La caída de las ideologías

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La palabra ideología nace de la conjunción de dos raíces griegas que, unidas, significan “conjunto de ideas”. Con estos conjuntos de ideas, la posmodernidad ha elaborado un menú de “nuevas religiones” que se presentan en los telediarios, en los quioscos y en las redes sociales como propuestas novedosas frente a las religiones de siempre, consideradas por muchos como antiguas, desactualizadas o conservadoras.

Sin embargo, conviene hacerse una pregunta fundamental: ¿son realmente las ideologías religiones? ¿Pueden llegar a serlo?

La respuesta es no.

La palabra religión tiene su origen en el latín y remite a la idea de “volver a ligar”; en este caso, ligar lo humano con lo divino. Pero para religar al hombre con Dios no basta un dios cualquiera, ni un ídolo fabricado al gusto de cada época. Hace falta Dios. Y de ese solo hay Uno.

He aquí la gran imposibilidad con la que chocan quienes tratan de transformar una ideología en religión: pretenden hacerlo al margen de Dios. Advirtiendo esta insuficiencia esencial, los profetas de estas neorreligiones han emprendido una astuta batalla: divinizar al hombre del que surge ese conjunto de ideas. Es decir, ante la ausencia de Dios, la ideología intenta elevar al ser humano hasta el estrato divino. Sin demasiado éxito, claro está.

Fundar una religión sin Dios implica fundar una religión sin identidad. Y, por tanto, no puede llamarse propiamente religión. No puede nombrarse el cristianismo omitiendo a Cristo, ni puede mencionarse el islam sin hablar de Allah. Sin el centro que la sostiene, toda religión queda reducida a una carcasa vacía.

Esta carencia, sin embargo, no siempre resulta evidente para el hombre actual. Las ideologías ofrecen un cierto orden que, aunque irremediablemente desordenado, parece más organizado que el desastre existencial en el que habita buena parte de la sociedad contemporánea. Y eso las hace atractivas. Prometen pertenencia, causa, misión, lenguaje, enemigo y bandera. Pero no pueden ofrecer salvación.

El problema es que, al agruparse alrededor del hombre, estos idearios se estrellan contra realidades ante las cuales el ser humano, por sí solo, no puede ofrecer una respuesta definitiva. La muerte, insuperable por las solas capacidades humanas, es una de ellas. El sufrimiento, al que el hombre sin Dios no puede encontrar —y mucho menos dar— un sentido pleno, es otra. Y así tantas realidades últimas ante las cuales las ideologías se muestran incapaces de ofrecer consuelo, respuesta o esperanza; al menos una respuesta lógica, coherente y verdadera.

Estos movimientos identitarios giran, por tanto, alrededor del hombre. Pero de un hombre que ya no se reconoce a sí mismo ni sabe dónde encontrarse. Porque el hombre no tiene identidad más profunda que la de ser hijo de ese Dios al que las ideologías han querido enterrar.

Puede afirmarse, por tanto, que las ideologías, al circunvalar a un ser humano despojado de su verdadero “yo”, no tienen identidad ni pueden ofrecerla. Y por eso replican la estructura religiosa: porque quien no puede ser algo, finge serlo.

Esta estrategia les permite, además, conservar la ilusión de atraer a quienes encuentran en el arduo y exigente compromiso de la fe motivos para tachar a las religiones de absurdas, erróneas, injustas o sectarias. Las ideologías prometen una religión sin cruz, una pertenencia sin conversión, una moral sin trascendencia y una salvación sin Dios. Pero esa promesa está condenada al fracaso.

Por definición, esta moda ideológica está abocada al olvido. Porque cuando se baja a Dios de los altares y se sube a un ídolo, el templo siempre acaba por venirse abajo.

Mi esperanza y mi plegaria son que, cuando finalmente las columnas cedan, el sentido común haya desalojado la nave.

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