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Del diagnóstico de León XIV a la advertencia de Juan Pablo II sobre Europa

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En un mensaje dirigido a la Conferencia Europea sobre La construcción de la paz en Europa (23 de enero, firmado por el cardenal Pietro Parolin), León XIV planteó un diagnóstico que, por incómodo que resulte, toca un nervio central del debate cultural contemporáneo:

La crisis subyacente es la expansión del relativismo y la reducción de la verdad a la mera opinión. Ninguna comunidad, y mucho menos un continente, puede vivir en paz y prosperar sin verdades compartidas que informen sus normas y valores”.

La paz, sugiere el Papa, no se edifica solo con arquitectura institucional, equilibrios geopolíticos o crecimiento económico; necesita un suelo moral común, una brújula que permita orientar conflictos y reconciliaciones hacia un bien reconocible por todos.

La frase llega en un momento en que, entre líderes de opinión, se ha vuelto casi un cliché describir a Europa como un espacio “decadente” o incluso “extinguido”: irrelevante en el tablero internacional, atrapado entre potencias que deciden el ritmo del mundo; sumido en un invierno demográfico; y, a la vez, desorientado ante una inmigración que actúa como espejo, desafío y oportunidad. En esa caricatura, Europa habría sustituido los “valores innegociables” por una especie de negación sistemática: se elimina lo heredado sin proponer nada nuevo. El crepúsculo habría dado paso —dicen algunos— a una noche oscura.

Sin embargo, mucho antes de que se asentara esa retórica, Juan Pablo II ya había ofrecido una radiografía profunda en Ecclesia in Europa (2003). “El tiempo que vivimos… se presenta como una temporada de desconcierto”, escribió, y añadió que muchos hombres y mujeres —también cristianos— aparecen “desorientados, inseguros, sin esperanza”. Ese desconcierto se manifiesta como ansiedad colectiva: una espera constante de lo peor, alimentada por la soledad en redes sociales, la indignación sin contenido y los eslóganes presentados como pensamiento.

Es una suspensión del ánimo, como si la vida flotara sin peso, pero también sin dirección.

En este clima, el corazón europeo deposita su confianza en bienes frágiles: bienestar, salud, éxito, reconocimiento, gratificación afectiva. Son metas comprensibles, pero insuficientes como fundamento último. Nietzsche describía la tentación moderna de poner “la voluntad y los valores” sobre “el río del devenir”; el Evangelio responde con una advertencia: no acumular tesoros donde se corrompen, porque “donde está tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6, 19-21).

El problema no es aspirar a una vida buena, sino reducirla a lo perecedero, quedándose sin anclajes cuando lo perecedero falla.

Aquí se toca el punto que une a León XIV con Wojtyła: si la verdad se disuelve en opinión, la existencia pierde “agarres”.

Juan Pablo II habló de “una especie de miedo al enfrentarse al futuro”, de una imagen del mañana “desvaída e incierta”, y enumeró signos concretos: vacío interior, pérdida del sentido de la vida, descenso de la natalidad, crisis vocacionales y dificultad para decisiones definitivas incluso en el matrimonio. Si nada es firme, si todo es líquido, decidir para siempre parece un salto al vacío.

Pero el relativismo no solo debilita la decisión; también fragmenta. “Solo la verdad unifica, las mentiras dividen”: cuando no existe un horizonte común, el yo se atomiza y las relaciones se rompen. Prevalece la soledad, se multiplican contrastes y divisiones.

Sin un “vértice” desde el cual mirar la vida —una verticalidad que ordene la horizontalidad— el sentido se vuelve insignificante, y la identidad personal se diluye.

Y una Europa de individuos sin identidad termina por convertirse en una Europa sin rostro, vulnerable a cualquier viento cultural.

Juan Pablo II fue todavía más incisivo: en la raíz de la pérdida de esperanza está el intento de imponer “una antropología sin Dios y sin Cristo”, que coloca al hombre como centro absoluto, hasta “olvidar que no es el hombre quien hace a Dios, sino Dios quien hace al hombre”. Haber olvidado a Dios, concluye, conduce al abandono del hombre y abre espacio al nihilismo, al relativismo moral, al pragmatismo y al hedonismo cínico. En ese contexto, Europa parece vivir una “apostasía silenciosa” del “hombre saciado” que actúa como si Dios no existiera.

¿Hay salida? Para Juan Pablo II, sí, pero no como simple programa político o reforma técnica.

La “resurrección” europea pasa por la santidad personal y el testimonio —a veces con rostro de martirio cotidiano: rechazo, marginación, discriminación—, y por volver a la fuente que hizo posible la unidad espiritual y cultural del continente: “la fe en Jesucristo, la fuente de esperanza que no defrauda

León XIV, al denunciar el relativismo como crisis subyacente, no está proponiendo nostalgia, sino cimientos: sin verdades compartidas, la paz se vuelve un acuerdo provisional entre voluntades cambiantes. Con ellas, en cambio, Europa puede reencontrar el sentido de su historia y abrir, de nuevo, un futuro que no sea condena, sino promesa.

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