa: «¿Estás dispuesto a morir por decir que eres cristiano?». Me sorprendió la cantidad de respuestas afirmativas, muchas de ellas rotundas. Yo, sin embargo, me quedé pensativo.
¿Cuál sería mi respuesta? La verdad es que no lo sé. Me gustaría que fuera un sí tan firme como el de quienes respondían en la red social. Pero ¿hasta dónde llega realmente mi fe? No tengo una respuesta clara.
San Pedro juró que no abandonaría a su Señor, que estaría con Él hasta la muerte si fuera necesario. Sin embargo, apenas unas horas después, lo negó tres veces. Y eso que Cristo se lo había advertido. Si Pedro no fue capaz de dar su vida por Jesús en aquellas horas oscuras, ¿cómo voy yo a atreverme a responder con un sí rotundo a una pregunta semejante?
Desconozco si quienes respondían afirmativamente lo hacían desde una fe profunda e inquebrantable o si, simplemente, no se detuvieron a considerar la fragilidad humana que nos acompaña desde el pecado original. Personalmente, prefiero una respuesta más honesta: «No sé lo que haría, aunque me gustaría, desde luego, dar mi vida por Cristo si fuera necesario».
Mi debilidad me lleva a fallarle a Cristo cada día. Me lleva a formar parte de quienes lo insultaban y se burlaban de Él mientras cargaba con la cruz. Me lleva, muchas veces, a herirle con mis actos, a clavar de nuevo los clavos en sus manos y en sus pies. Me lleva incluso a exigirle: «Baja de la cruz y sálvate… y, de paso, sálvame a mí». Si cada día mis flaquezas me empujan a tratar al Señor de esa manera, ¿cómo voy a atreverme a afirmar que daría mi vida por Él?
¿Cuántas veces, sin jugarme nada, he ocultado que soy católico? ¿Cuántas he evitado decir que voy a misa? ¿Cuántas veces, con mis palabras o con mis actos, he dicho: «Yo a ese no lo conozco»?
Antes que responder afirmativamente, prefiero pedir a Dios que aumente mi fe. Que me enseñe a ser humilde. Que me dé fortaleza en las dificultades y me ayude a cargar con la cruz —la suya y las mías—. Que sostenga mi debilidad y no se aparte de mí, porque sin Él no sé de qué sería capaz.
Recuerdo unas palabras de Jaume Vives, durante la presentación del documental Guardianes de la fe: si a los cristianos de Oriente se les pide a menudo el martirio de sangre, en Occidente se nos pide un martirio social. Se nos pide afrontar burlas, incomprensiones y pequeñas persecuciones, incluso en países tradicionalmente católicos como España.
Y, sin embargo, muchas veces nos escondemos. Nos avergonzamos por miedo a ser señalados, a parecer distintos, a lo que dirán. Nos acomodamos y construimos un cristianismo a medida, eliminando aquello que nos incomoda o nos exige. Olvidamos el camino estrecho y elegimos la autopista del mundo. El problema es que esa autopista no conduce a Dios.
Estamos en Semana Santa. En más de una ocasión, el Jueves Santo, he dirigido mi mirada a Pedro, Juan y Santiago. Mientras Jesús oraba angustiado en el huerto de los olivos, hasta sudar sangre ante el peso de los pecados del mundo, ellos dormían a pocos metros, ajenos a lo que ocurría.
Me miro en ellos y me reconozco. Yo también me duermo. También soy incapaz de acompañar al Señor en su agonía. También me avergüenzo y niego a Cristo, como Pedro. También huyo y me escondo para no ser señalado.
Es fácil fijarse en sus debilidades y verse reflejado. Incluso puede servir para justificarse, como Pilatos, que se lavó las manos. Llegamos hasta a juzgar a Judas: «¿Cómo pudo hacer lo que hizo?». Pero hoy prefiero mirar hacia dentro y preguntarme cuántas veces he sido yo también Judas.
¿Cuántas veces te he traicionado, Señor? ¿Cuántas veces te he vendido por mucho menos que treinta monedas de plata? ¿Cuántas veces te he dado un beso hipócrita y he seguido mi vida como si nada?
Y, sin embargo, a pesar de todo, me sigues mirando con amor. Un amor que no alcanzo a comprender. Me sigues amando a pesar de mis cobardías, de mis traiciones, de mis infidelidades. Un amor que duele más que cualquier latigazo o que los clavos de la cruz.
¿Por qué, Señor? ¿Por qué me amas así, siendo tan poca cosa? ¿Por qué te entregaste de esa manera, sabiendo que yo te fallaría una y otra vez? Si yo hubiera sido el único hombre sobre la tierra, Tú habrías dado la vida igualmente por mí.
Hoy quiero acompañarte. Aunque solo sea hoy. Estar a tu lado en Getsemaní, velar contigo, no dormirme. No traicionarte. No separarme de ti. Déjame ser, aunque sea por un momento, tu cirineo. Déjame estar contigo en la noche más oscura.
Quizá, si hoy logro permanecer a tu lado, pueda comprender un poco mejor —aunque sea mínimamente— la grandeza de tu amor infinito.
Madre mía, Santa María, llévame contigo al Calvario. Permíteme estar al pie de la cruz. Porque, si Tú estás conmigo, podré acompañar a Jesús en su agonía, aunque sea con mi corazón pobre y frágil.
Que Dios me conceda la fuerza para decir “sí” en las pequeñas batallas de cada día. Y que, fortalecido en ellas, si algún día llega la hora del martirio, pueda entonces pronunciar un “sí” grande, definitivo.









