Dos maneras de leer la revuelta del populismo

Buena parte del mundo occidental vive una revuelta. Puede quedarse en eso o transformarse en una verdadera revolución, en el sentido etimológico de la palabra, revolutio, un dar la vuelta. A esta revuelta se la llama, más en términos descalificativos que descriptivos, populismo, en un cajón de sastre donde cabe todo. Pruebe a buscar la palabra en la red y encontrara definiciones para todos los gustos. Por ejemplo, la Liga italiana es populismo, pero ¿el movimiento Cinque también lo es? O ¿Podemos, en España?  Lo interesante es que gobierna en diversos lugares, sin duda el más importante e insospechado es en Estados Unidos, pero también y sólidamente en Polonia y Hungría, y con carácter más reciente en Italia. Y ahora mismo Brasil

Pero más que la taxonomía y calificación de los partidos que así son etiquetados me interesa intentar leer las causas de una insurrección tan extensa y profunda. Para ello podemos partir de la lectura desde sus detractores, que lo descalifican utilizando unos conceptos muy determinados.

Así, se afirma que quienes forman parte del movimiento tienen miedo al futuro. Pero también se puede afirmar que sienten temor, incertidumbre y preocupación hacia lo que les deparara el devenir por cómo les ha ido hasta ahora, y quieren evitar la continuidad de su malestar. En negativo se les puede calificar de vengativos, pero bien pueden estar hartos, indignados -¿les suena?-, frustrados, y al final se han rebelado, ¿0 acaso si votan izquierda están indignados? y si lo hacen en otro sentido ¿son vengativos?

También- afirma la descripción condenatoria- focalizan sus males en chivos expiatorios fáciles de manipular. Pero también se puede decir que su temor a la inmigración, especialmente islámica, es atizada con facilidad porque hay hechos que contribuyen a ello y que menosprecian los gobiernos y las elites dominantes, incluidos los medios de comunicación. Es la negación de la evidencia lo que hace más daño y acumula tensión. Y de ahí surge la acusación más precisa de temor irracional a una invasión islámica y africana, que en todo caso, y si no se hacen las cosas de otra manera, no será una sospecha, sino un anuncio del futuro a unas décadas vista: a un lado del mar unos centenares de millones de viejos, al otro, diez veces más de jóvenes sumergidos en el pozo de la falta de oportunidades, y en medio un atractivo magnífico, una diferencia de renta por persona de 10 a 1. Claro que vendrán. Nosotros haríamos lo mismo y como fuese. Y eso es lo que hay que encarar y resolver en lugar de demonizar a quienes lo temen y anuncian.

Son fundamentalistas cristianos enfrentados con el Papa. Condenan, en lugar de ver la reacción a la descristianización y la crisis de identidad cristiana, catolicismo incluido, que la propia sociedad desvinculada, sus elites, fomentan.

Menosprecio hacia la democracia liberal, claro, pero ¿en qué se ha convertido hoy ese liberalismo? Promesas sistemáticamente incumplidas, privilegios para el feminismo de género, grupos LGBTI+, y la increencia y menosprecio hacia otros: madres y viudas, jóvenes que ni estudian ni trabajan, creyentes religiosos. Para ese liberalismo, libertad de expresión es facilitar la ofensa de la dignidad cristiana, mientras quienes intentan criticar la ideología de género son silenciados, descalificados, sometidos a escrache, cuando no penalizados. Llaman justicia a manifestarse contra la condena de los delincuentes de la manada porque tenían que haber sido llevados al cadalso, en lugar de solo a unas penas de cárcel, mientras, se celebra el secuestro de sus hijos por parte de una madre.  Es la esterilidad del parlamento donde el acto de parlamentar ha desaparecido, en manos del spot publicitario, o unos gobiernos que están lejos de responder a las necesidades de las gentes, y unos medios de comunicación que en gran medida sirven su versión de la verdad y pontifican sobre ella como si fuera “La Verdad”. Claro que está desprestigiada la democracia liberal, cómo no va a estarlo si solo sirve a la sociedad desvinculada.

Se acusa a la revuelta de querer vivir en una fortaleza, mientras el mundo cambia de sentido, pero también se puede narrar como la necesidad de sentirse protegido, de estar con los tuyos en un mundo que escapa absolutamente a tu control y al control de quienes nos gobiernan.

Incluso se intenta presentar, en una clara deformación de la realidad, a estos populismos como fuerza de choque del capitalismo de la globalización, el de Soros y compañía, cuando si algo no son, es precisamente eso, y si algo cuestionan, mejor o peor, es precisamente la lógica liberal que ha construido el capitalismo financiero globalizado y el oligopolio del capitalismo de las tecnologías de la comunicación. ¿Para qué van a querer una sospechosa fuerza de choque si controlan los gobiernos?

Es el retorno del masculino, en términos despectivos, machismo.  Otra descalificación que, asimismo, podemos interpretar como la afirmación de una identidad sistemáticamente maltratada por la hegemonía de la perspectiva de género, y diariamente criminalizada. Que presenta una y otra vez la condición de hombre como un bárbaro violento, responsable de todos los males de las mujeres y de la humanidad, postulando como solución las coaliciones arco iris de la superioridad moral y técnica (?) de las mujeres por el simple hecho de representar este azar biológico, las lesbianas, gais y transexuales.

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Si, en lugar de demonizar la revuelta se interesaran por sus causas y les pusieran remedio, todo sería mejor para todos. Pero claro, eso seria negarse a ellos mismos.

Adenda Crisis de la democracia liberal

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